TESTIMONIOS |
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Alice Cooper: un viejo rockero que se convierte al cristianismo
Le ha visto las
orejas al
lobo. O al diablo. Y Alice Cooper, el rockero que dejaba sueltas
serpientes
pitones sobre el escenario y guillotinaba gallinas durante sus
conciertos,
acude ahora a una apacible iglesia evangélica. El músico
de Detroit, de 52
años, ha hecho una confesión en la revista de
música cristiana «Hard Music
Magazine» (www.hmmagazine.com) que habría sido
difícil de creer hace pocos
meses. «Ser cristiano es algo en lo que vas progresando, es una
dinámica en
movimiento. Uno va aprendiendo. Uno va a su estudio bíblico. Uno
debe rezar»,
ha asegurado.
Los viejos rockeros nunca mueren. Pero, con el tiempo, algunos se
convierten.
Las letras de las canciones de Alice Cooper hablaban de necrofilia,
violencia,
sexo, alcohol y drogas. Ahora quiere dedicar su vida «a seguir a
Jesucristo».
La razón del cambio radical la ha explicado el propio Cooper.
Cuando el
alcoholismo estuvo a punto de arruinar su vida y su matrimonio, su
esposa
Sheryl le llevó a un templo evangélico en el que el
pastor «lanzó un sermón
incendiario sobre el infierno». El religioso despertó en
el controvertido
músico «las ganas de no querer ir al infierno», y
las olvidadas oraciones y
creencias de su infancia recuperaron protagonismo en su vida.
Una bruja del siglo XVII
Ciertamente, la predicación del pastor evangélico
debió de ser estremecedora
para conmover las fibras del curtido rockero. Vincent Furnier
tomó prestado el
nombre «Alice Cooper» de una hechicera del siglo XVII que
murió en la caza de
brujas de Salem. Su rodaje como rockero comenzó pronto, en la
escuela de
secundaria. Pero su grupo, Earwings, no quedó como uno
más de tantos grupos
rockeros de adolescentes. Encarnó la primera camada de heavy
metal junto a Deep
Purple, Ozzy Osbourne y Black Sabath. Fue pionero del shock rock, codo
con codo
con grupos como Kiss, Twisted Sisters y el cantante satánico
Marilyn Manson.
Sus conciertos no eran precisamente un recital de delicadeza y buen
gusto.
Cooper los solía terminar destrozando a golpes de hacha
muñecos que guardaban
un gran parecido con bebés, y aparecía sobre el escenario
con un espeso
maquillaje negro que chorreaba desde sus ojos hasta la boca, lo que le
confería
un aspecto diabólico. La multitud enfervorecida que
acudía a sus recitales le
respetaba y escuchaba sus consejos como venidos del gran gurú
espiritual del
heavy metal.
Ahora sigue dando consejos, pero desde el polo opuesto. «No
quiero convertirme
en una celebridad cristiana», ha asegurado en «Hard Music
Magazine», porque «es
muy fácil concentrarse en Alice Cooper y no en Cristo. Yo soy un
cantante de
rock. No soy nada más que eso. No soy un filósofo. Me
considero muy abajo en la
escala de cristianos conocedores. Así que no busques respuestas
en mí». «Yo era
una cosa antes. Ahora soy algo completamente nuevo. No juzguen a Alice
por lo
que solía ser. Alaben a Dios por lo que soy ahora»,
sentencia el rockero en la
entrevista.
Su temor a la condena le ha llevado a cambiar también su punto
de vista sobre el
diablo. «Yo quiero decir: ¿tengan cuidado! Satanás
no es un mito; no vayan por
ahí creyendo que Satán es una broma», advierte.
50 millones de discos
La relevancia del músico queda patente al comprobar sus cifras
de ventas: nada
menos que 50 millones de copias vendidas de sus veintiún
álbumes en más de
treinta años de carrera. En 1971, «Eighteen» fue su
primer single en entrar en
la lista top norteamericana. Pero su verdadero boom llegó un
año después, con
su tema y disco «School´s out», un album que
sembró la polémica y que se situó
entre los diez más vendidos de ese año.
Cooper sigue en activo, haciendo realidad el aforismo que propugna la
inmortalidad de los viejos rockeros. En marzo del pasado año
actuó en Barcelona
y Madrid, llenando el polideportivo Vall d´Hebrón y la
sala La Riviera. Con
frecuencia acude a programas de televisión en Estados Unidos;
juega al golf con
famosos en Hollywood y gestiona su rentable restaurante «Coopers
Town». Y entre
patt y patt, acude a la iglesia a orar al Señor.
Alphonse Ratisbonne: Encuentro inesperado
Alphonse
Ratisbonne era
un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, callejero, hijo
de banquero...
En 1842, Ratisbonne vivía en Roma -entre un viaje a Oriente y
una escala en
Palermo- una especie de ociosidad turística e indolente que le
hace parecerse
de lejos a un personaje de Stendhal: habría podido posar para
Lucien Leuwen.
Ratisbonne estaba prometido y preparaba su instalación viajando
mucho. Era ateo
y tenía un escepticismo quisquilloso que le llevaba a levantar
querellas contra
la Iglesia y el cristianismo. Tenía un amigo: el barón de
Bussieres, muy
piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y
exhortaciones.
Ratisbonne había accedido desde hacía algún tiempo
-por pura gentileza, y
porque no le concedía verdaderamente importancia alguna- a
llevar consigo una
medalla piadosa ofrecida por su amigo; un día, el amigo de
Ratisbonne le invita
a dar un paseo en coche; el carruaje del barón de Bussieres se
para en la
pequeña plaza de Roma, donde se eleva la iglesia de San
Andrés delle-Fratte. La
iglesia de San Andrés delle-Fratte es un edificio de modestas
dimensiones; una
tibieza a la italiana por la severidad del plano, el calor del decorado
y la
abundancia de cirios que plantan aquí y allá arbustos de
luz. La iglesia
demuestra una evidente insustancialidad, y no es de las que
extravían las
imaginaciones.
El barón -que ha de hacer una gestión en la iglesia-
desciende, e invita a su
pasajero a esperar, o a acompañarle; es asunto, añade, de
pocos minutos. Ratisbonne,
antes que aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia,
sin otra
intención -por supuesto- que adicionarla a su colección
de monumentos romanos.
Cuando empuja la puerta de esa iglesia, es un perfecto
incrédulo, curioso por
la arquitectura; no es un alma torturada a la zaga de un ideal. Yo no
sé lo que
se produce en ese instante en el «inconsciente» de
Ratisbonne, como algunos
pretenden conocer de lo acontecido en parecida circunstancia en el
inconsciente
de San Pablo; pero si el mío trabaja, actúa y me prepara
una jugada, mi
inconsciente es el único en saberlo.
Ratisbonne se mantiene no lejos de la entrada, cerca de una capilla
lateral (la
segunda), algo empotrada en la muralla, a su izquierda; es un
incrédulo que
tiene dos o tres minutos que desperdiciar; que no está mejor
dispuesto a las
emociones místicas, ni deseoso de creer; pero su incredulidad va
a terminar
allí, hecha añicos por la evidencia; la capilla que
Ratisbonne recorre con
mirada distraída, que ninguna obra maestra detiene en su paso,
desaparece
bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María,
tal y como figura en la
medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada,
con colores
realzados por algunos artificios luminosos, en la capilla de San
Andrés
delle-Fratte.
Hay esa dicha, que le arroja al suelo; y yo imagino que habrá
tenido tantas
dificultades en hacerla compartir, como Bernadette de Lourdes en
convencer al
clero de la diócesis, o en persuadir a las damas de la
prefectura, de que una
persona de buena sociedad como la Virgen María haya podido
aparecer dieciocho
veces seguidas con el mismo vestido.
Esta es la narración que hace el propio Ratisbonne; estamos en
el 20 de enero
de 1842:
«... Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel
día: "Te has levantado
judío y te acostarás cristiano"; si alguien me hubiera
dicho eso, lo
habría mirado como al más loco de los hombres.
»Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo
mis cartas al
correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustave, el pietista, que
había regresado
de la caza; excursión que le había mantenido alejado
algunos días.
»Estaba muy asombrado de encontrarme en Roma. Le expliqué
el motivo: ver al
Papa.
»Pero me iría sin verlo -le dije-, pues no ha asistido a
las ceremonias de la
Cátedra de San Pedro, donde se me habían dado esperanzas
de encontrarlo.
»Gustave me consoló irónicamente y me habló
de otra ceremonia completamente
curiosa, que debía tener lugar, según creo, en Santa
María la Mayor. Se trataba
de la bendición de los animales. Y sobre ello hubo tal asalto de
equívocos y
chanzas como el que se puede imaginar entre un judío y un
protestante.
»Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval; de
la brillante
velada que había organizado, la víspera, el duque de
Torlonia. No podían
olvidarse los festejos de mi matrimonio; yo había invitado a M.
de Lotzbeck,
que me prometió asistir.
»Si en ese momento -era mediodia- un tercer interlocutor se
hubiese acercado a
mí y me hubiera dicho: "Alphonse, dentro de un cuarto de hora
adorarás a
Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una
pobre iglesia; y
te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento
de jesuitas,
donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo;
dispuesto a inmolarte por
la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a
sus placeres, a tu
fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso,
renunciarás también
a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al
apego de los
judíos...; ¡y sólo aspirarás a servir a
Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la
muerte!..."; digo que si algún profeta me hubiera hecho una
predicción
semejante, sólo habría juzgado a un hombre más
insensato que ése: ¡al hombre
que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y,
sin embargo, ésta es
hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.
»Al salir del café encuentro el coche de M.
Théodore de Bussieres. El coche se
para; se me invita a subir para un rato de paseo. El tiempo era
magnífico y
acepté gustoso. Pero M. de Bussieres me pidió permiso
para detenerse unos
minutos en la iglesia de San Andrés delle-Fratte, que se
encontraba casi junto
a nosotros, para una comisión que debía
desempeñar; me propuso esperarle dentro
del coche; yo preferí salir para ver la iglesia. Se
hacían allí preparativos
funerarios, y me informé sobre el difunto que debía
recibir los últimos
honores. M. de Bussieres me respondió: "Es uno de mis amigos, el
conde de
La Ferronays; su muerte súbita es la causa-añadi6-de la
tristeza que usted ha
debido notar en mí desde hace dos días." Yo no
conocía a M. de La
Ferronays; nunca le había visto, y no apreciaba otra
impresión que la de una
pena bastante vaga, que siempre se siente ante la noticia de una muerte
súbita.
M. de Bussieres me dejó para ir a retener una tribuna destinada
a la familia
del difunto. "No se impaciente usted -me dijo mientras subía al
claustro-,
será cuestión de dos minutos."
»La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y
desierta; creo haber estado allí
casi solo; ... ningún objeto artístico atraía en
ella mi atención. Paseé
maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en
ningún pensamiento;
recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante
mis pasos... En
seguida el perro desapareció, la iglesia entera
desapareció, ya no vi, o más
bien, ¡¡¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa!!!
»¿Cómo sería posible explicar lo que es
inexplicable? Cualquier descripción
-por sublime que fuera- no sería más que una
profanación de la inefable verdad.
Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el
corazón fuera de mí mismo,
cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.
»No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al
fin, tomé la medalla
que había dejado sobre mi pecho; besé efusivamente la
imagen de la Virgen,
radiante de gracia... ¡Era, sin duda, Ella!
»No sabía dónde estaba, ni si yo era Alphonse u
otro distinto; sentí un cambio
tan total que me creía otro yo mismo... Buscaba cómo
reencontrarme y no daba
conmigo... La más ardiente alegría estalló en el
fondo de mi alma; no pude
hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y
sagrado que me hizo
pedir un sacerdote... Se me condujo ante él y sólo
después de recibir su
positiva orden hablé como pude: de rodillas y con el
corazón estremecido.
»Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La
Ferronays y para
la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias.
Sabía de una manera cierta
que M. de La Ferronays había rezado por mí; pero no
sabría decir cómo lo supe,
ni tampoco podría dar razón de las verdades cuya fe y
conocimiento había
adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento del gesto, la
venda
cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de
vendas que me habían
envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y
el barro y el
hielo bajo la acción del sol candente.
»Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba
todo; que saliendo de
ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino
comparándolo a un hombre a
quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o
por analogía con un
ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: ve,
pero no puede
definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los
objetos de su
admiraci6n. Si no se puede explicar la luz física,
¿cómo podría explicarse la
luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad
diciendo
que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero que
entreveía el sentido y el
espíritu de los dogmas. Sentía, más que
veía, esas cosas; y las sentía por los
efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría
en mi interior; y esas
impresiones -mil veces más rápidas que el pensamiento- no
habían tan sólo
conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto del
revés, dirigiéndola en
otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.»
Esta es la aventura romana de Alphonse de Ratisbonne. A partir de
entonces
-añade- el mundo ya no fue nada para él; sus prevenciones
contra el
cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios
de su
infancia; y el amor de su Dios «había ocupado el lugar de
cualquier otro amor».
Que esos profesionales de la verdad que los intelectuales
deberían ser aparten
de su pensamiento las apariciones de Lourdes, pretextando que
Bernadette
Soubirous era una niña, y que las niñas no disciernen,
según parece (aunque yo
no lo crea en absoluto), el sueño de la realidad.
Admitámoslo. Que rechacen la
relación de los pastorcillos de la Salette, que han visto llorar
a la Virgen
Santísima en las montañas del Dauphiné, porque
unos pastorcillos sin instrucción
pueden ser influenciables; o víctimas de una clase de
reciprocidad de la
autosugestión; o por cualquier otro motivo del mismo
género. Admitámoslo
también. Finalmente, que no se tenga en cuenta mi testimonio,
porque nada es
tan difícil de comprender como una visión sin
imágenes; ni de creer a un
periodista que dice haber hallado la verdad. Consiento en ello, aunque
sea duro
saber y no convencer; y más duro todavía constatar que no
se ha convencido por
falta de elocuencia, y que se ha carecido de elocuencia sólo por
haber carecido
de amor.
Pero, ¿y Ratisbonne? Los hijos de banquero pueden -tanto como
los demás- estar
sujetos a las alucinaciones, pero están, por lo general,
provistos del bagaje
intelectual suficiente para advertir su desventura, si no
inmediatamente, por
lo menos, después. Es bastante extraordinario que un
fenómeno así procure una
serenidad nueva al paciente, además de una vocación,
además de una doctrina; y
más extraordinario todavía que -aparte de dos o tres
grandes espíritus, como
Henri Bergson o Jean Guitton- ningún pensador de oficio haya
juzgado útil
examinar una mutación tan insólita; aunque sólo
fuere para explicar cómo un
joven-tan bien dotado de sentido crítico como puede serlo un
judío; y de
realismo, como puede serlo un hijo de familia perfectamente consciente
de las
ventajas de su posición-haya podido fundamentar todo el resto de
su vida sobre
una ilusión de los sentidos, y sin retroceder ante sus
consecuencias,
retornando a su sangre fría.
André Frossard: Dios existe, yo me lo encontré
André
Frossard nació en
Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y
ministro
durante la III República y primer secretario general del Partido
Comunista
Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total.
Encontró la le a los veinte
años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino,
en la que
entró ateo y salió minutos más tarde
"católico, apostólico y romano".
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina
conversión se entienden
un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta
él mismo:
"Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su
ateísmo. Los
últimos militantes anticlericales que todavía predicaban
contra la religión en
las reuniones públicas nos parecían patéticos y un
poco ridículos, exactamente
igual que lo serían unos historiadores esforzándose por
refutar la fábula de
Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un
debate cerrado
mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo
perfecto no era ya el que
negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba
el
problema. (...)
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no
figuraban en parte
alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...)No
había Dios. El cielo
estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos
químicos reunidos en
formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones
naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos,
entre los que no había
en absoluto Dios.
¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de
los medios avanzados,
mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo
escogería mi religión a
los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba
bueno tener una.
Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las
apariencias de
imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea.
De hecho, es una edad
impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe
acaban
corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o
cuarenta
años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que
no la han recibido en
la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el
cuartel...
Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo
dormía en la
habitación que, durante el día, servía a mi padre
de despacho, frente a un
retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde
(socialista que
colaboró en la redacción del programa colectivista
revolucionario) y una fotografía
de Jaurès.
Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una
erupción solar. Karl Marx
escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible
que era, transformada en
piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de
dialéctica compacta velaba
mi sueño de niño. (...)
El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a
veces iban al templo,
y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos
bajo la mirada falta de
comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo
general, en el agua
corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi
friccionaba la
cabeza con un cocimiento de manzanilla..."
En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban
eco entre
nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la
campiña muerta.
Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros
para ir a ninguna
parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el
blanco mantel de los
días señalados.
Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa,
volvían a la
familia más habladora. La comida, más rica que de
costumbre, y el abeto,
completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era
una
Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que
conmemoraba la
fiesta de nadie.
Entre las izquierdas la política se consideraba como la
más alta actividad del
espíritu, el más hermoso de los oficios, después
del de médico, sin embargo. A
ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado.
Mi madre de
espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del
socialismo ante un
auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una
inteligencia
combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le
siguió de reunión en
reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía.
Cuando me contaba esa
historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres
eran mis padres desde
siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado
de su
existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en
común, me habían
dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse
y que, al no
tener fin, no había tenido comienzo.
Mi madre vendía al pregón el periódico de la
Federación Socialista,
completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por
amaños
revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política
llenaba la vida de mi
padre. (...)
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una
señalada excepción para
la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido
mantenían
(con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de
origen
moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero
él habría podido ser
de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a
los
poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la
víctima de los
sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el
ajusticiado por el poder
y por su aparato de represión".
Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no
por otra razón,
fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no
buscaba a Dios.
Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la
más disputada de
las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me
lo encontré.
Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si
el azar cupiese en
esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar
una calle
de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada
habituales, una mar que
batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta
el infinito.
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he
acostumbrado a la
existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del
Barrio
Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en
compañía de una
amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema
izquierda, y aún más que
escéptico y todavía más que ateo, indiferente y
ocupado en cosas muy distintas
a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta
tal punto me parecía
pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas
y ganancias de la
inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos
minutos más
tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado,
recogido y
arrollado por la ola de una alegría inagotable.
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un
niño, listo para el bautismo, y
que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo
habitado, esa
ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a
pleno sol que
parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso
desgarrón que acababa de
hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes
interiores, las
construcciones intelectuales en las que me había repantingado,
ya no existían;
mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban
cambiados.
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su
carácter improvisado,
puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los
espíritus
contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a
los flechazos
místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo
divino en la
vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme
con el espíritu
de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración
lenta donde ha
habido una brusca transformación; no puedo dar las razones
psicológicas,
inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no
existen; me es
imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me
encontraba
en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando
caí en una
especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo,
sino como no
iba a él y me lo encontré. (...)
Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad
divina tiene sus
actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera
persona, es
porque está claro para mí, como quisiera que estuviese
enseguida para vosotros,
que no he desempeñado papel alguno en mi propia
conversión. (...)
Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan
extraordinaria,
cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir,
transformando tan
radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje
tan insólito que mi
familia se alarmó.
Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme
examinar por un médico
amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo
sosegadamente y de
interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus
conclusiones: era la
"gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No
había por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que
presentaba tales y
cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una
enfermedad grave? No. La fe
no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la
enfermedad evolucionaba por sí
misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en
que yo había
sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni
lesión, ni huellas.
No había más que tener paciencia.
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que
fuese discreto, como
lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo
proselitismo en
relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a
pesar de todo al
catolicismo, y mi madre también, bastantes años
después de ella".
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe.
Yo me lo encontré,
que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en
Francia en 1969, y que
se convertiría en un best-seller mundial.
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la
Comisión del
Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de
edad, tras haber sido uno
de los intelectuales católicos franceses más influyentes
de su país en el
presente siglo.
Anton Luli: Una experiencia sacerdotal en las cárceles de Albania
Con
motivo de la celebración de los 50 años de sacerdocio de
Juan Pablo II, Anton
Luli, sacerdote jesuita albanés, contó al Papa su
experiencia bajo el régimen
comunista (L'Osservatore Romano, 15-XI-96).
(...) Acababa de ser ordenado sacerdote cuando a mi país,
Albania, llegó la
dictadura comunista y la persecución religiosa más
despiadada. Algunos de mis
hermanos en el sacerdocio, después de un proceso lleno de
falsedades y engaño,
fueron fusilados y murieron mártires de la fe. Así
celebraron, como pan partido
y sangre derramada por la salvación de mi país, su
última Eucaristía personal.
Era el año 1946.
A mí el Señor me pidió, por el contrario, que
abriera los brazos y me dejara
clavar en la cruz y así celebrara, en el ministerio que me era
prohibido y con
una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo, mi
Eucaristía, mi
sacrificio sacerdotal.
El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de
agitación y
propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de
cárcel estricta y muchos
otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel
gélido mes de
diciembre en una pequeña aldea de las montañas de
Escútari, fue un cuarto de
baño. Allí permanecí nueve meses, obligado a estar
agachado sobre excrementos
endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del
lugar.
La noche de Navidad de ese año -¿cómo
podría olvidarla?- me sacaron de ese
lugar y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de
la prisión, me
obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo
las
axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la
punta de los pies.
Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente.
El frío me subía poco
a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para
parárseme el
corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis
verdugos, me bajaron y me
llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad
de ese primer
suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y
de la cruz.
Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la
consoladora
presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a
veces, incluso, con una
ayuda que no puedo menos de definir "extraordinaria", pues era muy
grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.
Pero nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me
robaron
la vida. Después de la liberación, me encontré por
casualidad en la calle con
uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a
su encuentro y lo abracé.
Me liberaron en la amnistía del año 1989. Tenía 79
años.
Esta es mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una
experiencia,
ciertamente, muy particular con specto a la de muchos sacerdotes, pero
desde
luego no única: son millares los sacerdotes que en su vida han
sufrido
persecución a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias
diversas, pero todas
unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una persona que ha
conocido
el amor; el sacerdote es un hombre que vive para amar: para amar a
Cristo y
para amar a todos en Él, en cualquier situación de vida,
incluso dando la vida.
Bernard Nathanson: El rey del aborto
Para
valorar adecuadamente la biografía, y su hito principal, la
conversión, del que
fue llamado "el rey del aborto", Bernard Nathanson, es necesario
conocer algo de su ambiente familiar.
Su padre, el doctor Joey Nathanson, de religión judía,
fue un prestigioso
médico especializado en ginecología a quien el ambiente
escéptico y liberal de
la Universidad hizo abdicar de su fe. Su matrimonio con Harriet Dover
-la madre
de Bernard-, también judía, resultó un fracaso.
Antes de su boda, Joey había
querido romper el compromiso pero su novia lo amenazó con
suicidarse,
provocando así el escándalo que sin duda, echaría
por tierra la brillante
carrera profesional de Joey. Se casaron. Al menos la dote de Harriet
resultaba
un estímulo para ceder. Pero Joey sólo consiguió
que los Dover, con la
intervención de un juez, entregasen la mitad de lo prometido. El
ambiente del
hogar era imposible, "había demasiada malicia, conflictos y
revanchismo y
odio en la casa donde yo crecí", dirá Bernard.
Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante
buena parte de su
vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad
de McGill
(Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa
judía. Vivieron
juntos los fines de semana, y hablaban de matrimonio... cuando Ruth
quedó
embarazada. Bernard escribió a su padre para consultar con
él la posibilidad de
contraer matrimonio. La respuesta fueron cinco billetes de 100
dólares junto
con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los
Estados Unidos
para casarse. Así que Bernard puso su carrera por delante y
convenció a Ruth de
que abortase.
"Lloramos los dos por el niño que íbamos a perder y por
nuestro amor que
sabíamos iba a quedar irreparablemente dañado con lo que
íbamos a hacer".
No la acompañó a la intervención. Ruth
volvió sola a casa, en un taxi, con una
fuerte hemorragia y estuvo a punto de morir. Le había practicado
el aborto un
incompetente. Se recuperó, milagrosamente, pero no tardaron en
romper. "Este
fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió
de excursión
iniciadora al satánico mundo del aborto", confiesa el Dr.
Nathanson.
Tras graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital
judío. Después pasó
al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrió personalmente
la violencia
del antisemitismo, y entró en contacto con el mundo del aborto
clandestino. Por
entonces ya había contraído matrimonio con una joven
judía, tan superficial
como él, según confesaría. Su unión no
duró más que cuatro años y medio y acabó
con un divorcio en México. Fue entonces cuando conoció a
Larry Lader. A aquel
médico sólo le obsesionaba una idea: ¡conseguir que
la ley permitiese el aborto
libre y barato! Para eso fundó la Liga de Acción Nacional
por el Derecho al
Aborto, en 1969, una asociación que intentaba culpabilizar a la
Iglesia de cada
muerte que se producía en los abortos clandestinos.
Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró más
directamente en la práctica
de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York
comenzaban a
explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su
personal
carecía de licencia del Estado o de garantías
mínimas de seguridad. Tal fue el
caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto
de
cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que Nathanson
podría ocuparse de su
dirección y funcionamiento. Se daba la paradoja increíble
de que, mientras
estuvo al frente de aquella clínica, en aquel lugar
existía también un servicio
de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían
partos normales al mismo
tiempo que se practicaban abortos. Por otra parte, Nathanson
desarrollaba una
intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con
políticos y
gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr
que fuese ampliada la
ley del aborto.
"Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía
un hijo de pocos
años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento
amargamente esos
años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi
hijo crecer. También era
un paria en la profesión médica. Se me conocía
como el rey del aborto".
Nathanson realizó en este periodo más de 60.000 abortos.
A finales de 1972,
agotado, dimitió de su cargo en la clínica. "He abortado
-dirá- a los hijos
no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores".
Llegó incluso a abortar a su propio hijo. "A mitad de los
sesenta dejé
encinta a una mujer que me quería mucho". (...) Ella
quería seguir
adelante con el embarazo pero él se negó. "Puesto que yo
era uno de los
expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le
expliqué. Y así lo
hice".
Pero, a partir de ahí, las cosas empezaron a cambiar.
Dejó la clínica abortista
y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke's. La
nueva
tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en
el ámbito médico. El día en
que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores
electrónicos,
comenzó a plantearse por vez primera "que es lo que
estábamos haciendo
verdaderamente en la clínica".
Decidió reconocer su error. En la revista médica The New
England Journal of
Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con
los ultrasonidos,
reconociendo que en el feto existía vida humana. Incluía
declaraciones como la
siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un
proceso que de
otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta
realidad es el
más craso tipo de evasión moral". Aquel artículo
provocó una fuerte
reacción. Nathanson y su familia recibieron incluso amenazas de
muerte. Pero la
evidencia de que no podía continuar practicando abortos se
impuso. "Había
llegado a la conclusión de que no había nunca
razón alguna para abortar: el
aborto es un crimen".
Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos
sirvió de material
para un documental que llenó de admiración y horror al
mundo. Se titula
"El grito silencioso". Sucedió en 1984: "Le dije a un amigo que
practicaba quince, o quizás veinte, abortos al día: Oye,
Jay, hazme un favor.
El próximo sábado coloca un aparato de ultrasonidos sobre
la madre y grábame la
intervención. Lo hizo y, cuando vio las cintas conmigo,
quedó tan afectado que
ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran
asombrosas, aunque no
de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a
proyectarla en mis
encuentros provida por todo el país".
Quedaba aún el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda le
vino de su
admirado profesor universitario, el psiquiatra Karl Stern
-señala Nathanson-.
"Transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces
yo no
sabía que en 1943, tras largos años de meditación,
lectura y estudio, se había
convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo
había buscado durante
toda mi vida: El secreto de la paz de Cristo".
El movimiento provida le había proporcionado el primer
testimonio vivo de la fe
y el amor de Dios. En 1989 asistió a una acción de
Operación Rescate en los
alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí
se manifestaban
pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos
le había conmovido:
estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban... Los mismos medios de
comunicación que cubrían el suceso y los policías
que vigilaban, estaban
asombrados de la actitud de esas personas. Nathanson quedó
afectado "y,
por primera vez en toda mi vida de adulto -dice-, empecé a
considerar
seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido
que anduviera por
todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el
camino de la
redención y la misericordia a través de su gracia".
"Durante diez años, pasé por un periodo de
transición". Sintió que el
peso de sus abortos se hacia más gravoso y persistente: "Me
despertaba
cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la
oscuridad y esperando
(pero sin rezar todavía) que se encendiera un mensaje
declarándome inocente
frente a un jurado invisible". Acaba leyendo Las Confesiones -que
califica
de "alimento de primera necesidad"-, era su libro más
leído, porque
"San Agustín hablaba del modo más completo de mi tormento
existencial;
pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara
el camino y estaba acosado
por una negra desesperación que no remitía".
En esa situación no faltó la tentación del
suicidio, pero, por fortuna, decidió
buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban.
"Cuando
escribo esto, ya he pasado por todo: alcohol, tranquilizantes, libros
de
autoestima, consejeros. Incluso me he permitido cuatro años de
psicoanálisis".
El espíritu que animaba aquella manifestación provida
enderezó su búsqueda.
Empezó a conversar periódicamente con un sacerdote
católico, Father John
McCloskey. No le resultaba fácil creer, pero lo contrario,
permanecer en el
agnosticismo, llevaba al abismo. Progresivamente se descubría a
sí mismo
acompañado de Alguien a quien importaban cada uno de los
segundos de su
existencia: "Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el
mundo
a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al
que ahora me
agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto".
Por fin, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad
de la
Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S.
Patricio de Nueva
York, el Dr. Nathanson se convertía en hijo de Dios. Entraba a
formar parte del
Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O'Connor
le administró
los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.
Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana
experimenté con una
evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000
años en un establo
continúa transformando el mundo. El pasado lunes fui invitado a
un Bautismo.
(...) Observé como Nathanson caminaba hacia el altar.
¡Qué momento! Al igual
que en el primer siglo... un judío converso caminando en las
catacumbas para
encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las ironías
abundan. Joan es
una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del
movimiento provida...
La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal
O'Connor
había una Cruz... Miré hacia la Cruz y me di cuenta de
nuevo que lo que el
Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en
Cristo".
Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia, fueron
escuetas y
directas. "No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan
impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí
durante todos los
años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han
rezado tozuda y
amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus
oraciones han sido
escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos".
C. S. Lewis: La conversión de un filósofo
C. S. Lewis fue un hombre lleno de amigos, libros y alumnos. Nació en 1898, y en 1925 ya enseñaba filosofía y literatura en Oxford. Hasta su muerte en 1963 fue un profesor eminente, autor de célebres ensayos, cuentos y libros de texto. Su vida está marcada por su conversión al cristianismo a la misma edad que San Agustín. Ese giro radical lo explica y justifica en un puñado de libros escritos con un estilo vivo y una lógica apabullante. Lewis domina el arte de argumentar. Su dialéctica apura la ironía y la sutileza, tal y como confiesa haber aprendido de uno de sus profesores:
Edith Stein
había nacido
en el seno de una familia hebrea. Cuando era una joven estudiante de
filología
germánica, descubrió la figura de Husserl, un gran
pensador de su tiempo.
Pronto se contagió de su inquietante afán por la
búsqueda incondicional de la
verdad, y se trasladó a Göttingen —desde 1905 hasta 1914—
para continuar sus
estudios junto a aquel prestigioso filósofo a quien tanto
admiraba.
En una ocasión, después de recorrer el casco viejo de
Francfort, rememorando
con su amiga Pauline lo que acerca de esa ciudad cuenta Goethe en sus
Pensamientos y recuerdos, entraron unos minutos en la catedral.
Allí presenció
algo que le llamó poderosamente la atención.
»Mientras estábamos allí, en respetuoso silencio
—contaba la propia Edith
Stein—, llegó una señora con su cesto del mercado y se
arrodilló profundamente
en un banco, para hacer una breve oración.
»Esto era para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas
y en las iglesias
protestantes en las que yo había estado, se iba solamente para
los oficios
religiosos. Pero aquí llegaba cualquiera en medio de los
trabajos diarios a la
iglesia vacía como para un diálogo confidencial. Es algo
que no he podido
olvidar.»
Aquella experiencia en la vieja catedral de Francfort no había
sido su primer
contacto con la fe católica. Edith recordaba otra ocasión
anterior: una mañana
en la cual, tras haber pernoctado con una amiga en una granja de
montaña, pudo
contemplar cómo el granjero, católico practicante, rezaba
con sus trabajadores
y los saludaba cordialmente antes de comenzar la jornada.
La gran
prueba del dolor
Estas fugaces adivinaciones de la riqueza del mundo católico
hallaron una
prolongación e intensificación notable poco tiempo
después. Fue al ver pasar a
su amiga Ana Reinach por la gran prueba del dolor.
El marido de Ana había muerto en el frente de batalla. Edith se
trasladó a
Friburgo para asistir al funeral y consolar a su amiga viuda. La
entereza de
ésta, su confianza serena en que su marido estaba gozando de la
paz y la luz
del Señor, reveló a Edith el poder sobre la muerte que
tiene la fe.
Edith hubiera considerado natural que Ana se rebelase contra un
infortunio que
parecía destruir el sentido de su vida. De hecho, esperaba
haberla encontrado
abatida o crispada. Pero aquella paz llena de una honda confianza
tenía que
tener un origen muy superior a todo lo humano.
«Allí —confiesa Edith— encontré por primera vez la
cruz, y el poder divino que
ésta comunica a quienes la llevan. Fue mi primer vislumbre de la
Iglesia,
nacida de la pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la
mordedura de
la muerte. En ese momento, mi incredulidad se derrumbó.»
Un libro
escogido al azar
Poco tiempo después, Edith se hallaba un día nuevamente
de visita en casa de su
amiga Ana Reinach. Tomó al azar un libro de su biblioteca.
«Empecé a leer
—escribiría años más tarde—, y fui cautivada
inmediatamente, sin poder dejar de
leer hasta el final. Cuando cerré el libro, me dije:
¡ésta es la verdad!».
Aquel libro, que había acrecentado de forma decisiva sus
anteriores intuiciones
sobre la fe, era la autobiografía de Santa Teresa de
Jesús.
Terminada la lectura, Edith se apresuró a comprar en la ciudad
un catecismo y
un misal. Una vez debidamente asimilados, asistió a una Misa en
la parroquia.
Al final de la misma, se acercó al párroco para decirle
que deseaba bautizarse.
Aquel sacerdote, sorprendido, le hizo algunas preguntas para comprobar
si
estaba preparada. Pronto se rindió a la evidencia: aquella
intelectualidad atea
cumplía todos los requisitos. El 1 de enero de 1922, Edith se
bautizó.
Fueron muchos, empezando por el mismo Husserl, los que se preguntaron
con
asombro qué pudo hallar la intelectual Edith Stein en la vida de
la santa de
Ávila, que le movió a dar el paso definitivo hacia el
ámbito de aquella fe en
cuyos aledaños se había movido largo tiempo.
La explicación puede intuirse en unas frases escritas por ella
misma aquel año
1922: «El descanso en Dios es algo para mí completamente
nuevo e irreductible.
Antes, era el silencio de la muerte. Ahora es un sentimiento de
íntima
seguridad.»
Edith, igual que Husserl, había querido resolver el problema de
la crisis
espiritual de occidente concediendo la primacía a la
razón. A ella le parecía
honesta y justa esta intención de fondo de su maestro, pero fue
descubriendo
que no era posible querer tener bajo control intelectual todo cuanto
significa
el campo de juego del hombre, su entorno, su circunstancia vital y
espiritual,
todo.
Poco a poco, a golpes de experiencia religiosa, Edith Stein fue
llegando a
profundas convicciones. La discípula predilecta de Husserl
concluyó que sólo
quien conoce a Dios conoce verdaderamente al hombre; que el futuro de
la
sociedad depende de la vida espiritual entendida con toda radicalidad y
en todo
su alcance; que si abrimos el espíritu a todo lo grande que nos
rodea, llegamos
a descubrir que la vida de Dios es una energía que nos plenifica.
Una
profunda labor educativa
Más adelante, Edith dejó su carrera como estudiante y
aceptó el puesto de profesora
de Alemán en el Colegio de las Hermanas Dominicas en Speyer.
Allí, trabajó
durante ocho años como profesora. Dividía su día
entre el trabajo y la oración.
Era para todos una persona benévola y servicial, que trabajaba
duro por
trasmitir las ideas de manera clara y sistemática. Su
preocupación iba más allá
de trasmitir conocimientos, incluía la formación a toda
la persona, pues estaba
convencida que la educación era un trabajo apostólico.
A lo largo de este período, Edith continuó sus escritos y
traducciones de
filosofía y asumió el compromiso de dar conferencias, que
la llevó a
Heidelberg, Zurich, Salzburg y otras ciudades. En el transcurso de sus
conferencias, frecuentemente abordaba el papel y significado de la
mujer en la
vida contemporánea, así como al valor de la madurez de la
vida cristiana en la
mujer como una respuesta para el mundo.
Entrega
completa a Dios
En 1931, Edith deja la escuela del convento para dedicarse a tiempo
completo a
la escritura y publicación de sus trabajos. En 1932 acepta la
cátedra en la
Universidad de Münster, pero un año después le
dijeron que debería dejar su
puesto por su ascendencia judía. Recibió varias ofertas
profesionales de gran
atractivo y seguridad, pero Edith se convenció que había
llegado el momento de
entregarse por completo a Dios.
El 14 de octubre de 1933, a la edad de 42 años, Edith Stein
ingresa al convento
carmelita en Cologne tomando el nombre de Teresa Benedicta y reflejando
su
especial devoción a la pasión de Cristo y su gratitud a
Teresa de Avila por su
amparo espiritual.
En el convento, Edith continuó sus estudios y escritos
completando los textos
de su libro "La Finitud y el Ser", su obra cumbre.
En 1938 la situación en Alemania empeoró, y el ataque de
las temidas S.S. El 8
de noviembre a las sinagogas (la Kristallnacht o "Noche de los
Cristales") despejó toda duda acerca del riesgo que
corrían los ciudadanos
judíos. Se preparó el traslado de Edith al convento de
Dutch, en Echt, y el 31
de diciembre de 1938 Edith Stein fue llevada a Holanda.
Edith, como miles de judíos residentes en Holanda, empezó
a recibir citaciones
de la S.S. en Maastricht y del Consejero para los Judíos en
Amsterdam. Pidió un
visado a Suiza junto con su hermana Rosa, con quien había vivido
en Echt, para
trasladarse al Convento de Carmelitas de Le Paquier. La comunidad de Le
Paquier
informó a la Comunidad de Echt que podía aceptar a Edith
pero no a Rosa. Para
Edith fue inaceptable y por eso se rehusó ir a Suiza y
prefirió quedarse con su
hermana Rosa en Echt. Decidida a terminar "La Ciencia de la Cruz",
Edith empleó todo su tiempo para investigar, hasta quedar
exhausta.
Cuando el Obispo de Netherlands redactó una carta pastoral en
donde protestaban
severamente en contra de la deportación de los judíos,
los nazis reaccionaron
ordenando la exterminación de los judíos que eran
católicos. El domingo 2 de
agosto, a las 5 de la tarde, después de que Edith Stein
había pasado su día
rezando y trabajando en su interminable manuscrito de su libro sobre
San Juan
de la Cruz, los oficiales de la S.S. fueron al convento y se la
llevaron junto
con Rosa.
Asustada por la multitud y por no poder hacer nada ante la
situación, Rosa se
empezó a desorientar. Un testigo relató que Edith
tomó de la mano a Rosa y le
dijo tranquilamente: "Ven Rosa, vamos a ir por nuestra gente". Juntas
caminaron hacia la esquina y entraron en el camión de la
policía que las
esperaba. Hay muchos testigos que cuentan del comportamiento de Edith
durante
esos días de prisión en Amersfoort y Westerbork, el
campamento central de
detención en el norte de Holanda. Cuentan de su silencio, su
calma, su
compostura, su autocontrol, su consuelo para otras mujeres, su cuidado
para con
los más pequeños, lavándolos y cepillando sus
cabellos y cuidando de que estén
alimentados. En medio de la noche, antes del amanecer del 7 de agosto
de 1942,
los prisioneros de Westerbork, incluyendo a Edith Stein, fueron
llevados a los
trenes y deportados a Auschwitz. En 1950, la Gazette Holandesa
publicó la lista
oficial con los nombres de los judíos que fueron deportados de
Holanda el 7 de
agosto de 1942. No hubo sobrevivientes. He aquí lo que
decía lacónicamente la
lista de los deportados: "Número 44070 : Edith Theresa Hedwig
Stein,
Nacida en Breslau el 12 de Octubre de 1891, Muerta el 9 de Agosto de
1942".
Edith Stein: el testimonio de su hermana Erna
Edith
era la más pequeña de los siete hermanos y la
próxima a mí en edad. Nos
separaban escasamente dos años, y así fue natural que,
desde la niñez y hasta
el tiempo de distanciarse externamente nuestros caminos,
estuviéramos unidas la
una de la otra más que cualquiera de nuestros otros hermanos.
Su primera niñez coincidió en el tiempo en que nuestra
madre sobrellevaba las
tareas más pesadas, tras la muerte repentina de nuestro padre. A
causa de sus
cargas inevitables poco podía dedicarse a nosotras. Las dos
"pequeñas" estábamos acostumbradas a entendernos las dos
solas y -al
menos por las mañanas, hasta que los mayores regresaban de la
escuela- nos
entreteníamos nosotras solas.
Hasta donde conozco de las narraciones de mi padre, de mis hermanos y
por
recuerdo personal, éramos bastante formales y raramente nos
reñían. Pertenece a
los primeros recuerdos el que Paul, mi hermano mayor, pasease en brazos
a Edith
por la habitación entonando canciones estudiantiles o que le
mostrase las
ilustraciones de su historia de la literatura y pronunciase discursos
de
Schiller, Goethe, etc. Tenía una memoria formidable y todo lo
retenía. Muchos
de nuestros numerosos tíos y tías intentaban ensalzarla o
se esforzaban,
equivocadamente, por hacerle creer que era "María Estuardo" de
Goethe
o algo parecido. Esto constituyó un rotundo fracaso.
Desde los cuatro o cinco años comenzó a manifestar
conocimientos de literatura.
Cuando entré yo en la escuela, se sintió terriblemente
sola, tanto que mi madre
decidió internarla en un jardín de infancia. Pero esto
fracasó del todo. Se
veía allí tan desoladamente infeliz, y aventajaba
intelectualmente todos los
niños, que hubo que renunciar a ello. Muy pronto comenzó
a suplicar que se le
permitiese ir a la escuela ya en otoño, cuando el 12 de octubre
cumpliese los
seis años. Si bien era pequeña a todas luces y no se le
atribuían los seis
años, el director de la escuela Victoria de Breslau, escuela que
ya habíamos
frecuentado antes que ella las cuatro hermanas, consintió en
ceder a sus ruegos
insistentes.
Y así comenzó su tiempo escolar en su sexto
cumpleaños, el 12 de octubre de
1907. Puesto que no era usual por entonces comenzar el curso en
otoño,
solamente permaneció en la clase inferior durante medio
año. A pesar de ello,
ya en Navidad era una de las mejores alumnas. Era muy capaz y muy
aplicada, así
como segura y de una energía férrea. No obstante nunca
fue mala amiga, sino que
siempre fue una excelente compañera pronta a ayudar. Durante
todo el tiempo
escolar obtuvo resultados brillantes. Todos nosotros aceptábamos
como natural
el hecho de que, al igual que yo, después de acabar la escuela
femenina,
terminara los cursos de bachillerato en la escuela Victoria, para
así poder
acceder a una carrera. Sin embargo, nos sorprendió su
decisión de dejar la
escuela. Como todavía era muy pequeña y delicada, mi
padre cedió y la envió, en
parte por descanso, en parte para ayudar a casa de mi hermana Else, que
estaba
casada en Hamburg y que tenía tres niños pequeños.
Allí, permaneció ocho meses,
cumpliendo con su deber escrupulosa e incansablemente, no obstante
atraerle las
tareas domésticas. Cuando mi madre la visitó
después de seis meses, apenas si
la reconoció. Había crecido muchísimo y
parecía plenamente madura. En esta
ocasión confió a mi madre que había cambiado de
parecer y que deseaba regresar
a la escuela para poder seguir estudiando. Regresó a Breslau; se
preparó en
latín y matemáticas con la ayuda de dos estudiantes para
pasar a la secundaria
y superó brillantemente el examen de admisión.
El resto del tiempo escolar no supuso ninguna sorpresa. Como siempre
estuvo en
los primeros puestos de la clase, librándose al final del examen
oral de
bachillerato. A la par que en la escuela, tomaba parte activa en todas
nuestras
diversiones con los compañeros. Nunca fue una aguafiestas. Se le
podían confiar
todas las cuitas y todos los secretos; estaba siempre dispuesta a
aconsejar y
ayudar, y todo era bien recibido por ella. Los años
universitarios (yo había comenzado
a estudiar medicina en 1909) fueron para nosotras tiempo de trabajo
serio, pero
también de estupendo compañerismo. Habíamos
formado un grupo de ambos sexos con
los que pasábamos nuestras horas libres y las vacaciones en gran
libertad y sin
prejuicios, dadas las condiciones de aquellos tiempos.
Manteníamos discusiones
sobre temas científicos y sociales en amplios y reducidos
círculos de amigos.
Edith era entre todas la más competente a causa de su
lógica imperturbable y de
su amplio conocimiento de cuestiones literarias y filosóficas.
En el transcurso
de nuestras vacaciones realizábamos viajes a la montaña y
allí nos sentíamos
animados a vivir a plenitud y para forjar proyectos.
Cuando más tarde se fue a Göttingen con una de nuestras
amigas comunes, Rose
Guttman, para estudiar historia y filosofía, allí
también conquistó nuevos
amigos, que le permanecerían fieles por su vida. Pero nuestro
antiguo círculo
la mantuvo inalterable y ella le conservó la fidelidad primera.
Después de
nuestro examen de estado de medicina decidimos, mi entonces amigo y
ahora
marido y yo, visitar a Edith y Rose en Göttingen. Aquellos
días fueron
inolvidables, de hermosas excursiones y alegres momentos, en los que
ella trató
de enseñarnos lo mejor de su querida Göttingen y de sus
entornos encantadores.
Al final llevamos un paseo muy bonito por el Harz. Esto sucedía
en la primavera
de 1914. Poco después de mi vuelta a Breslau, inicié mi
trabajo de asistente,
que sería interrumpido por el estallido de la guerra. Pero
únicamente cambió mi
actividad por el hecho de que me fui a otra clínica, mientras
que Edith se
sintió en la obligación de interrumpir sus estudios y se
fue como ayudante
voluntaria de la Cruz Roja a un hospital militar en
Märish-Weisskirchen.
También allí, como en todas partes, trabajó con
toda el alma, siendo estimada
tanto por los heridos como por las compañeras y superiores.
También aquí la
visité durante mi primer permiso de guerra, pasando dos semanas
con ella.
Cuando en 1916 se fue a Freiburg para ser asistente privada de su
profesor de
Göttingen, Husserl, dos de las antiguas amigas, Rose Guttman y
Lilli Platau, y
yo (me había ido como asistente a Berlín) decidimos pasar
nuestras vacaciones
del verano de 1917 en la Selva Negra con ella. De este tiempo conservo
un
recuerdo luminoso, a pesar de que todas padecíamos la
presión de la guerra y de
que la dieta algo escasa habría podido menoscabar nuestro humor.
Paseábamos,
leíamos juntas y estábamos siempre extraordinariamente
contentas. Al año
siguiente yo regresaría a Breslau, y esta vez tuve que emprender
sola mi viaje
de vacaciones. No pude planear nada mejor que volver a visitar a Edith.
Estuvimos en Freiburg, y desde allí realizábamos toda
clase de excursiones,
leíamos juntas y planeábamos nuestro futuro.
Cuando en 1920 me casé con mi compañero de estudios Hans
Biberstein, Edith
estuvo presente en la boda y compuso hermosas poesías para todas
las sobrinas y
sobrinos. En ellas revivían las experiencias más
placenteras de nuestros años
estudiantiles y de nuestra infancia. Era entonces profesora en el
colegio
religioso de Speyer pero pasaba todas las vacaciones en Breslau. En
septiembre
de 1921 nació nuestra primera hija, Susanne, y Edith, que
precisamente se
encontraba en casa, me atendió en forma enternecedora. Por
cierto, una densa
sombra se cernió sobre este tiempo, tan feliz por otra parte; me
confió la
decisión de convertirse al catolicismo y me rogó que se
lo comunicase a nuestra
madre. Yo sabía que ésta era una de las más
difíciles tareas a las que me había
tenido que enfrentar. A pesar de la comprensión de mi madre y de
la libertad
que en todo había dejado a sus hijos, esta decisión
significaba un duro golpe
para quien era una auténtica creyente judía y consideraba
como apostasía el que
Edith aceptase otra religión. También a nosotros nos
resultó difícil, pero
teníamos tanta confianza en el convencimiento interior de Edith,
que aceptamos
su paso muy a pesar nuestro, después de haber intentado
vanamente disuadirla
por causa de nuestra madre.
Incluso después de su conversión continuó viniendo
regularmente a casa. Me
atendió nuevamente en el nacimiento de nuestro hijo Ernst
Ludwing, y amaba
cariñosamente a nuestros hijos, como al resto de todos los
sobrinos y sobrinas;
de igual manera fue amada y adorada por ellos. Recuerdo muy
especialmente con
cuanta frecuencia, mientras ella trabajaba en su cuarto, tenía a
los niños con
ella, cómo los entretenía con cualquier libro y lo muy
felices y contentos que
ellos se sentían a su lado.
Cuando en 1933 tuvo que dejar Edith su puesto de enseñante en la
Academia
Católica de Münster a causa de su ascendencia judía,
vino de nuevo a casa.
También fui yo ahora la confidente de su decisión de
entrar en el convento de
las Carmelitas de Colonia. Las semanas que siguieron fueron muy
difíciles para
todos nosotros. Mi madre estaba, con razón, desesperada, y nunca
llegó a
superar este sufrimiento. Asimismo, esta vez la despedida era para
nosotros
mucho más dolorosa aunque Edith no quería admitirlo y
desde el convento
compartió sin merma el antiguo amor y la vinculación con
inalterable interés.
En 1939, cuando seguí con mis hijos a mi marido a
América, manifestó agrado de
que la visitásemos en Echt, adonde se había trasladado.
Pero nosotros teníamos
un boleto para Hamburgo, y además la frontera holandesa era muy
incómoda. Por
todo ello preferimos no hacerlo. En lo sucesivo, nos mantuvimos unidas
por
correspondencia y, en cierta manera, por entonces yo estaba tranquila
con que
ella estuviese segura en la paz de convento frente a la
persecución de Hitler,
al igual que mi hermana Rosa, que por mediación de Edith
había encontrado
refugio en Echt. Por desgracia, esta confianza no estaba justificada.
Los nazis
no se detuvieron ante el convento, sino que deportaron a mis dos
hermanas el 2
de agosto de 1942. Desde entonces ha desaparecido todo rastro de las
mismas.
Edith Stein: ¡Esto es la verdad!
S.S.
Juan Pablo II ha canonizado el 11 de octubre de 1998 a la que desde
hace unos
años era la Beata Edith Stein. Edith no nació
católica, sino judía, en Breslau
-entonces ciudad alemana, y hoy polaca con el nombre de Wroclaw-, en
1891. Era
la menor de una familia numerosa, y perdió repentinamente a su
padre apenas dos
años después. Su madre se hizo cargo con fortaleza del
negocio familiar de
maderas y de la educación de sus hijos.
Su madre infundió un elevado código ético a sus
hijos: Edith aprendió algunas
virtudes que nunca perdería: sinceridad, espíritu de
trabajo de sacrificio,
lealtad... Pero, aunque se educó en un ambiente claramente
judío, la fe era más
bien superficial. A los diez años supo de la muerte de un
tío muy querido, y
acabó enterándose de la causa: suicidio, tras la quiebra
de su negocio. Acudió
al funeral. "El rabino inició la oración fúnebre.
Yo ya había escuchado
otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto,
en que se
realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo
el dolor de
los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo.
Por fin, con
solemne y engolada voz, dijo el rabino: «si el cuerpo se
convierte en polvo, el
espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio». Pero,
detrás de todo esto, no
había una fe en la pervivencia personal y en un volver a
encontrarse tras la
muerte.
Tuve una impresión totalmente distinta cuando al cabo de muchos
años participé
en un culto funerario católico, por primera vez. Se trataba del
entierro de un
sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de
sus méritos, ni del
apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba
a la
Misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila.
Ciertamente, ¡qué
consoladoras y serenantes eran las palabras de la liturgia que
acompañaban a
los muertos a la eternidad!". Edith supo de bastantes más
suicidios:
sucedían cuando se derrumbaban las esperanzas terrenas de
quienes hasta
entonces parecían llenos de amor a la vida.
Las virtudes aprendidas en casa, junto a una profunda y despierta
inteligencia,
hicieron progresar a Edith en el mundo académico, a pesar de los
prejuicios
contra las mujeres y los judíos de aquella Alemania
rígida. Destacó en el
colegio, y fue a Göttingen a estudiar filosofía.
Allí conoció a Husserl, y,
junto con muchos otros, quedó deslumbrada por la nueva
fenomenología. "Las
Investigaciones lógicas (de Husserl) habían impresionado,
sobre todo porque
eran un abandono radical del idealismo crítico kantiano y del
idealismo de cuño
neokantiano. Se consideraba la obra como una «nueva
escolástica». (...) Todos
los jóvenes fenomenólogos eran unos decididos realistas".
Edith, en
filosofía, buscaba la verdad. Pero, a la vez, un intenso trabajo
la absorbía, y
no dejaba tiempo para la consideración de otras cosas; de hecho,
no tenía fe.
Dios preparaba su cabeza, pero también otros aspectos que
permitirían
descubrirle; entre otros, el contacto con el dolor. En 1914
apareció de
improviso la guerra. Muchos de los amigos de Edith fueron al frente.
Ella no
podía quedarse sin hacer nada, y se apuntó como enfermera
voluntaria. La
enviaron a un hospital austríaco. Atendió soldados con
tifus, con heridas, y
otras dolencias. El contacto con la muerte le impresionó. Tras
ver morir a uno
de los primeros, "cuando ordené las pocas cosas que tenía
el muerto reparé
en una notita que había en su agenda. Era una oración
para pedir que se le
conservase la vida. Esta oración se la había dado su
esposa. Esto me partió el
alma. Comprendí, justo en ese momento, lo que humanamente
significaba aquella
muerte. Pero yo no podía quedarme allí". Tras los
trámites pertinentes, se
volvió a refugiar en la incesante actividad. Edith
recibió la Medalla al Valor
por su trabajo en el hospital.
Tras dejar el hospital, siguió a Husserl a Friburgo, y
trabajó como su
asistente. Ordenó y recopiló los trabajos del maestro,
pero, sin un futuro
claro en ese puesto, decidió dejar a Husserl e intentar aspirar
a una cátedra
universitaria. No lo pudo conseguir por ser mujer, y se tuvo que
conformar con
la dirección de un colegio privado.
Algunas conversiones de amigos y algunas escenas de fe que pudo ver
habían
impresionado a Edith. Empezó a leer obras sobre el cristianismo,
y el Nuevo
Testamento. Un día tomó un libro al azar en casa de unos
amigos conversos.
Resultó ser la autobiografía -La Vida- de Santa Teresa de
Jesús. Le absorbió
por completo. Cuando lo acabó, sobrecogida, exclamó:
"¡Esto es la
verdad!". Inmediatamente, compró un catecismo y un misal. Al
poco tiempo
se presentó en la parroquia más cercana pidiendo que le
bautizaran
inmediatamente. Demostró conocer bien la fe, pero había
que hacer algunos
trámites, y se bautizó el día 1 de enero de 1922,
con el nombre de Teresa
Edwig.
Lo más duro que le esperaba a la recién conversa era
decírselo a su familia.
Edith era un orgullo para su madre. Por eso mismo se derrumbó y
se echó a
llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre,
soy
católica". Edith la consoló como pudo, e incluso le
acompañaba a la
sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una
traición-, aunque
no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que
"todavía no he
visto rezar a nadie como a Edith".
Todavía les resultó más costoso aceptar la
decisión de Edith de hacerse
carmelita descalza. Era una decisión meditada durante
años, que se hizo
realidad en 1934. Emite sus votos en abril de 1935, en Colonia. Se
convirtió en
Sor Benedicta de la Cruz.
Mientras todo esto sucede, el ambiente en Alemania se va haciendo
progresivamente hostil contra los hebreos, desde la llegada al poder de
Hitler
en 1933. En 1939 sus hermanas del Carmelo de Colonia deciden que es
prudente
salga de Alemania, y se traslada al convento de Echt, en Holanda.
En la primavera de 1940 Holanda es ocupada por los nazis. A principios
de 1942
se decide en las afueras de Berlín la "solución final":
el exterminio
programado de los judíos. Unos meses después, la
Jerarquía católica holandesa
escribe una carta al Comisario del Reich, Seyss-Inquart, protestando
contra el
trato vejatorio a los judíos; se oyen también protestas
en los púlpitos, como
la del Obispo de Utrecht. Las SS alemanas reaccionan con represalias,
entre
ellas la detención de los católicos de origen hebreo. En
agosto de 1942 se
presentan en el convento de Echt, en busca de Edith Stein y su hermana
Rosa,
refugiada allí. Al cabo de pocos días, salen de Holanda
con destino
desconocido. Pocos datos se conocen a partir de este momento, pero
todos
coinciden en testimoniar la serenidad y entrega ejemplar de Edith.
Más tarde se supo el destino final de Edith Stein: las
cámaras de gas de
Auschwitz. Allí entregó santamente su alma al
Señor el 9 de agosto de 1942.
Gilbert K. Chesterton: Una conversión totalmente racional
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) ha sido uno de los grandes escritores del siglo XX. Tan bohemio y excéntrico, tan irónico y lúcido, con tal sentido del humor y corpulencia que jamás pasó inadvertido. "Por lo que respecta a mi peso, nadie lo ha calculado aún", solía decir. Y en una conferencia: "Les aseguro que no tengo este tamaño, en absoluto. Lo que ocurre es que el micrófono me está amplificando". Su risa era sincera, alegre, contagiosa e inolvidable, hasta el punto de conseguir, en el teatro, que la gente dejara de mirar al escenario para reírse con él.J.H. Newman: de pastor anglicano a cardenal de la Iglesia católica
Nacido en el
seno de una
familia anglicana de banqueros, en Londres, el 21 de febrero de 1801,
John
Henry Newman experimentó a los 15 años una «primera
conversión», como él la
llamaba. Concentró desde aquel momento sus pensamientos sobre su
alma y su
Creador. En 1825, después de haber concluido sus estudios en
Oxford, fue
ordenado sacerdote anglicano. Tres años después era
nombrado vicario de la
Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford.
En ese cargo, que mantuvo hasta 1843, cultivó amistad con
personas cultas e
iluminadas de la Inglaterra de aquella época. Formó parte
del «Movimiento de
Oxford» cuyo objetivo consistía en restituir a la Iglesia
anglicana el derecho
a considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la
Iglesia
católica y las Iglesias ortodoxas, sin
«romanizarla», pero remontándola a la
tradición de los padres de la Iglesia y de los grandes
teólogos.
Newman trató de hacer una interpretación católica
de los 39 artículos de la
iglesia anglicana con su famoso «Tract 90» (los
«Tracts» eran breves tratados o
artículos con los que los adherentes al Movimiento de Oxford
manifestaban su
pensamiento). Ahora bien, tanto la Universidad de Oxford como los
obispos
anglicanos rechazaron sus convicciones. De este modo, en 1842, se
retiró a
estudiar y a meditar en Littlemore. Después de años de
profunda reflexión,
acompañada por la oración, el 9 de octubre de 1945
abrazó el catolicismo.
Tras un viaje a Roma, en 1847 fue ordenado sacerdote. Uno de sus
principales
objetivos, entonces, fue demostrar a los ingleses que se puede ser buen
católico y ciudadano leal. No sólo tuvo que sufrir las
críticas de los
anglicanos, sino también las de algunos católicos que
consideraban poco sincera
su conversión. El Papa León XIII, reconociendo sus
méritos, le creó cardenal en
1879. Murió en Birmingham el 11 de agosto de 1890.
El 22 de enero de 1991, Juan Pablo II dio un importante impulso a su
causa de
beatificación al reconocer sus virtudes heroicas.
Newman se interesó en sus obras por el saber teológico y
humanista: filosofía,
patrística, dogmática, moral, exégesis,
pedagogía e historia. Para transmitir
de manera eficaz su pensamiento utilizó varios géneros
literarios: el discurso,
el tratado, la novela, la poesía, y la autobiografía.
Carta
papal sobre el gran converso del anglicanismo del siglo XIX
Juan Pablo II recuerda a John Henry Newman
CIUDAD DEL VATICANO, 27 feb 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha querido
recordar el segundo centenario del nacimiento del cardenal John Henry
Newman,
uno de los católicos ingleses más influyentes del siglo
XIX, convertido del
anglicanismo, y lo propone como modelo a los cristianos de inicios de
milenio.
Según el Papa, Newman es un clásico en el sentido
más propio de la palabra:
«Nació en una fecha específica, el 21 de febrero de
1801, en un lugar
específico, Londres, y en una familia específica. Pero la
misión particular que
se le confió pertenece a todo tiempo y lugar».
El hoy venerable Newman vio la luz en el seno de una familia de
banqueros.
Desde muy joven sintió una pasión por Dios y las cosas
del espíritu que le
llevaron a ordenarse sacerdote en 1825 el seno de la comunidad eclesial
en la
que había sido bautizado, la Iglesia anglicana.
Desempeñó su labor como pastor anglicano durante catorce
años como vicario de
la Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford,
punto de encuentro
de intelectuales ingleses de la época. De este modo
adhirió al «Movimiento de
Oxford» con el objetivo de restituir a la Iglesia anglicana el
derecho a
considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la
Iglesia
católica y las Iglesias ortodoxas.
Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39
artículos de la iglesia
anglicana con su famoso «Tract 90» comenzó a
descubrir la verdad en la Iglesia
católica, ganándose las críticas de la comunidad
universitaria de Oxford como
por la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la
oración
y el estudio durante tres años, en 1945 abrazó
catolicismo, en cuyo seno fue
ordenado sacerdote.
Su talla intelectual y su pasado anglicano hicieron de él un
puente para la
comprensión del diálogo con la Iglesia y la sociedad de
Inglaterra, ofreciendo
todavía hoy a través de sus numerosos escritos
interesantes sugerencias. El
Papa León XIII, en reconocimiento de sus méritos, le
creó cardenal en 1879.
Falleció en la misma ciudad de Birmingham el 11 de agosto de
1890.
En su carta, publicada hoy por la Sala de Prensa de la Santa Sede, el
Papa se
refiere a la época «tormentosa» en que tuvo que
vivir Newman, «cuando las
antiguas certidumbres se tambaleaban y los creyentes se enfrentaban con
la
amenaza del racionalismo de una parte y del fideísmo de otra. El
racionalismo
rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo
resolvía los
desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una
dependencia mal
entendida de la autoridad y del gobierno».
«En un mundo así, Newman estableció una
síntesis memorable entre fe y razón»,
uno de los argumentos que más han apasionado a Karol Wojtyla
desde su juventud
y al que ha dedicado su última encíclica.
En particular, el Papa explica que, en su búsqueda personal, el
futuro cardenal
tendría que afrontar el dolor y las tribulaciones, «que en
lugar de
menoscabarle o aniquilarle, reforzaron paradójicamente su fe en
el Dios que le
había llamado, y le confirmaron en la convicción de que
Dios "no hace nada
en vano"».
De hecho, Newman tuvo que soportar tanto las críticas de
católicos que decían que
no se había convertido realmente a la Iglesia católica
como la de anglicanos
que obviamente no compartían su decisión.
El obispo de Roma concluye ofreciendo la gran lección de este
inglés del siglo
pasado: «Al final, lo que resplandece en Newman es el misterio de
la Cruz del
Señor, que fue el corazón de su misión, la verdad
absoluta que él contempló, la
"cariñosa luz" que le guió en su vida».
El proceso de beatificación del cardenal Newman se encuentra en
fase avanzada.
El 22 de enero de 1991 Juan Pablo II reconoció sus virtudes
heroicas. Esta
carta es vista por algunos de los expertos como un nuevo empujón
del Santo
Padre para atraer la atención de los católicos por una
figura que en algunos
aspectos es indudablemente profética.
Karol Wojtyla: Una juventud curtida en la adversidad
El enigma de
una
biografía
Juan Pablo II ha sido sin lugar a dudas –así lo reconocen hasta
sus más
acérrimos detractores– la figura más colosal y
carismática que ha conocido el
final del segundo milenio. Junto a ser guía espiritual de casi
mil millones de
católicos, se ha convertido en el más vigoroso defensor
de la justicia social y
los derechos humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo
pontificado ha
demostrado una prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y
creatividad,
prudencia e ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y
autoridad
moral como pontífice, se ha revelado también como un
diplomático de inmensa
envergadura e influencia mundial. Ha sido además protagonista de
descollantes
realizaciones intelectuales y literarias, y goza de un innegable
carisma ante
la gente joven.
Muchos se preguntan con frecuencia de dónde vienen a Juan Pablo
II esas
indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo ha surgido
este hombre? ¿Cómo se ha forjado
una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la
biografía de Juan Pablo II
que le ha permitido prepararse de un modo tan sobresaliente para
ejercer su
misión como cabeza de la Iglesia católica en una
encrucijada tan difícil de su
historia?
Si unos grandes expertos en la materia se plantearan fabricar un
líder mundial
de semejantes características a partir de un chico joven, es muy
probable que
pensaran en proporcionarle una educación de élite, en
unas condiciones
cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su
formación
académica, intelectual y humana.
Sin embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada
de eso. Apenas
aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están
marcadas por la
tragedia, el dolor, la pobreza y la dificultad. ¿Qué
había entonces distinto a
otros? ¿Por qué esas difíciles circunstancias
personales no le hundieron sino
que curtieron su personalidad y le prepararon para ser un persona tan
extraordinaria? ¿Cuál fue su actitud ante los
obstáculos que encontró en su
vida?
La biografía de Karol Wojtyla es una prueba de cómo el
hombre, sean cuales sean
las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus
condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos
condicionamientos
no influyan, porque influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar la
libertad. En toda biografía puede apreciarse la génesis
de la actitud que cada
uno toma ante la vida. Veamos un poco cómo fue la de Karol
Wojtyla.
Los
primeros golpes del destino
La tragedia golpeó por primera vez a Karol Wojtyla el 13 de
abril de 1929, día
en que su madre falleció a la edad de 45 años, como
consecuencia de una
miocarditis. A Karol le faltaban cinco semanas para cumplir 9
años, y su
hermano Edmund estaba cerca de terminar su licenciatura en la Facultad
de
Medicina de Cracovia. Después del entierro, su padre –un
teniente retirado que
vivía de una exigua pensión– llevó a los dos
hermanos a rezar al Santuario de
Kalwaria Zebrzydowska.
La muerte de la madre es sin duda traumática para un
niño, especialmente a esas
edades. En lo más hondo de su ser, el sufrimiento era
desgarrador. Con el paso
de los años, en su extensa producción literaria
expresaría, sobre todo en
algunos poemas, que la idea de la muerte estuvo muy presente en su
conciencia
durante toda su vida.
Karol y su padre se quedaron viviendo ellos dos solos en Wadowice.
Pasaban
tales apuros económicos que el padre, recordando sus antiguas
nociones de
sastre, tomó la aguja no sólo para remendar la ropa de
los dos, sino también
para convertir sus viejos uniformes del ejército en trajes para
Karol.
Karol tenía 10 años cuando su padre le llevó a
Cracovia para ver cómo su
hermano Edmund recibía el título de médico en la
Facultad de Medicina de la
antigua Facultad de Jagellón. Edmund –aunque le llamaban Mundek–
tenía entonces
24 años y era muy popular. Sin embargo, poco tiempo
después, el 4 de diciembre
de 1932, la tragedia volvió a golpear a los Wojtyla: Edmund
murió de
escarlatina, contagiado por un paciente del hospital de Bielsko,
población
situada a menos de una hora de Wadowice, donde había trabajado
como médico
desde que obtuviera el título. Una epidemia de escarlatina
azotaba la región y
el doctor Wojtyla, a sus 26 años, estaba de guardia veinticuatro
horas al día.
Los demás médicos recuerdan a Edmund como un doctor
totalmente entregado al
trabajo y con un penetrante sentido del humor.
La muerte de su hermano, según él mismo explicó
años después, le afectó quizá
aún más que la de su madre, por las circunstancias en que
se produjo y por su
mayor madurez entonces: tenía 12 años.
Una gran
riqueza interior
Pero el optimismo y la energía naturales de Karol se impusieron
a todo lo
demás. Se sumergió todavía más en los
estudios, el deporte y el trato con Dios,
que no paraba de crecer. Era el primero de su clase en el instituto y
buscaba a
Dios de forma cada vez más personal. Un chico de mucho talento,
muy rápido y
muy bueno. Sobresalía por ser muy leal a sus compañeros.
A pesar de la tragedia
que surcaba su vida, Karol era un entusiasta en el deporte, un joven
muy
sociable con el que resultaba divertido pasar el tiempo. Las muchachas
de
Wadowice suspiraban por él cuando se convirtió en un
atractivo adolescente,
pero no había nada que hacer: no se sabía por qué,
pero Karol no salía con
chicas.
A los 13 años apareció su primera publicación: una
crónica de una página entera
en el periódico de la iglesia de Cracovia.
Karol tuvo suerte con sus profesores, que eran un grupo de
profesionales de una
talla intelectual poco corriente en una población de poca
importancia como
Wadowice. Los ha recordado toda su vida, y siempre ha hablado de la
importancia
de los profesores en la formación de la persona. El maestro que
Karol encontró
más interesante fue Edward Zacher, un joven sacerdote que
tenía un doctorado en
astrofísica y otro en teología. Les daba clase de
religión y a menudo se
desviaba del tema para llevar a sus alumnos a los misterios de las
galaxias y
del microcosmos. Les enseñó a pensar, a aplicar a ese
empeño el saber que
habían adquirido en el estudio de otras asignaturas, pero
siempre con el
objetivo de demostrar que el conocimiento basado en la verdad nunca
descarta a
Dios, sino que, al contrario, enseña humildad ante el Creador.
Al profesor Forys debió Karol su amor y fascinación por
la lengua polaca y los
grandes autores de su nación. Karol alcanzó
también un notable dominio de los
clásicos latinos y griegos, gracias al profesor Damasiewicz y
Królikiewicz.
Cuando terminó el bachillerato, Karol leía latín y
griego con una soltura que
deslumbraba a sus profesores. El instituto de Wadowice fue el secreto
por el
que años después Karol, siendo ya arzobispo,
dejaría atónito con su latín
impecable al Concilio Vaticano II.
Por aquellos años Karol se aficionó también al
teatro. Era el individuo más
activo y más eficaz del grupo de teatro que formaron los chicos
y chicas del
instituto. Tenía una memoria extraordinaria y un gran talento
para las
representaciones. En una ocasión, en que uno de los actores tuvo
que retirarse sólo
dos días antes de la actuación, Karol se ofreció a
hacer simultáneamente los
dos papeles –eran compatibles, cambiando rápidamente el
vestuario–, y no
necesitó aprenderse el nuevo papel: ya se lo sabía de
memoria con sólo haberlo
oído en los ensayos.
Los miembros de aquel Círculo de Teatro viajaban con frecuencia,
y gracias a
eso Wojtyla trató con intelectuales del más diverso
género, con lo que fue
adquiriendo un conocimiento excelente de la cultura y las ideas
universales.
Karol era uno de los mejores estudiantes y tenía también
cualidades de
liderazgo. Fue elegido presidente de varias organizaciones
estudiantiles, y
siempre querían que fuese él quien hiciera de portavoz
del instituto en
acontecimientos de carácter nacional.
El verano de 1938, los Wojtyla –padre e hijo– se trasladaron a Cracovia
para
que Karol pudiese ingresar en la universidad en otoño. Karol era
terriblemente
pobre. Asistía a su clases vestido con unos pantalones de tela
burda y una
arrugada chaqueta negra, la única que tenía. Su padre se
encargaba de que los
zapatos del joven estuvieran siempre en un estado aceptable. Si pudo
matricularse en la Universidad de Jagellón fue gracias a las
excelentes
calificaciones que había sacado en el instituto.
Al apuntarse a las clases del curso académico 1938-39 en la
Facultad de
Filosofía, Karol se echó encima una carga
extraordinariamente pesada y muy poco
habitual, que ofrece pistas interesantes sobre su personalidad y sus
inquietudes. No sólo se matriculó de 16 asignaturas, sino
que también asistía
regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, y
–según contaba
con asombro su profesor de literatura– se ofreció
voluntariamente a preparar un
difícil y extenso trabajo que le exigía un gran dominio
del francés; para ello
asistió durante meses a clases particulares de esa lengua en
casa de un amigo.
También hizo innumerables amistades, que le llevaban a
desarrollar una
actividad que, teniendo en cuenta la fuerte carga que sus estudios
representaban, resulta difícil imaginar cuándo
comía y dormía. Participaba en
una escuela de arte dramático, en un círculo intelectual
y en varias
asociaciones literarias y estudiantiles más. De una de ellas fue
elegido
presidente ya en 1939. Sus compañeros lo recuerdan como un joven
tranquilo y
agradable, religioso, sociable y muy activo. Una compañera suya
hace notar que
«cuando escuchaba en clase, Karol tenía la costumbre de
mirar fijamente al
profesor, con enorme concentración..., como si deseara
absorberlo todo».
Karol también escribía de forma inagotable. En el plazo
de un año escribió
varios ciclos de poemas, un drama y varias obras más. Para
escribir de forma
tan prolífica, el joven Karol debía permanecer despierto
gran parte de la noche
en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya
que las horas del día
las llenaba el trabajo académico y todas esas actividades ajenas
a los
estudios, que también ocupaban parte de la noche.
Aprendió, con su
extraordinaria capacidad de concentración, a escribir
aprovechando todos los
momentos disponibles del día o de la noche, sentado, de pie, e
incluso
viajando. Juan Pablo II ha demostrado poseer una energía y una
fuerza
asombrosas –física, mental y espiritual– y esto ya era evidente
desde aquellos
primeros años de Cracovia.
Todo salta
por los aires
Por aquel entonces, casi nadie en Polonia imaginaba –a pesar de las
señales y
presagios que aparecían ya con claridad– que el mundo entero se
encontraba al
borde de una terrible guerra mundial. Sin embargo, el 1 de septiembre
de 1939,
al amanecer, fuerzas alemanas entraron por el sur de Polonia, y aviones
nazis
llevaron a cabo las primeras pasadas de bombardeos sobre Cracovia
durante la
mañana, sembrando el pánico y el caos en la ciudad.
Cinco días después, Cracovia era tomada por los alemanes.
A las pocas semanas,
el mando nazi impuso una obligación de trabajo público
que no era otra cosa que
trabajo forzoso. Todos los judíos, incluidos los niños de
más de 12 años,
fueron dirigidos al trabajo indicado para ellos como objetivo
educacional, y su
destino fueron los campos de concentración; baste decir que
antes del
Holocausto había en Polonia tres millones de judíos, y
después quedaron
escasamente diez mil. Karol tenía entre sus amigos y
compañeros de colegio a
bastantes judíos, y aquello fue un cataclismo terrible que ha
permanecido para
siempre en la memoria de quienes vivieron de cerca esos acontecimientos.
La Iglesia católica sufrió también una dura
persecución por parte de los nazis.
La catedral fue cerrada, y sólo se permitía celebrar Misa
a dos sacerdotes los
miércoles y domingos, pero sin fieles. Muchas otras iglesias de
Polonia fueron
cerradas, al tiempo que sacerdotes, monjes y monjas eran deportados a
campos de
concentración, donde murieron más de tres mil de ellos.
También se desató una
guerra contra la cultura.
Bajo el fantasma del desempleo y de la universidad cerrada, aquella
Navidad de
1939 se presentaba muy poco optimista para los Wojtyla. Sin embargo,
Karol
llevaba una vida más activa que nunca. Un amigo suyo recuerda
cómo la mayoría
de la gente estaba sumida en el tedio y el aburrimiento, pero Karol
estaba muy
ocupado: leía, escribía, hacía traducciones,
estudiaba, rezaba. Durante
aquellos meses su producción literaria fue enorme y de una
erudición y una
calidad considerables. Le faltaba el tiempo. A veces sentía la
horrible presión
de la tristeza y el pesimismo ante tanta desgracia como veía a
su alrededor,
pero lograba superarlo.
Uno de los momentos más importantes de la vida de Karol fue una
fría tarde de
sábado en febrero de 1940. Karol asistía a unos
círculos de formación
espiritual para jóvenes organizados por los salesianos en la
parroquia de
Debniki, cerca de su casa, y allí conoció a un hombre
llamado Jan Tyranowski.
Inmediatamente surgió entre ellos una intensa relación
personal, de maestro y
discípulo.
Tyranowski abrió a Karol unos nuevos horizontes espirituales y
humanos. Aquel
hombre, que no era sacerdote sino un sastre de unos cuarenta
años, trabajaba
las almas de aquellos chicos con una gracia muy particular. Su palabra,
en
conversaciones personales o en aquellos círculos, iba penetrando
hondamente en
cada uno de ellos, «liberando en nosotros –son palabras de Karol,
años después–
la profundidad oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que
hasta
entonces, trémulamente, habíamos evitado».
Karol charlaba cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el
modesto y
abarrotado piso del sastre, además de verse en los encuentros en
grupo. En
aquellas conversaciones, Karol iba comentando el resultado de sus
esfuerzos
personales por mejorar en los puntos que se trataban en las reuniones.
Tyranowski sabía cuál era la importancia de esa
disciplina ascética para la
formación de una persona. A medida que la amistad entre ambos
fue creciendo,
paseaban con frecuencia, se visitaban en sus respectivos domicilios, y
pasaban
largos ratos leyendo y conversando.
Karol tuvo que buscarse un empleo para su propio sustento y el de su
padre en
la Cracovia en guerra. En agosto de 1940, un restaurante del centro le
contrató
para hacer repartos. Un mes después, Karol pasó a
trabajar en una fábrica de la
Solvay tenía cerca de las canteras de Zakrzówek.
Allí se arrancaban grandes
bloques de piedras calizas por medio de cargas explosivas, y se
trasladaban por
ferrocarril de vía estrecha hasta una planta situada en el
distrito industrial
de Borek Falecki.
Sus primeros trabajos consistieron en tender raíles y hacer de
guardafrenos.
Recibía unas raciones suplementarias de alimento que los
alemanes suministraban
a los obreros que hacían trabajos más duros. Tardaba
alrededor de una hora en
ir andando de su casa a la cantera, principalmente campo a
través, para
trabajar en el turno de las ocho de la mañana a las cuatro de la
tarde. El
invierno resultó de una dureza extraordinaria aquel año,
con grandes nevadas y
temperaturas de bastantes grados bajo cero. Perdía peso
rápidamente y sentía
frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Una
vez al día y en
grupos, los alemanes permitían que los obreros pasaran quince
minutos dentro de
una barraca en la que había una estufa de hierro, donde
engullían el pobre
almuerzo que traían de sus casas. Karol –recuerdan sus
compañeros– vestía una
chaqueta con los bolsillos abultados, unos pantalones remendados y
cubiertos de
polvo de piedra caliza y rígidos a causa de las salpicaduras de
petróleo, unos
grandes zuecos de madera y un sombrero deshilachado.
El culmen
de la tragedia
Karol Wojtyla padre enfermó gravemente poco después de
Navidad y tuvo que
guardar cama. Ya no podía cuidar de la casa y Karol se ocupaba
de todo. Mes y
medio después, el 18 de febrero de 1941, un día
especialmente frío, lo encontró
muerto al llegar a casa. Había fallecido de un ataque al
corazón. Tenía 62
años.
Karol aún no había cumplido 21 años. Pasó
la noche rezando de rodillas ante el
cadáver de su padre. A la mañana siguiente se mudó
al piso de una familia
amiga, los Kydrynski, donde pasaría los seis meses siguientes,
porque se sentía
incapaz de afrontar la terrible soledad de su casa en la calle Tyniecka.
La muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con
él
cuando falleció, fue el golpe más fuerte y
dramático que sufrió en su vida. A
partir de entonces, iba al cementerio todos los días al salir de
trabajar de la
cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante la tumba
de su
padre. Sus amigos estaban preocupados, viendo su sufrimiento, pensado
que quizá
no superara aquel golpe. Un amigo suyo, que asistía con
él a aquellos círculos,
asegura que «fue la influencia de Jan Tyranowski la que le
ayudó a recuperar el
equilibrio»; también dice que «de no haber sido por
Tyranowski, Karol no sería
sacerdote, y yo tampoco; no quiero decir que nos empujara:
sencillamente, nos
abrió un camino nuevo.»
La
vocación
Sin embargo, la decisión del sacerdocio aún
tardaría año y medio en madurar en
el corazón y la mente de Karol. Años después,
recordaría «con orgullo y
gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante
cuatro
años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes
a los problemas más importantes
de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido...,
como un hecho
interior de claridad indiscutible y absoluta.»
El 23 de mayo la Gestapo hizo una incursión en la parroquia de
los salesianos
de Debniki, y detuvo y deportó a trece sacerdotes que luego
morirían en los
campos de concentración. Jan Tyranowski se encontraba en la
iglesia aquel día,
pero los agentes no entraron en el lugar donde estaba.
Poco después, Karol fue trasladado a un nuevo trabajo en la
cantera, que
consistía en colocar los explosivos y las mechas en la roca.
Ahora pasaba más
tiempo dentro del barracón, donde hacía menos
frío..., y Karol tenía la
oportunidad de leer de vez en cuando.
El verano de 1941 fue trasladado de nuevo, esta vez a la fábrica
principal. Su
tarea durante tres años fue acarrear a mano cubos de madera
llenos de jalbegue
de los hornos hasta la lavandería. El trabajo era más
fácil, y bajo techo, pero
empleaba casi dos horas en ir al nuevo lugar de trabajo y otras tantas
al
volver. Karol prefería el turno de noche (a veces se quedaba
para hacer un
turno doble y ahorrarse con ello los largos viajes de ida y vuelta),
porque era
más tranquilo y podía dedicar más tiempo a leer.
La oración constante fue lo que permitió a Karol salir
adelante, tanto en su
vida espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo.
Rezaba
cada día en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, rezaba
en la fábrica,
rezaba en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y
cuando se
dirigía cada día al cementerio, después de
trabajar, rezaba ante la tumba de su
padre, y después rezaba en su casa. La mayoría de sus
compañeros de trabajo,
que conocían cómo era su vida en medio de aquella
persecución religiosa, le
miraban con respeto, admiración y afecto. Stefania
Koscielniakowa, que
trabajaba en la cocina de la planta, recuerda que su supervisor
señaló en una
ocasión a Karol y le dijo: «este chico reza a Dios, es un
chico culto, tiene
mucho talento, escribe poesía...; no tiene madre, ni padre...;
es muy pobre...,
dale una rebanada de pan más grande porque lo que le damos
aquí es lo único que
come».
Mientras tanto, Karol seguía encontrando tiempo y
energías para seguir con el
teatro clandestino, asistir a reuniones con intelectuales de Cracovia,
charlar
cada semana con Tyranowski, leer y escribir abundantemente, aprender
idiomas y
seguir estudiando filosofía por su cuenta.
Una tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de
teatro de
Norwid, Karol se volvió hacia Kotlarczyk y le pidió que
no le asignara más
papeles en las futuras representaciones del grupo. Acto seguido le
explicó que
pensaba ingresar en un seminario clandestino porque quería ser
sacerdote.
Kotlarczyk –que era el alma del grupo teatral, y que ahora
compartía con Karol
el piso de la calle Tyniecka– pasó varias horas intentando
disuadirle de su
propósito. Invocó la santidad del arte como gran
misión, recordó a Karol la
advertencia del evangelio contra el desperdicio del talento y le
suplicó que
aplazara su decisión.
Sin embargo, Karol se mantuvo firme y al mes siguiente comenzó
sus estudios en
el seminario. Las clases eran individuales y se daban en lugares
secretos. La
mayoría de los alumnos no supieron de la existencia de los
demás seminaristas
hasta que acabó la guerra. La vida externa de Karol apenas
cambió a causa de su
condición de seminarista: continuó trabajando en la
Solvay y cumplió sus
compromisos con el Teatro Rapsódico durante seis meses. La
diferencia era que,
ahora, a sus anteriores obligaciones se unía la de estudiar en
el seminario
secreto, lo cual suponía además un gran riesgo. Ser
detenido como seminarista
secreto significaba la muerte en un campo de concentración, como
de hecho
sucedió a no pocos polacos en esa situación.
Karol se levantaba al amanecer para ir a misa a las seis y media; luego
se iba
corriendo a la fábrica Solvay, donde pasaba el día;
visitaba la tumba de su
padre en el cementerio y volvía corriendo a casa para hacer los
deberes del
seminario. A veces llegaba a esa misa de seis y media después de
salir del turno
de noche. Siendo seminarista también estudió
alemán de forma sistemática,
porque quería leer en su lengua original a una serie de
filósofos germanos que
le interesaban especialmente. Luego utilizó un diccionario
alemán-español para
aprender español y poder leer las obras de San Juan de la Cruz
en su lengua
natal.
El 29 de febrero de 1944, cuando el optimismo invadía Polonia
porque la guerra
parecía terminar, Karol sufrió un grave accidente cuando
volvía de trabajar. Un
pesado camión del ejército alemán cargado con unos
tablones que sobresalían
bastante hacia los lados le golpeó al pasar. Quedó
tendido en el suelo con una
fuerte conmoción cerebral. Una señora que pasaba por
allí le lavó un poco con
agua de una zanja, pararon a otro camión y fue trasladado a un
hospital. Estuvo
nueve horas inconsciente, quince días en el hospital y varias
semanas más de
convalecencia.
El 1 de agosto estalló un gran levantamiento en Varsovia. El
día 6, llamado
Domingo Negro, el mando alemán, temeroso de una
sublevación en Cracovia, hizo
una gigantesca redada en toda la ciudad. Cuando irrumpieron en la casa
de
Karol, éste permaneció en su cuarto, arrodillado y
rezando en silencio, e
inexplicablemente los soldados no entraron en esas habitaciones.
Sacerdote
Aun tardarían casi seis meses los nazis en abandonar Cracovia.
Con el final de
la contienda, el seminario dejó de ser secreto. Karol
culminó con gran
brillantez sus estudios, y el 1 de noviembre de 1946 fue ordenado
sacerdote. Al
día siguiente celebró tres misas por el alma de su madre,
su padre y su
hermano, a las que asistieron todos los miembros del Teatro
Rapsódico. Su
siguiente misa fue en la parroquia de Debniki, en la que Jan Tyranowski
estaba
radiante de felicidad.
Con 26 años marchó a Roma para ampliar estudios. El
colegio en que se alojaba
tenía muy malas condiciones: apenas había servicios
higiénicos, la comida era
pésima, hacía un frío terrible en invierno y un
calor espantoso en verano. Allí
mejoró su francés, al tiempo que aprendía
inglés e italiano. Karol se mostraba
ávido de aprender idiomas: en las comidas se sentaba junto a los
norteamericanos, u otros estudiantes, y les escuchaba con gran
atención. Ya
hablaba alemán y había aprendido español por su
cuenta en Cracovia. También
impresionaba a todos sus compañeros de estudios por su vigor y
su destreza en
el deporte.
No le gustaba el aislamiento. Procuraba reunirse con personas con ideas
y
puntos de vista diferentes, y se esforzaba en aprender de ellos. Karol
siempre
fue un oyente magnífico y un maestro de silencios. Tenía
el don de captar de
inmediato la confianza de sus interlocutores.
El 3 de julio de 1947 Karol recibió las máximas
calificaciones de sus cuatro
examinadores de licenciatura, en una prueba realizada
íntegramente en latín. El
19 de junio de 1948 concluyó el doctorado, también con
las mayores notas
posibles, aunque no pudo recibir entonces el título de doctor
por carecer de
recursos necesarios para imprimir su tesis. Fue un año y medio
recorrido a uña
de caballo, con apretadísimos días de estudio y
oración.
De vuelta a Polonia, su primer destino como sacerdote fue en Niegowici,
un
primitivo pueblecito en el que no había agua corriente,
alcantarillado ni
electricidad. La región había sido azotada recientemente
por una inundación que
causó graves daños en todas las construcciones.
Allí se entregó por entero a la
atención pastoral de esas pobres gentes, a la enseñanza
de religión de varias
escuelas de la región, a cuidar de los enfermos y visitar a
todos. Organizó
actividades para la gente joven. Ganó rápidamente amigos
y admiradores. Viajaba
en carro o a pie –bajo la lluvia o con un frío terrible, por el
barro o por la
nieve–, de pueblo en pueblo, siempre accesible y de buen humor.
Mientras
viajaba en carro por la carretera llena de baches, solía leer un
libro. Cuando
iba a pie, rezaba. Cuando a una viuda anciana le robaron la ropa de
cama, Karol
le dio la suya y él durmió durante meses sobre el somier,
sin colchón ni
sábanas ni nada. En sus largas caminatas, la nieve se le pegaba
a la sotana,
luego se derretía en el interior de las casas que iba visitando
y volvía a
helarse al salir, formando una pesada campana alrededor de las piernas,
una
campana que cada vez se vuelve más pesada e impide dar grandes
zancadas; al
llegar la noche, apenas podía arrastrar las piernas, pero
seguía, porque sabía
que la gente le esperaba, que eran personas que pasaban el año
esperando ese
encuentro.
Además, aquel invierno se presentó a los exámenes
para obtener el doctorado en
la Facultad de Teología de la Universidad de Jagellón, y
obtuvo las máximas
calificaciones. También publicó varios artículos.
El 17 de marzo de 1949, tras siete meses de servicio en Niegowici,
Karol fue
destinado como coadjutor de la iglesia de San Florián, en
Cracovia. Allí
desarrolló enseguida una intensísima labor pastoral.
También seguía en estrecha
comunicación con intelectuales, artistas y estudiantes. En
aquella ciudad donde
la cultura era un culto, el sacerdote de 29 años, de brillante
educación,
encantador y perspicuo no tardó en convertirse en una
celebridad. Lleno de
energía, cumplía sus obligaciones en la parroquia y
además mantenía una tupida
red de amigos y conocidos entre universitarios e intelectuales de la
ciudad.
En noviembre de 1951, su obispo le ordenó que dejara sus
obligaciones
parroquiales con el fin de obtener otro doctorado.
Una figura
excepcional
No se trata aquí de recoger toda su biografía. Casi
cincuenta años después, es
un Papa que, a pesar de su ancianidad, sus enfermedades, su cojera por
la
prótesis de cadera, a pesar de todo, sigue siendo aquel sin
miedo que no dudaba
en enfrentarse con los más vociferantes de sus enemigos, desde
la paz tanto
como desde la firmeza.
El coraje de Juan Pablo II se pone de manifiesto cada día, tanto
en sus viajes
como en su determinación a no ceder a las pretensiones de
aquellos que quieren
desvirtuar la naturaleza de la Iglesia para que se someta a los
dictados de
unos u otros. Y quizá es esto lo que más molesta a sus
críticos, a esos que a
veces amenazan con aguar el recibimiento preparado por los buenos
católicos de
cada país. Porque nada les debe resultar más fastidioso
que ver el cariño que
la multitud brinda a este Pontífice. A pesar de que él no
procura ganárselo
poniendo el dogma o la moral en rebajas, la gente le admira y aplaude
al ver en
él a un hombre sincero, valiente, capaz de gastar sus
últimas energías al
servicio de la mejor de las causas.
Leonardo Mondadori: De ateo radical a católico comprometido
Leonardo
Mondadori es
presidente del principal grupo editorial italiano. En un libro titulado
Conversione. Una storia personale, publicado por su propia editorial,
la famosa
Editrice Mondadori, cuenta su extraordinaria experiencia religiosa: de
ateo sin
remedio a creyente que ha decidido vivir en castidad. Su testimonio
público de
fe católica ha revolucionado el ambiente laico de la cultura
italiana. Otro
converso, Vittorio Messori, ha sido su interlocutor en un
libro-entrevista que
se ha convertido en un best-seller en Italia.
No es frecuente que una figura de la jet society hable en
público de cuestiones
espirituales. Menos aún, que cuente su conversión. Pero
lo que más ha
sorprendido es que detrás de todo no haya ningún episodio
extraordinario, sino
un largo y pacífico proceso que le ha hecho redescubrir, con la
fe, los
sacramentos, la oración, la dirección espiritual, la
castidad... Todo ello a
los 55 años y después de muchas peripecias personales a
lo largo de su vida.
El cambio empezó en 1992 y se inició cuando su empresa se
disponía a publicar
Camino, en el año de la beatificación de su autor,
Josemaría Escrivá de
Balaguer. Con este motivo entró en contacto con algunos miembros
del Opus Dei,
y poco a poco se produjo su conversión. Ahora, diez años
después, ha decidido
que valía la pena dar a conocer a otros ese itinerario suyo
personal. Al
principio, pensaba hacerlo mediante un ensayo que diera respuesta a las
objeciones más frecuentes que las personas de su ambiente suelen
poner a la fe.
Pero cuando envió el borrador del libro a Vittorio Messori, para
pedirle su
parecer, el escritor le sugirió que lo mejor era que simplemente
contara su
experiencia. “Como dice Evagrio Pontico -un monje del siglo IV-, a una
teoría
se le puede contraponer otra teoría, pero ¿quién
puede contradecir a una
vida?”. Y así surgió el libro Conversione. Una storia
personale, firmado por
ambos.
Una de las cosas que más llama la atención del libro, en
el que Messori hace de
cronista, intercalando también su propia experiencia personal de
converso, es
precisamente la fuerza de la experiencia vivida. Algo que se hace
particularmente evidente cuando Mondadori habla del divorcio y de su
vida de
divorciado, y subraya sin empacho la sabiduría de la doctrina de
la Iglesia
sobre el matrimonio, “y lo hago basándome en lo que he padecido
y he hecho
padecer".
El motivo por el que ha querido hacer públicos esos aspectos de
su intimidad, a
pesar de los comentarios sarcásticos que tal vez pueda producir,
es la
constatación de que en el Evangelio se encuentran las verdaderas
“instrucciones
de uso” para el hombre. “Habré logrado mi objetivo solo con que
uno de los
lectores encuentre en las páginas del libro un poco de luz”.
Ahora va a misa todos los domingos, tiene un director espiritual,
frecuenta
habitualmente los sacramentos y en particular la confesión, y
por último, ha
decidido -él, divorciado dos veces, hombre con fama de
donjuán-, vivir soltero
en castidad.
Entrevista
de Michelle Brambila, Corriere della Sera, Milán.
-Doctor Mondadori, ¿por qué ha decidido hacer
pública esta experiencia suya?
¿Se da cuenta de que entre los intelectuales, escritores y
editores algunas de
sus palabras –por ejemplo las que se refieren a la obediencia al
Magisterio–
están terriblemente fuera de moda?
-Claro que me doy cuenta. De no hacerlo sería un inconsciente.
Pero lo que me
da miedo no es el riesgo de ser considerado pasado de moda. Lo que temo
es no
ser comprendido. Habrá quien diga: «Ya está, seguro
que tiene un tumor, está a
punto de morir, y entonces se entrega a la religión...».
-Sí, el tumor: otro tema delicado y personalísimo que
usted no duda en
revelar...
He tenido dos tumores: uno en el tiroides y un carcinoma en
páncreas e hígado.
Hoy para este mal existe una terapia muy eficaz. No, la enfermedad no
tiene
nada que ver con la conversión.
-En resumen: usted ha tenido que afrontar escarnios y perfidias. Y aun
así, ha
decidido salir al descubierto. ¿Por qué?
-Porque si un solo lector encuentra, en las páginas de
Conversión, un poco de
luz, habré conseguido mi objetivo.
-Vittorio Messori, otro converso, escribe en el libro que su vida
cambió tras
una experiencia particular, tal vez –hace intuir– tras algo que se
parece a una
experiencia mística. ¿También a usted le ha
sucedido algo similar?
-No, ninguna experiencia mística. Para mí ha sido un
continuum, una
sensibilidad que ha ido creciendo. Con muchas caídas,
entendámonos. Pero
también con la voluntad de volver a levantarse siempre.
-Habrá un día, un encuentro, un rostro, un lugar, en fin,
un hecho del que todo
haya comenzado. ¿O no?
-Sí, recuerdo un desayuno con Pippo Corigliano, responsable de
Relaciones
públicas del Opus Dei. Hablo de 1992, y yo, en aquella
época, no me interesaba lo
más mínimo por la religión, ni mucho menos por la
Iglesia. Pero sentía que mi
vida estaba, ¿cómo decir?, llena de errores. Llevaba ya a
mi espalda dos
divorcios, tres hijos de mujeres distintas... Corigliano me
impactó mucho.
Decidí encontrarme con él otras veces. Empecé a
pedirle algún consejo. Fue muy
discreto. Me dijo: «Si estás abierto a estas cosas, te
propongo que vayas a
hablar con un sacerdote que conozco».
-¿Y acudió a él?
-Naturalmente. Un sacerdote excepcional. Me tuvo un gran respeto.
Empecé a
fiarme de él, a seguir sus sugerencias. Y, poco a poco,
siguiendo lo que me
decía, me di cuenta de que encontraba las respuestas que
buscaba. Fui presa de
un gran entusiasmo, quería cambiar mi vida de golpe. Y
él, con gran realismo,
me frenaba: «No tengas prisa –me decía–, Dios no te pide
imposibles, procede
con calma». No he dejado nunca a este sacerdote, que es en este
momento mi
director espiritual.
-¿Qué le ha convencido de que el cristianismo es
verdadero?
-La constatación de que el Evangelio es realmente el libro de
instrucciones
para el uso del hombre; que Jesucristo es de verdad la respuesta a
todos
nuestros interrogantes; que sólo quien sigue a Cristo se realiza
plenamente.
Ésta ha sido la primera prueba que he hallado. A ella se le
añadió después otra
prueba más: la oración. He experimentado que, cuando se
pide algo a Dios con
sinceridad y con intención recta, siempre se es atendido.
-Usted en el libro cuenta con emoción el retorno a la
confesión.
-Sería más apropiado decir el descubrimiento de la
confesión. Sí, fue un gozo
inmenso. Me recordó cosas que había reprimido. Y
también me sentí en paz con
Dios. Feliz. Feliz como lo fui en mi verdadera Primera Comunión,
en Nueva York,
la vigilia de Navidad de 1993.
-Hoy son muchos los que vuelven a la religión escogiendo un
camino personal,
una especie de relación privada con Dios. Usted en cambio ha
escogido la
mediación de la Iglesia. ¿Por qué?
-Es una cuestión sobre la que nunca he tenido dudas. La Iglesia
ha quedado como
el último baluarte contra las locuras de nuestro tiempo.
Sé que paso por ser
una persona un poco extravagante cuando, por ejemplo, hablo de castidad
pre-matrimonial. Pero, ¿acaso darse por entero a sí mismo
por primera vez sólo
después de la boda no es un cemento extraordinario para un
matrimonio? ¿Es que
la lógica de hoy, por la cual todo está permitido en este
campo, ha hecho a los
hombres más felices? También aquí la realidad, la
vida, me ha demostrado que
quien sigue la ortodoxia católica presente desde hace 2.000
años no es defraudado.
-¿Tiene aún miedo a la muerte?
Tengo miedo de la muerte física, es decir, me da miedo pensar en
el momento en
que moriré. Pero me digo: ¿por qué Jesús se
hizo crucificar? O el cristianismo
es un engaño, o bien en la crucifixión está
nuestra salvación.
-¿No teme que sea un engaño?
No. Yo, la prueba de que Jesús existe, la tengo. Y si
está ahora, estará
también después de nuestra muerte. Cómo
será este después yo no lo sé. Pero
estoy cierto de que, para quien está en paz con Dios,
será muy hermoso.
Madre
Teresa de
Calcuta: La noche oscura de una persona santa
La Madre Teresa
de
Calcuta falleció el 5 de septiembre de 1997 con una gran fama de
santidad. Su
vida ejemplar, volcada en la atención de los más pobres
entre los pobres, ha
sido una inyección de ejemplo y consuelo para todo el mundo
contemporáneo. En
1950 fundo una congregación de religiosas, las Misioneras de la
Caridad, que se
ha extendido por innumerables países de todo el mundo con una
fuerza y eficacia
portentosas.
Podría pensarse que una vida tan extraordinaria y fecunda nunca
tuvo crisis
interiores, pero todos los que conocen un poco de la historia de los
grandes
santos saben que casi todos ellos han pasado por etapas de oscuridad o
de duda,
y que fue precisamente su perseverancia en esos momentos
difíciles lo que les
permitió realizar sus grandes obras y alcanzar la cima de la
santidad.
El proceso de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta ha
revelado que en
una etapa de su vida sufrió una dolorosa "noche oscura". La
propia
monja lo explicaba en una carta fechada en 1959 a su director
espiritual: «Me
siento perdida. Dios no me quiere. Dios podría no ser Dios.
Podría no existir».
El proceso de beatificación de la célebre monja de
Calcuta, dirigido por el
sacerdote canadiense Brian Kolodiejchuk, está examinando los
documentos y
testimonios sobre su vida, especialmente su correspondencia con el
sacerdote
que la dirigía espiritualmente. En ella aparecen reflejadas sus
dolorosas
inquietudes, que incluyeron dudas sobre la existencia de Dios. Dudas
que -según
explicó el secretario de la Congregación para la Causa de
los Santos, monseñor
Nowak-, no ponen en entredicho nada de su proceso de
beatificación: «Se trata
de un fenómeno por el que atraviesan todos los grandes
místicos y maestros espirituales,
como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, llamado noche
espiritual o
noche de los sentidos. Son periodos especiales de la vida espiritual en
los que
se sienten abandonados por un Dios al que ven lejano».
El padre Michael Van der Peet, que procede de Estados Unidos,
llegó hace dos
meses a Roma para trabajar junto al postulador, Brian Kolodiejchuk,
otros dos
sacerdotes, nueve hermanas misioneras de la Caridad, y un grupo de
voluntarios
a tiempo parcial, laicos, sacerdotes y religiosos. «La fase
diocesana de la
causa de la Madre Teresa concluyó el otoño pasado -revela
el sacerdote-. Ahora
estamos trabajando en la fase "Romana" llamada la "positio"
(relación), que según los planes debe concluir para
Pascua». El equipo está
analizando en estos momentos los testimonios y documentos recogidos
sobre la
religiosa de origen albanés, que conforman ochenta
volúmenes.
El padre Van der Peet es quien tiene que afrontar la cuestión
más apasionante
que suscita en estos momentos la vida de la religiosa: «Me han
pedido escribir
un capítulo sobre la vida espiritual de la Madre Teresa que
contenga no solo el
trabajo de su unión con Cristo, sino también sus
experiencias místicas, etc.
Debe contener también la "Noche oscura del alma" que duró
gran parte
de su vida». «Lo mínimo que se puede decir es que no
es una empresa fácil»,
reconoce el religioso, quien considera que estos duros momentos se
debieron a
«su gran identificación con los pobres».
Monseñor Henry D´Souza, arzobispo de Calcuta, en
septiembre pasado reveló a la
agencia asiática «UCA News» que la Madre Teresa
experimentó durísimas pruebas
interiores. En concreto, citó una visita que hizo a la Madre en
el Woodlands
Hospital, en 1996, donde se encontraba internada a causa de problemas
cardíacos. El prelado la vio sumamente desasosegada, con dudas y
profundos
temores. El arzobispo encargó a un sacerdote salesiano, el padre
Rosario
Stroscio, de 79 años, que rezara sobre ella una de las oraciones
que se
pronuncian en ritos de exorcismos, aunque dejó claro que no se
trató de un rito
exorcismo. «Ella no pronunció conmigo la oración,
como si estuviera luchando
contra la desazón, pero las religiosas que la rodeaban se
mostraron preocupadas
por lo que sucedía», afirmó el padre Stroscio. Al
día siguiente, las religiosas
que cuidaban a la Madre Teresa le dijeron que había dormido
tranquilamente el
resto de la noche, informaba la agencia católica «UCA
News».
Según los expertos, todos los grandes santos sufren dos tipos de
tentaciones.
Las diabólicas, en las que el diablo les impide dormir o llevar
una vida
normal. La Madre Teresa fue tentada por el diablo y llegó a ser
sometida a un
exorcismo para que el maligno abandonase su cuerpo. Además, la
religiosa de
Calcuta fue víctima de las llamadas tentaciones espirituales,
que intentan
destruir la fe sembrando en el corazón del que las padece dudas
sobre la
existencia de Dios. Son para la Iglesia «una prueba del avanzado
estado de
espiritualidad de un alma». En el proceso se ha descubierto
también que la
Madre Teresa gozaba de otros dones de Dios: por ejemplo, el de la
locución
interna, por el que sentía en su cabeza una voz que le
decía lo que tenía que
hacer en cada momento.
Manuel García Morente: Desde el ateísmo y el "frío de los filósofos"
El
nombre de García Morente es bien conocido en la Universidad
española. Era
catedrático de Ética en la Universidad de Madrid
-entonces, "Universidad
Central"-, y una de las figuras más prestigiosas de la
filosofía en
España. Cuando estalló la guerra en España en
julio de 1936, era Decano de su
Facultad. Aparentemente, no era una persona con un perfil que diera
motivos
para temer nada de la República española. Era
públicamente conocido como ateo;
de hecho, poco después de morir su madre, siendo un adolescente,
dejó de ir a
la iglesia: ya decía que no creía.
Hizo estudios en Francia, y se licenció por la Sorbona, siendo
discípulo de
Bergson y Levy-Brühl. Filosóficamente, su mayor influencia
venía del kantismo,
como sucedía en España con muchos de los que
habían pasado por la Institución
Libre de Enseñanza, algunos de los cuales ocupaban puestos
relevantes en la
joven República. Era apolítico, y si acaso, sus ideas al
respecto podían tener cierta
afinidad con las de Ortega y Gasset, con quien le unían
bastantes
planteamientos y una estrecha amistad. Y sin embargo...
Apenas mes y medio de comenzada la guerra se produjo el vuelco. El 28
de agosto
de 1936 recibe una llamada telefónica: su yerno había
muerto. "Recibí la
noticia de su muerte estando yo en la Universidad en el acto de
entregar el
decanato -del que fui destituido por el Gobierno republicano- a mi
sucesor, el
señor Besteiro. De mi casa, por teléfono, me comunicaron
el fallecimiento de mi
yerno. Yo comprendí enseguida que había sido asesinado. Y
la impresión que la
noticia me produjo fue tal que caí desvanecido al suelo. Cuando
volví en mí
pedí al señor Besteiro que interpusiera toda su
influencia para lograr el
rápido y seguro traslado de mi hija y nietos de Toledo a
Madrid".
Besteiro, que era un caballero, accedió y lo consiguió.
El "delito" del yerno consistía en pertenecer a la
Adoración
Nocturna. Siguieron días de miedo, con registros y detenidos
entre los vecinos.
"En esta situación, el 26 de septiembre, al mes escaso del
asesinato de mi
yerno, recibí por la mañana temprano el aviso
confidencialísimo de que urgía me
ausentara de casa, y, si fuera posible, de España, pues se
había acordado, por
ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de
la Facultad de
Filosofía y Letras, darme la muerte, como era usual entonces".
Como suele
suceder en las guerras civiles, las rivalidades personales se mezclan
con las
políticas.
Tuvo que huir precipitadamente a Barcelona, y de allí a
París. Comenzó así un
periodo de angustias. "Llegué, pues, a París, sin dinero,
y con el alma
transida de angustia y de dolor, y además corroída por
preocupaciones de índole
moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis
hijas (estaba viudo desde
1923) y ponerme egoístamente a salvo?". Era evidente que no le
había
quedado otra opción que huir, pero quedaba la duda, un
sentimiento de
impotencia que nunca había experimentado, y la
humillación no sólo de no poder
subvenir a las necesidades de los suyos, sino ni siquiera a las
propias: tenía
que vivir de la generosidad de algunos amigos.
"Así, en París -recuerda-, el insomnio fue el estado casi
normal de mis
noches tristísimas". Cavilaba sobre su familia y su suerte, pero
también
empezaba a verse de un modo distinto que antes: "también a veces
repasaba
en la memoria todo el curso de mi vida: veía lo infundada que
era la especie de
satisfacción modorrosa que sobre mí mismo había
estado viviendo; percibía
dolorosamente la incurable inquietud e inestabilidad espiritual en que
de día
en día había ido creciendo mi desasosiego".
No permanecía inactivo. Hizo gestiones para intentar sacar a su
familia de
España: primero, con la embajada británica;
después, con la Cruz Roja.
Fallaron. Además, tampoco estaba muy seguro: ¿qué
podía ofrecerles si llegaban?
En esta situación, llegó un primer golpe de fortuna: se
dirigió a él una
editorial para que preparara un diccionario
español-francés actualizado.
Alguien se acordó de él.
Con todo, el motivo principal de su angustia seguía inalterado:
su familia. La
idea de Dios llegó por primera vez a su cabeza:
¿sería un castigo de Dios?
"La primera vez que la idea «castigo de Dios» rozo mi mente
fue cosa fugaz
y transitoria, en la que no paré mientes. Pero por la noche la
misma idea
reapareció, y esta vez ya con claridad y persistencia tales que
hube de
prestarle mayor atención. Pero fue para mirarla, por decirlo
así,
despectivamente y rechazarla con un movimiento de enojo, de orgullo
intelectual
y de soberbia humana. «No seas idiota», me dije a mí
mismo. Y el pensamiento
volcó sobre la pobre ideíta, humildita y buena, un
montón rápido de
representaciones filosóficas, científicas, etc., que la
ahogaron en
ciernes".
De repente, apareció un rayo de esperanza, también
inesperado. En una visita a
su amigo Ortega y Gasset, encontró en casa de éste un
hombre cuyo hijo era
secretario de Negrín, por entonces Ministro de Hacienda de la
República. Al
enterarse de la preocupación de García Morente, se
ofreció a hacer gestiones
por medio de su hijo. Además de agradecido, el
catedrático quedó desconcertado.
"Yo me quedé pasmado. El conjunto de lo que me estaba sucediendo
tenía
caracteres verdaderamente extraños e incomprensibles. Alrededor
de mí o, mejor
dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba
tejiendo, sin la más mínima
intervención de mi parte, toda mi vida".
Todo lo que intentaba, no salía; todo lo que salía, no lo
había intentado ni
previsto. "Yo permanecía pasivo por completo e ignorante de todo
lo que me
sucedía. Se diría que algún poder
incógnito, dueño absoluto del acontecer
humano, arreglaba sin mí todo lo mío. (...) Por tercera
vez la idea de la
Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la
rechacé con
terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de
angustia y de
confusión. Era demasiado evidente que yo, por mí mismo,
no podía nada y que
todo lo bueno y lo malo que me estaba sucediendo tenía su origen
y propulsión
en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, me refugiaba en
la idea
cósmica del determinismo universal, y una vez que se me
ocurrió tímidamente el
pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar -que
era, sin
duda, la actitud más lógica y congruente con todo lo que
me estaba sucediendo-,
lo rechacé también como necia puerilidad".
Las gestiones comenzaron dando buenos resultados... pero acabaron en un
nuevo
punto muerto. En abril de 1937 su familia pudo salir de Madrid... pero
no de
España. Se instalaron en Barcelona; desde luego, estaban mejor
que en Madrid, y
tenían parientes que les acogieron. Pero había alguien
que no quería que sus
hijas y nietas salieran de la España republicana; las
veía como rehenes que
garantizaban que García Morente no emprendería
actividades antirrepublicanas
(algo que nunca pasó por su cabeza). Este volvió a
derrumbarse: "Yo solo
en París, desde el octavo piso de la casa del boulevard
Sérurier, estaba
obligado a esperar, angustiado, el estallido de los hechos que se
concertaban o
desconcertaban ellos solos, por sí solos, encima de mi cabeza.
Aquellas noches fueron atroces. «¿Qué está
haciendo de mí -pensaba- Dios, la
Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea? ». La
impotencia, la
ignorancia, una noche sombría en derredor y nada, nada
absolutamente, sino
esperar la sentencia de los acontecimientos. ¡Esperar! ¿Y
cómo esperar sin
saber? ¿Qué esperanza es esa esperanza que no sabe lo que
espera? Una esperanza
que no sabe lo que espera es propiamente... la desesperación".
En su desesperación, daba vueltas y vueltas a su
situación, y al sentido mismo
de la vida. "¿Quién es ese algo distinto de mí que
hace mi vida en mí y me
la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la
mente la idea de Dios.
Pero también enseguida debió asomar en mis labios la
sonrisa irónica de la soberbia
intelectual. «Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se cura
de otra cosa que de
ser. Dejémonos de puerilidades». Y en efecto,
realicé el acto interior de
rechazar esas que yo llamaba puerilidades. Pero he aquí que las
puerilidades
insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas".
Intentó aplicar el
rigor de la filosofía que era su profesión. Pero, para su
asombro, su corazón,
y poco a poco su cabeza, se iban inclinando a favor de un Dios
providente.
"Por una parte, la idea de una providencia divina, que hace nuestra
vida y
nos la da y atribuye, estaba ya profundamente grabada en mi
espíritu. Por otra
parte, no podía concebir esa Providencia sino como supremamente
inteligente,
supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es
decir, de
todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido. Llegado a esta
conclusión,
experimenté un gran consuelo. Y me quedé estupefacto al
considerarlo. «¿Cómo es
posible -pensé- que la idea de esa Providencia sabia, poderosa,
activa y
ordenadora, pero que acaba de asestarme tan terrible golpe, me sea
ahora de
consuelo?». No lo entendía bien. Pero el hecho era
evidentísimo. El hecho era
que me sentía más tranquilo, más sereno y
reposado. (Mucho tiempo después,
leyendo a San Agustín, he descubierto la verdadera clave del
enigma en la frase
«inquieto está mi corazón hasta que en Ti
descansa»)". Pero, ¿por qué esa
Providencia parecía tan cruel con él?
Ya más tranquilo, "pensaba en Dios; pero siempre en el Dios del
deísmo, en
el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que
se piensa, pero
al que no se reza. Dios humano, trascendente, inaccesible, puro ser
lejanísimo,
puro término de la mirada intelectual". Ante un Dios así
concebido sólo
cabe una postura: la resignación. Lo intentó, pero
sintió primero la frialdad,
después la rebeldía. "En mi alma se produjo una especie
de protesta, y
creo, Dios me perdone, que algo así como una blasfemia
subió a mi mente. Creo
que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de
sarcástica a esa Providencia
que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a
su antojo
inexplicable, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo no
quería,
que yo repudiaba. ¿ Qué puedo esperar -pensaba yo- de un
Dios que así se
complace en jugar conmigo, que me engolosina de esa manera con la
inminente
perspectiva de la felicidad, para hacerla desaparecer en el momento
mismo en
que yo iba a tenerla ya entre las manos? (...) No me someto al destino
que Dios
quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel,
despiadado".
En ese estado, se le ocurrió pensar en el acto supremo de la
rebeldía, en lo
que parecía la máxima expresión de libertad frente
a ese Dios dueño de nuestros
destinos: el suicidio. "Pero tan pronto como me di cuenta de la
conclusión
a que había llegado, me espanté de mí mismo. No
por la idea de suicidio en sí,
que ya en otras ocasiones había estado en los ámbitos de
mi conciencia, sino
más bien por la absoluta ineficacia de un acto así, que a
nada conducía, que
nada resolvía".
Estaba en un callejón sin salida. Puso la radio. Música.
Primero, César Frank;
después, Ravel. Siguió L'enfance de Jésus de
Berlioz, bien cantada por un
magnífico tenor:
"Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales
que nadie
puede escucharlo con los ojos secos. (...) Cuando terminó,
cerré la radio para
no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me
había sumergido. Y
por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera ofrecerles
resistencia-
imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo.
Le vi, en la imaginación,
caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un
banquillo y
mirando con grandes ojos atónitos a San José y a
María. Seguí representándome
otros episodios de la vida del Señor: el perdón que
concede a la mujer
adúltera, la Magdalena lavando y secando los pies del Salvador,
Jesús atado a
la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las
santas mujeres
al pie de la Cruz. (...) Y los brazos de Cristo crecían,
crecían, y parecían
abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad
de su
amor, y la Cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el
ámbito de todo y tras
de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños;
subían todos, ninguno
se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo,
veía desaparecer en lo alto a
Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con
Él; sólo yo me
veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto,
arrodillado y con los ojos
puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos
resplandores de aquella
gloria infinita, que se alejaba de mí". Aquello "tuvo un efecto
fulminante en mi alma".
En realidad, supuso su conversión. "¿Y qué me
había sucedido? Pues que la
distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la
filosofía me había
resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado
abstracto,
demasiado geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho
hombre, Cristo
sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que
yo, a ése si que le entiendo y
ése sí que me entiende, a ése sí que puedo
entregarle fielmente mi voluntad
entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle,
porque sé de cierto que
sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará
siempre, puesto que se ha
dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto
de rodillas
empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror!, ¡se
me había olvidado!".
Siguió de rodillas, rezando como podía. Recordó
cómo su madre le había enseñado
a rezar, reconstruyó el Padrenuestro, y el Avemaría... y
de ahí no pudo pasar.
No importaba demasiado; lo cierto era que una inmensa paz se
había adueñado de
mi alma". Se sentía otro hombre, el "hombre nuevo" del que
hablaba San Pablo. Miró por la ventana: vio lo de siempre,
Montmartre. Pero los
ojos eran nuevos, y vio un significado que no había aparecido
antes: ¡Mons
Martyrum!, el Monte de los Mártires. Vio los mártires,
que aceptaban libremente
el supremo sacrificio. "¡Querer libremente lo que Dios quiera! He
aquí el
ápice supremo de la condición humana.
«Hágase tu voluntad en la tierra como en
el cielo»".
Las primeras conclusiones, los primeros propósitos, del
cristiano Manuel García
Morente empezaron a trazarse. "Lo primero que haré mañana
será comprarme
un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana.
Aprenderé las
oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades
dogmáticas,
procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin
discutirlas ni
sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe
sea sólida y
robusta y esté por encima de toda vacilación, para
reedificar mi castillo
filosófico sobre nuevas bases. Compraré también
los Santos Evangelios y una
vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús!
¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un
ademán de amor, de perdón, de universal ternura.
¡Jesús!".
Siguió algo extraordinario. Para reforzar la fe recién
renacida, Jesucristo
quiso tener en él un detalle extraordinario: hacerse presente de
un modo
misterioso, pero real; de un modo que no se podía percibir por
los sentidos,
pero se percibía. "Allí estaba él. Yo no lo
veía, yo no lo oía, yo no lo
tocaba. Pero Él estaba allí. (...) Y no podía
caberme la menor duda de que era
Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones.
¿Cómo es esto posible? Yo
no lo sé".
Duró un rato que no se podía medir, y terminó,
para no volverse a repetir. Lo
necesario, y nada más. Años después,
encontró algo parecido en la Vida de Santa
Teresa.
Al cabo de unos días, cayó el Gobierno en España
y, poco tiempo después, pudo
reunirse con su familia, en París, y darles la buena noticia de
su conversión:
¡gran alegría para una familia en la que él era el
único que había carecido de
fe!
En mayo de 1938 volvió a España, con la intención
de realizar los estudios
preliminares al sacerdocio. Fue ordenado sacerdote en 1940.
Martin Sheen: Encontré a Dios durante el rodaje de «Apocalypse Now»
El actor
hispano-irlandés
cuenta cómo ha vuelto a descubrir a Dios en un programa
televisivo italiano.
—P: "Usted es conocido como un bravo actor, un buen católico
pero también
como un rebelde, un crítico de la vida política y civil.
¿Esta vocación por la
protesta nace del ciudadano o del católico?"
—R: "No logro separar las dos cosas: espero ser la misma persona en
misa,
en una manifestación de protesta, ante una cámara o ante
mi mujer, mis hijos,
mi comunidad, en mi trabajo de voluntariado.
—P: "¿Recuerda los motivos de sus arrestos, o al menos de
alguno?"
—R: "No siempre he practicado el catolicismo, de joven casi lo
abandoné y
viví muchos años sin fe. Volví a la fe en 1981
cuando vivía en París. Todo
había iniciado cuatro años antes en Filipinas, mientras
estaba rodando
«Apocalypse Now». Me puse enfermo gravemente, estuve a
punto de morir. Tuve una
crisis de conciencia y al mismo tiempo de identidad. No tenía
ninguna
espiritualidad, no sabía cómo unir la voluntad del
espíritu al trabajo de la
carne ¿entiende? Estaba dividido. Tenía miedo de morir.
Llamé a un sacerdote y
recibí la extremaunción. Era el 5 de marzo de 1977.
Estaba muriendo. Pero yo
considero aquél día como el día de mi
renacimiento. Me acerqué de nuevo a los
sacramentos, volví a ir a Misa, pero iba con miedo: Dios me
había golpeado y
podía golpearme de nuevo si no me portaba bien. Y esto
siguió durante varios
meses hasta que un día me dije: «¿No hay amor, no
hay alegría, no hay libertad
en todo esto?».
—P: "Como la historia del hijo pródigo..."
—R: "¡Exacto! Entonces volví a beber y a llevar una vida
loca. Pero algo
había nacido. Había sido plantada una semilla y
comenzó a crecer. Gradualmente
empecé a preguntarme quién era, porqué estaba
allí, dónde quería ir. Al final
llegué a París, donde encontré a un viejo y muy
querido amigo mío que se
convirtió en un consejero espiritual muy importante, un
guía. Era Terrence
Malick, el director con el que había trabajado en
«Badlans». Empezó a darme
libros. Filosofía, espiritualidad, teología... Un
día me dio «Los hermanos
Karamazov». Me costó una semana acabarlo, no podía
dejar de leer. Aquél libro
fue derecho a mi corazón, a mi alma. Así volví al
catolicismo en París, el 1 de
mayo de 1981.
Maximiliano Kolbe: Dar la vida por los amigos
"No hay amor
más
grande que éste: dar la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Maximiliano María Kolbe nació en Polonia el 8 de enero de
1894 en la ciudad de
Zdunska Wola, que en ese entonces se hallaba ocupada por Rusia. Fue
bautizado
con el nombre de Raimundo en la iglesia parroquial.
A los 13 años ingresó en el Seminario de los padres
franciscanos en la ciudad
polaca de Lvov, la cual a su vez estaba ocupada por Austria. Fue en el
seminario donde adoptó el nombre de Maximiliano. Finaliza sus
estudios en Roma
y en 1918 es ordenado sacerdote.
Devoto de la Inmaculada Concepción, pensaba que la Iglesia
debía ser militante
en su colaboración con la Gracia divina para el avance de la fe
católica.
Movido por esta devoción y convicción, funda en 1917 un
movimiento llamado
"La Milicia de la Inmaculada" cuyos miembros se consagrarían a
la
bienaventurada Virgen María y tendrían el objetivo de
luchar mediante todos los
medios moralmente válidos, por la construcción del Reino
de Dios en todo el
mundo. En palabras del propio San Maximiliano, el movimiento
tendría: "una
visión global de la vida católica bajo una nueva forma,
que consiste en la
unión con la Inmaculada."
Verdadero apóstol moderno, inicia la publicación de la
revista mensual
"Caballero de la Inmaculada", orientada a promover el conocimiento,
el amor y el servicio a la Virgen María en la tarea de convertir
almas para
Cristo. Con una tirada de 500 ejemplares en 1922, en 1939
alcanzaría cerca del
millón de ejemplares.
En 1929 funda la primera "Ciudad de la Inmaculada" en el convento
franciscano de Niepokalanów a 40 kilómetros de Varsovia,
que con el paso del
tiempo se convertiría en una ciudad consagrada a la Virgen y, en
palabras de
San Maximiliano, dedicada a "conquistar todo el mundo, todas las almas,
para Cristo, para la Inmaculada, usando todos los medios
lícitos, todos los
descubrimientos tecnológicos, especialmente en el ámbito
de las
comunicaciones."
En 1931, después de que el Papa solicitara misioneros, se ofrece
como
voluntario y viaja a Japón en donde funda una nueva ciudad de la
Inmaculada
("Mugenzai No Sono") y publica la revista "Caballero de la
Inmaculada" en japonés ("Seibo No Kishi").
En 1936 regresa a Polonia como director espiritual de
Niepokalanów, y tres años
más tarde, en plena Guerra Mundial, es apresado junto con otros
frailes y
enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Es
liberado poco
tiempo después, precisamente el día consagrado a la
Inmaculada Concepción. Es
hecho prisionero nuevamente en febrero de 1941 y enviado a la
prisión de
Pawiak, para ser después transferido al campo de
concentración de Auschwitz, en
donde a pesar de las terribles condiciones de vida prosiguió su
ministerio.
En Auschwitz, el régimen nazi buscaba despojar a los prisioneros
de toda huella
de personalidad tratándolos de manera inhumana e inpersonal,
como un simple
número: a San Maximiliano le asignaron el 16670. A pesar de
todo, durante su
estancia en el campo nunca le abandonaron su generosidad y su
preocupación por
los demás, así como su deseo de mantener la dignidad de
sus compañeros.
La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma
sección a la que
estaba asignado San Maximiliano escapa; en represalia, el comandante
del campo
ordena escoger a diez prisioneros al hazar para ser ejecutados. Entre
los
hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, polaco
como San
Maximiliano, casado y con hijos.
San Maximiliano, que no se encontraba entre los diez prisioneros
escogidos, se
ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y
San
Maximiliano es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve
prisioneros. Diez días después de su condena y al
encontrarlo todavía vivo, los
nazis le administran una inyección letal el 14 de agosto de 1941.
Es así como San Maximiliano María Kolbe, en medio de la
más terrible
adversidad, dio testimonio y ejemplo de dignidad. En 1973 Pablo VI lo
beatifica
y en 1982 Juan Pablo II lo canoniza como Mártir de la Caridad.
Juan Pablo II
comenta la influencia que tuvo San Maximiliano en su vocación
sacerdotal:
"Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi
vocación. Los años
de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética en
Oriente supusieron un
enorme número de detenciones y deportaciones de sacerdotes
polacos hacia los
campos de concentración. Sólo en Dachau fueron internados
casi tres mil. Hubo
otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreció la
vida por
Cristo el primer sacerdote canonizado después de la guerra, San
Maximiliano
María Kolbe, el franciscano de Niepokalanów." (Don y
Misterio).
San Maximiliano nos legó su concepción de la Iglesia
militante y en febril
actividad para la construcción del Reino de Dios. Actualmente
siguen vivas
obras inspiradas por él, tales como: los institutos religiosos
de los frailes
franciscanos de la Inmaculada, las hermanas franciscanas de la
Inmaculada, así
como otros movimientos consagrados a la Inmaculada Concepción.
Pero sobretodo,
San Maximiliano nos legó un maravilloso ejemplo de amor por Dios
y por los
demás.
FRANCISCO JAVIER IRURETA, ENTRENADOR DEL DEPORTIVO DE LA CORUÑA
“LOS
JUGADORES DEL DEPORTIVO SIEMPRE REZAN CON IRURETA ANTES DE LOS PARTIDOS”
Para
Francisco Javier Iruretagoyena, hay algo más importante que
ganar ligas y
copas: “El deporte se ha
profesionalizado en exceso y es sonrojante el dinero que se mueve en
él”,
asegura: “Eso puede llevar al engaño a los
jóvenes
que ven en el deporte una
forma fácil de ganarse muy bien la vida, olvidando que, desde
luego, el dinero
no da la felicidad”.
Irureta ha vivido su fe desde niño,
ya que: “la
mía era una familia que tenía a gala llevar una vida
cristiana; siempre en
armonía”. El ambiente familiar que se respiraba era tan
cristiano que
Irureta se llegó a plantear una posible vocación
misionera: “L9os misioneros
siempre me han parecido personas muy valientes, que no cesan de dar
testimonio
de su fe en situaciones, a menudo, muy difíciles. Por esto me
parecía una
vocación muy buena, pero el Señor me llevó por
otros caminos; conocí a la que
hoy es mi esposa y formé una familia”, explica: “Con
todo, nunca he
dejado de pensar que la del misionero es una actividad
apostólica muy meritoria
y, sinceramente, me rindo ante la labor que desarrollan. Siento una
especial
admiración por personas como la Madre Teresa de Calcuta, por
ejemplo”, subraya:
“más tarde pensé en ser médico, por aquello de
ayudar a la gente”.
Irureta aprendió una
tradición en el Athletic de
Bilbao cuando jugaba en sus filas. “Allí, desde antes de que
yo llegara,
existía la costumbre de que el capitán dirigiera la
oración; cree que aún hoy
se sigue haciendo así en el club vasco”. “Me gustó tanto
la idea – prosigue
-, que la hice mía y, desde entonces, la vengo aplicando en
todos los clubes
en los que he estado trabajando”. Los jugadores nunca han
rechazado esta
práctica, “eso que los he tenido de otras confesiones,
incluso musulmanes y
judíos”. “Los jugadores toman la práctica como una forma
de reunir el equipo y
hacer piña antes de saltar al terreno de juego, pero no es menos
cierto que yo
creo que siempre queda algo”, opina.
Irureta no oculta su admiración por Juan Pablo II, y confiesa que “me impresiona grandemente el hecho de que, a pesar de su estado de salud, nunca pare quiero y esté siempre viajando para llevar a Cristo a todas las partes. Es francamente admirable”, asegura. “Entiendo que los católicos hemos de estar muy atentos a sus enseñanzas”, concluye.
(Sacado del periódico LA RAZON, sección, FE Y FAZON (Atletas de Dios) – 19/IV/2002, pg 34)
“JENNIFER
LÓPEZ: TODOS LOS DÍAS EL HABLO A DIOS”
La
actriz Jennifer López
promocionó hace unos días
su última película, “Enough”, donde hace el papel de una
mujer que tiene que
aprender a defenderse de los abusos físicos de su marido.
Sobre las razones por
las que
aceptó protagonizar este filme, la actriz declaró: “En
cada personaje que
interpreto debo sentir que me identifico o relaciono con él por
lo menos en
determinados momentos de la trama”.
Jennifer Lopez
asegura también
que agradece a Dios con frecuencia el éxito múltiple que
esta cosechanto en los
diferentes aspectos de su carrera: “Si no fuera por Dios, no
hubiera logrado
todo esto”, afirmó. “Me considero alguien muy
espiritual. Me gusta leer
la Biblia, no voy tanto a la Iglesia como cuando era mas joven, pero le
hablo a
Dios todos los días por medio de mis oraciones”.
Y afirma sentirse muy guiada: “porque
todo lo que me ha
pasado no habría pasado sino fuera por Él. Creo, en
resumen, que debe haber un
balance entre la mente y el corazón, entre el cuerpo y el
espíritu, entre lo
material y lo espiritual, y que ese balance sólo lo puede dar
Él”.
López se considera una persona muy
familiar, como
bien lo muestra, el hecho de que su padre y otros familiares trabajen
con ella
en la administración de su restaurante, del que incluso su
exmarido Ojani Noa
es el gerente general.
Agustín de Tagaste: Mañana, mañana
Agustín
de Tagaste era un
joven y brillantísimo orador, dotado de una inteligencia
prodigiosa y un
corazón ardiente.
Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura,
Tagaste y
Cartago, de manera bastante turbulenta. Durante años anduvo sin
apenas rumbo
moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables.
Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin
demasiada buena disposición, a
escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Era
Ambrosio un hombre
de sobresaliente calidad humana y sobrenatural, y Agustín estaba
interesado en
su oratoria, no en su doctrina, pero "al atender para aprender de su
elocuencia —explicaba—, aprendía al mismo tiempo lo que de
verdadero
decía".
El 1 de enero del 385 se estaba preparando para hablar ante toda la
Corte del
Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad.
Agustín
estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar, pese a ser
aún muy joven,
gracias a su elocuencia. Pero notaba que algo en su vida estaba
fallando.
"Al volver —escribiría más adelante—, y pasar por una de
las calles de
Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de
todo, reía feliz. Yo,
entonces, interiormente lloré".
Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de
Agustín. Caminaba,
como siempre, rodeado de un grupo de amigos. "Les que dije que era
nuestra
ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque
nuestros esfuerzos,
como ese deseo de triunfar que me atormentaba, no hacían
más que aumentar la
pesada carga de nuestra infelicidad".
La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había
hecho más que empezar,
llena de vacilaciones. "La fe católica me da explicaciones a lo
que me
pregunto...; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me
aclaren las demás
cosas?".
El tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar.
"Deseaba la vida feliz
del creyente, pero a la vez me daba miedo el modo de llegar a ella".
"Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las
mujeres...". "¡Qué caminos más tortuosos! Ay de
esta alma mía
insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba
vueltas, se
ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo
encontraba duro e
incómodo...".
Agustín va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la
soberbia, pero se
encuentra también con otro poderoso enemigo: "Me daba pereza
comenzar a
caminar por la estrecha senda". "Todavía seguía
repitiendo como hacía
años: mañana; mañana me aparecerá clara la
verdad y, entonces, me abrazaré a
ella".
El proceso de su conversión pasó —según
contaría él mismo en su libro Las
Confesiones— por multitud de pequeños detalles. El paso
definitivo se produjo
un día de agosto del año 386, en que recibió la
visita de su amigo Ponticiano,
que resultó ser cristiano. Tuvieron una animada
conversación. En un momento
dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado
Antonio, y luego,
viendo el creciente interés de Agustín, una
anécdota suya personal.
Ponticiano le había ido contado esas cosas con intención
de acercarle a Dios,
pero probablemente no sospechó el violento influjo que
produjeron en Agustín.
"Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a
mí, y me
colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que
advirtiese mi propia
maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces
quería disimularla,
la ocultaba, y me olvidaba de su fealdad". "Me puso cara a cara
conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo."
Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que
encontraba tan
débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le
impedían elevarse a
la verdad, pese a que ya la veía claramente. "Habían
pasado ya muchos
años, unos doce aproximadamente, desde que cumplí los
diecinueve, desde aquel
año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la
sabiduría."
"Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: Dame,
Señor, la
castidad y la continencia, pero no ahora, porque temía que Dios
me escuchara
demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de
concupiscencia,
que yo prefería satisfacer antes que apagar." "Se redoblaba mi
miedo
y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco
que ya
quedaba".
Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su
visita, y se fue. El
combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez
faltaba menos,
pero "podía más en mí lo malo, que ya se
había hecho costumbre, que lo
bueno, a lo que no estaba acostumbrado."
"Lo que me esclavizaba eran cosas que no valían nada, pura
vaciedad, mis
antiguas amigas. Pero me tiraban de mi vestido de carne y me
decían bajito: ¿Es
que nos dejas? ¿Ya no estaremos más contigo, nunca,
nunca? ¿Desde ahora nunca
más podrás hacer esto... ni aquello...? ¡Y
qué cosas, Dios mío, me sugerían con
las palabras esto y aquello!".
"Mientras, mi arraigada costumbre me decía: ¿Qué?
¡Es que piensas que
podrás vivir sin esas cosas, tú?".
Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa donde se
hospedaban.
"¡Hasta cuándo —se preguntaba—, hasta cuándo,
mañana, mañana! ¿Por qué no
hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis
miserias?"
Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde
una casa vecina: "¡Toma
y lee! ¡Toma y lee!". Dios se servía de ese chico para
decirle algo.
Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera
página que encontró.
Leyó en silencio: "No andéis más en comilonas y
borracheras; ni haciendo
cosas impúdicas; dejad ya las contiendas y peleas, y
revestíos de nuestro Señor
Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos."
Cerró el libro. ésa era la respuesta. No quiso leer
más, ni era necesario:
"Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima
luz, se disipó toda
la oscuridad de mis dudas".
Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a su amigo, que
quiso ver lo que
había leído. Se lo enseñó y su amigo se
fijó en la frase siguiente del texto
que había leído, y en la que no había reparado.
Seguía así: "Recibid al
débil en la fe".
"Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se
llenó de
alegría. Le contamos cómo había sucedido, y
saltaba de alegría y cantaba y
bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se
refiere a mí, lo que
constantemente le pedía desde hacía tantos años,
en sus oraciones y con sus
lágrimas".
A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo
Agustín, su
hijo y su amigo. Años después, escribiría: "Tarde
te amé, Belleza, tan
antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de
mí, y yo te buscaba por
fuera... Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que
habías creado.
Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me
tenían
esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera.
Brillaste
ante mí y me liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume
y te deseé. Te gusté,
te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu
paz".
Lo que de este relato quería resaltar es el trabajoso proceso
por el que
Agustín logró liberarse de la esclavitud de las pasiones.
Sus problemas, su
angustia, su búsqueda, constituyen una respuesta a las preguntas
y
perplejidades que se hacen tan vivas en la adolescencia y en la primera
madurez
del hombre, en cualquier época. La culminación de
cualquier proceso interior de
conversión a la verdad exige una lucha decidida y constante. Una
victoria sobre
uno mismo que, en el caso que hemos relatado, ha supuesto para la
humanidad un
personaje tan insigne como Agustín, un gran pensador y un gran
santo, cuyos
escritos filosóficos y teológicos constituyen una
referencia ineludible en la
historia del pensamiento.
Nace en los años cincuenta
A A.A. no le bautizaron al nacer, quizá porque lo impidió
su padre pensando que
era una decisión que tendría que tomar por sí
mismo cuando fuera mayor. Su
padre era el único de la familia que no practicaba y su madre se
preocupaba de
su formación cristiana, aunque esto le traía problemas
con su marido.
Fue un alumno brillante en su escuela y lo que allí
aprendió neutralizaba los consejos
que le daba su madre. Poco a poco se fue alejando: "mientras me
olvidaba
de Dios -dice él mismo-, por todas partes oía:
«¡Bien, bien!»".
Aún con todo, siendo niño, le encantaba encontrar la
verdad en sus pensamientos
sobre las cosas. No quería que le engañasen, tenía
buena memoria. Se iba
educando poco a poco...
Ya entrados los años sesenta
Sus padres eran muy liberales y le dejaban hacer lo que quería.
A los dieciséis
años ya lo había probado todo: "engañaba con
infinidad de mentiras a mis
padres y profesores"; se colaba a pesar de su edad en
"espectáculos
no recomendables que luego -dice- yo imitaba con apasionada
frivolidad";
y, cuando jugaba con sus amigos, "intentaba siempre ganar, aunque fuera
con trampas, deseoso de sobresalir en todo y por encima de todos".
Un día, su padre le pescó desnudo, en el baño,
sexualmente excitado, y se lo
contó a su madre, como alegrándose...
Su madre se asustó. Ella ya había empezado a ser
cristiana en serio -su marido
sólo iba a la iglesia de tarde en tarde- y temía que su
hijo se perdiera...
Estuvo hablando con él a solas. Estaba muy seria. Le dijo que no
debía
acostarse con ninguna chica, y mucho menos si estaba casada. No le hizo
caso
porque le pareció uno de esos típicos consejos que tienen
que dar las madres...
"Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y
llegué a
envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me
ensucié y me
embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y
nervioso, sólo
ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de
fornicar. (...) ¡Ojalá
hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria...!".
Sus amigos eran como él, y se pasaban el día
contándose sus aventuras. Al
principio le avergonzaba no tener tanta experiencia como ellos, y se
fue
volviendo cada vez más salvaje. Cuando no tenía nada que
contar se lo
inventaba...
Mientras se preparaba para estudiar en la capital, procuró
correrse todas las
juergas posibles. ¿Qué era eso que le producía
tanto placer? Suponía que actuar
al margen de lo establecido. Lo hacía precisamente porque estaba
prohibido. Lo
hacía con la pandilla de amigos; de ir solo, dice que no lo
hubiera hecho.
No era feliz: "Sabía que Dios podía curar mi alma, lo
sabía; pero ni
quería, ni podía; tanto más cuanto que la idea que
yo tenía de Dios no era algo
real y firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar,
inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de
nuevo sobre mí. Yo
era para mí mismo como una habitación inhabitable, en
donde ni podía estar ni
podía salir. ¿Dónde podría huir mi
corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo
huir
de mí mismo?".
Entramos en los setenta
Se matriculó y estuvo estudiando hasta mediados de los setenta:
en concreto,
del 71 al 75. Era un estudiante de muy buenas notas. Pero su
situación personal
no mejoró, porque en el campus había una movida bestial.
Era como una olla a
punto de explotar, un hervidero en el que se zambulló nada
más llegar.
A.A. sigue contando sus aventuras, más bien sus desventuras:
comenzó a vivir
con una chica -la misma- desde los 18 años. Al poco tiempo
tuvieron un hijo.
Recuerda su pasión por los espectáculos, su gusto por el
morbo y cómo
disfrutaba con las escenas de sexo.
Siguió teniendo “experiencias”. Se volvió un tanto
sádico y empezó a tomarle
afición a lo demoníaco. Salía con un grupo que se
llamaban a sí mismos “los
destructores”. Aunque reconoce que no le gustaban algunas de las bromas
y
novatadas que hacían, se divertía mucho con ellos.
Escribe que deberían haberse
llamado más bien “los perversores”.
Acabó la carrera bastante bien. Pocos años
después, de vuelta a su ciudad
natal, uno de sus mejores amigos enfermó, y, después de
acercarse a la fe,
murió. Aquella muerte imprevista le impactó
muchísimo: “Todo me entristecía. La
ciudad me parecía inaguantable. No podía parar en casa:
todo me resultaba
insufrible. Todo me recordaba a él. Era un continuo tormento. Le
buscaba por
todas partes y no estaba. Llegué a odiarlo todo...”.
Empezó a pensar: “Confía, espera en Dios”. Pero Dios le
parecía un fantasma
irreal y sólo llorando encontraba algo de consuelo.
Se planteó el sentido de su vida. No lograba quitarse de la
cabeza la imagen de
su amigo muerto en plena juventud. Le asombraba “que la gente siguiera
viviendo, como si nunca tuviera que morir, y que yo mismo siguiera
viviendo...
Sabía que Dios podía curar la herida de mi alma; lo
sabía; pero no quería
acercarme a Dios... ”.
Vivía a lo loco, con sus aventuras de siempre. Pero
seguía inquieto y leía todo
lo que caía en sus manos. Buscaba; aún no sabía
qué, pero buscaba algo en su
interior. Le dio por leer libros sobre ocultismo, hasta que un
científico amigo
suyo le aconsejó que no perdiera el tiempo con esas
tonterías.
Decidió leer las Sagradas Escrituras para ver si sacaba algo en
claro. Pero le
pareció que la Biblia era muy inferior, indigna de compararse
con los libros de
los autores que le fascinaban. Se reía de los Evangelios.
“Poco a poco fui descendiendo hasta la oscuridad más completa,
lleno de fatiga
y devorado por el ansia de verdad. Y todo por buscarla, no con la
inteligencia,
que es lo que nos distingue de los animales, sino con los sentidos de
la carne.
Y la verdad estaba en mí, más íntima a mí
que lo más interior de mí mismo, más
elevada que lo más elevado de mí”.
Llegamos a los ochenta
Dejando a su madre engañada y hecha un mar de lágrimas,
decidió abandonar su
país. Estaba harto de asambleas, movidas, manifestaciones y
jaleos en las
clases. Quería un ambiente intelectual más serio.
Buscó la verdad en diversas ideologías. Habló con
las figuras intelectuales más
destacadas. Buscaba respuesta a las situaciones culturales y sociales
de su
época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología a
ideología. Pero ninguno de
los sistemas de pensamiento, incluso aquel del que vivía dando
clases en la
universidad, le llenaba el corazón. Buscaba. Leía
incesantemente.
Triunfó dando clases y conferencias. Se convirtió en un
personaje de moda. Era
una persona influyente a la que llamaban de todos los sitios. Dio
algunos
mítines, dispuesto a mentir -reconocía- lo que hiciera
falta.
No le importó hacer cualquier cosa con tal de conseguir los
contactos que
necesitaba en determinadas esferas para conseguir sus proyectos
culturales. Se
encontraba en el mejor momento de su carrera... Hacía proyectos
fantásticos sin
parar y se calentaba la cabeza pensando en su futuro.
Un día, mientras paseaba con sus amigos por una calle, un tanto
ensimismado en
los éxitos intelectuales que había conseguido, vio a un
pobre mendigo que
sonreía feliz. “No hago más que trabajar y trabajar -les
comentó- para lograr
mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No.
Tengo que seguir
bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto.
Mientras
tanto, ese tipo vive tan contento sin hacer nada... Bueno; no sé
si estará
contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde
luego, el que no soy feliz
soy yo... No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me
gusta! He
conseguido un status, una posición económica y
cultural... ¿y qué?
-No compares -le dijeron los amigos-. Ese tipo se ríe porque
habrá bebido. Y tú
tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás
triunfando...”.
Sí; estaba triunfando; pero aquellos éxitos en su
cátedra y en sus
conferencias, más que alegrarle, le deprimían. Al menos
-se decía- ese mendigo
se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he
alcanzado mi
status a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba
bebido, “su
borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo
dormiría con la mía, y me
despertaría con ella, y me volvería a acostar y a
levantar con ella día tras
día”.
Conoció en uno de sus viajes a un obispo católico de
mucho prestigio
intelectual. Iba a escucharle, al principio con muchas reticencias,
pero muy
poco a poco, insensiblemente, se fue acercando a la fe y a la Iglesia.
Le
parecía que el obispo explicaba de un modo distinto los pasajes
de la Sagrada
Escritura que él ridiculizaba en sus clases y le empezaron a
parecer
defendibles las cosas que predicaba, que eran las que la Iglesia
enseñaba.
“Pero no por eso pensaba que debiera seguir el camino católico
(...) Si por una
parte la doctrina católica no me parecía vencida, tampoco
me parecía
vencedora”. Estudiaba y comparaba, en perpetua duda: “Caminaba a
oscuras, me
caía buscando la verdad fuera de mí, como por un
acantilado al fondo del mar.
Desconfiaba de encontrar la verdad, estaba desesperado”.
Su opinión sobre Jesucristo “era tan sólo la que se puede
tener de un hombre de
extraordinaria sabiduría, difícilmente superable por
otro, pero nada más. No
podía ni sospechar el misterio que encerraban esas palabras: y
el Verbo se hizo
carne...”.
“No recé para que Dios me ayudara; mi mente estaba demasiado
ocupada e inquieta
por investigar y discutir”.
Sus padres se habían trasladado a vivir con él y le
insistían en que se casara.
A.A. está agitado interiormente. Así cuenta su mundo
interior:
“Me iba volviendo cada vez más miserable, pero a pesar de eso,
Dios se acercaba
más y más a mí, y quería sacarme de todo el
cieno en el que yo me había metido,
y lavarme..., pero yo no lo sabía”.
En su vida moral siguió haciendo lo que le daba la gana. Deseaba
salir de
aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. “Si
uno se deja llevar
por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego
en una
esclavitud...”. Era un esclavo, lo reconocía.
En esa situación comenzó a sentir, cada vez con
más fuerza, un deseo intenso de
Dios. Se debatía interiormente buscando la verdad, con todas sus
fuerzas. Pero
no se sentía capaz de cortar con determinadas costumbres, con
aquella pasión...
Es más, se sentía, oprimido agradablemente con el peso de
aquella pasión...
Estaba íntimamente convencido de que vivir junto a Dios le
haría más feliz que
todas las gratificaciones sexuales juntas... pero cada vez que lo
pensaba se
decía:
-“Ahora voy... Enseguida... Espera un poco más...”.
Ese ahora nunca acababa de llegar. Y el un poco más se iba
alargando y
alargando...
Agosto del 86
En agosto del 86 seguía con su rutina habitual de trabajo y de
clases en su
cátedra. Cada día que pasaba, su deseo de Dios
hacía más fuerte, pero él seguía
dividido por dentro: quería encontrar la verdad... y no
quería. Le pesaba
demasiado su vida anterior, porque encontrar la verdad supondría
cortar con
determinadas costumbres, a lo que no estaba dispuesto. Al menos,
todavía.
“Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios, cosa que me había
propuesto hacía
mucho tiempo, era yo el que quería y yo era el que no
quería, sólo yo. Pero,
porque no quería del todo, ni del todo decía que no,
luchaba conmigo mismo y me
destrozaba”.
En esa tensión interior se decía: “¡Venga, ahora,
ahora!”. Pero cuando estaba a
punto... se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres
le tirasen
hacia sí, diciéndole bajito:
-“¿Cómo? ¿Nos dejas? ¿Ya no estaremos
más contigo... nunca?, ¿nunca? ¿Desde
ahora ya no podrás hacer eso... , ni aquello?
¡Y qué cosas, Dios mío, qué cosas me
recordaban, aquel eso y aquello!”.
Los placeres seguían insistiéndole:
-“¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin
nosotros, tú? ¿Precisamente
tú...?”.
Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado.
“¿Por qué no voy a poder yo -se
preguntó- si éste, si aquel, si aquella han podido?”.
Comprendió que habían podido gracias a la fuerza de Dios;
y que por sí mismo no
era capaz ni de mantenerse en pie. Debía apoyarse en él.
Así lo conseguiría...
Pero seguía escuchando por dentro la voz insinuante de los
placeres:
-“¿Vas a poder vivir sin nosotros...? ¿Tú?”.
Un día charlando con un amigo suyo estalló por fin y le
dijo:
-“¿No te das cuenta de la vida que llevamos y de la vida que
llevan los
cristianos? ¡Y aquí seguimos, revolcándonos en la
carne y en todo tipo de
espectáculos! ¿Es que no vamos a ser capaces de vivir
como ellos, sólo por la
vergüenza de reconocer que nos hemos equivocado?
¿Sólo por no dar nuestro brazo
a torcer?”.
Su amigo -que también estaba en proceso de conversión- se
quedó atónito. A.A.
estaba dispuesto a resolver, de una vez por todas, aquella
situación.
Salieron al jardín. Estuvieron charlando y recordando lo que
había sido su
vida. A.A. tenía un libro del Nuevo Testamento entre las manos.
Dejó el libro
y, en un determinado momento, comenzó a llorar. Rezó por
primera vez:
-“¿Cuándo acabaré de decidirme? No te acuerdes,
Señor de mis maldades. ¿Dime,
Señor, hasta cuándo voy a seguir así? ¡Hasta
cuándo! ¿Hasta cuándo: ¡mañana,
mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué
no ahora mismo y pongo fin a todas mis
miserias?”.
Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde
una casa vecina:
-“¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”.
¡Toma y lee! Dios se servía de ese chico para decirle
algo. Corrió hacia el
libro, y lo abrió al azar por la primera página que
encontró. Leyó en silencio:
-No andéis más en comilonas y borracheras; ni haciendo
cosas impúdicas; dejad
ya las contiendas y peleas, y revestíos de nuestro Señor
Jesucristo, y no os
ocupéis de la carne y de sus deseos.
Cerró el libro. ésa era la respuesta. No quiso leer
más, ni era necesario:
“como si me hubiera inundado el corazón una fortísima
luz, se disipó toda la
oscuridad de mis dudas”.
Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a su amigo, que
quiso ver lo que
había leído. Se lo enseñó y su amigo se
fijó en la frase siguiente del texto
que A.A. había leído, y en la que no había
reparado. Seguía así:
-Recibid al débil en la fe.
“Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se
llenó de alegría.
Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de
alegría y cantaba y bendecía a
Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí,
lo que constantemente
le pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones
y con sus lágrimas”.
A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo A.A.,
su hijo
y su amigo.
Años después, gozando ya de la Belleza de la Verdad,
enamorado de Jesucristo,
A.A. escribía:
“Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te
amé! Estabas dentro
de mí, y yo te buscaba por fuera... Me lanzaba como una bestia
sobre las cosas
hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba
muy lejos de Ti.
Esas cosas... me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y
al fin,
venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi
ceguera... Aspiré
tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te
bebí. Me tocaste y me abrasé en tu
paz”.
Gracias a Dios, su oración y a la de su madre fueron
oídas. A.A., buscando la
verdad sin miedo y leyendo los Evangelios, encontró el gran
password de su
vida: encontró a Cristo, y con Cristo, la paz.
Pudo decirle a Dios, su Padre, al encontrarle de nuevo, con la
alegría del hijo
que vuelve a casa tras largos años de ausencia, y desde el fondo
de su alma,
una de sus expresiones más conocidas:
“Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto estará nuestro
corazón hasta que
descanse en Ti”.
El mendigo que confesó a Juan Pablo II
Hace unos días, en el programa de televisión de la Madre Angélica en Estados Unidos (EWTN), relataron un episodio poco conocido de la vida Juan Pablo II.
Paul Claudel: Bajo la mano de Dios
"El
hombre se forma interiormente con el ejercicio y se forja respecto a lo
exterior mediante choques" (Art poétique). Estas palabras de
Paul Claudel
definen admirablemente lo que fue la esencia de la vida de este gran
poeta y
dramaturgo francés. En ellas está fijada su trayectoria
vital en toda su
síntesis y profundidad. Son palabras de uno de los grandes
poetas de este
siglo, son pues pórtico y también desarrollo de algo
intensamente vivido.
Claudel luchó durante su existencia en la búsqueda de su
verdadera vida, pero
también fue la misma vida la que le golpeó
encaminándole por sendas y cimas que
jamás hubiera alcanzado por su propio pie.
Nació en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias
Políticas, después empezó la
carrera diplomática, representando a su país
brillantemente por todo el mundo.
Hijo de un funcionario y de una campesina, fue el más
pequeño de una familia
compuesta por dos hermanas más. El ambiente en que se desarrolla
su vida le
marcará con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre
recordará sus
primeros años con cierta amargura: un ambiente familiar muy
frío le lleva a
replegarse sobre sí mismo y, como consecuencia, a iniciarse en
la creación
poética. Paul Claudel se hace en la soledad; ésta le
marcará para toda su vida.
También incidirá con fuerza en su espíritu el
ambiente de Francia en su época:
profundamente impregnado por la exaltación del materialismo y
por la fe en la
ciencia. Las lecturas de Renan, Zola... y especialmente su paso por el
liceo
Louis-le-Grand y la visión de la muerte de su abuelo, crean en
él un estado de
angustia en el que la única certeza es la de la nada en el
más allá. Allí se
hunde en el pesimismo y la rebeldía.
En medio de ese aire enrarecido y de esa ausencia de horizontes, el
joven
Claudel se ahoga, y su inquietud hace que no se resigne a morir
interiormente.
Busca aire desesperadamente: le llegan bocanadas en la música de
Beethoven, y
de Wagner, en la poesía de Esquilo, Shakespeare, Baudelaire; y,
de repente, la
luz de Arthur Rimbaud: "Siempre recordaré esa mañana de
junio de 1886 en
que compré el cuaderno de La Vogue que contenía el
principio de Las
iluminaciones. Fue realmente una iluminación para mí.
Finalmente salía de ese
mundo horrible de Taine, de Renan y de los demás Moloch del
siglo XIX, de esa
cárcel, de esa espantosa mecánica totalmente gobernada
por leyes perfectamente
inflexibles y, para colmo de horrores, conocibles y enseñables.
(Los autómatas
me han producido siempre una especie de horror histérico).
¡Se me revelaba lo
sobrenatural!" (J. Rivière et P. Claudel: Correspondance
(1907-1914).
142).
Fue el encuentro con un espíritu hermano del suyo, pero que le
abría inmensas
perspectivas a su vida más profunda y personal que hasta ese
momento
desconocía. Pero su habitual estado de ahogo y
desesperación continuó siendo el
mismo.
Y ese mismo año, el acontecimiento clave en su vida: es la
Navidad de 1886. Él
mismo narrará, veintisiete años después, lo
sucedido: "Así era el
desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame
de París
para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y
me
parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con
un diletantismo
superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para
algunos
ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo,
apretujado y empujado por
la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa
mayor. Después, como
no tenía otra cosa que hacer, volví a las
Vísperas. Los niños del coro vestidos
de blanco y los alumnos del pequeño seminario de
Saint-Nicholas-du-Cardonet que
les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que
era el Magnificat. Yo
estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la
entrada del
coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda
mi vida.
En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí,
con tal fuerza de adhesión,
con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan
fuerte, con tal
certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que
después, todos Tos
libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida,
no han
podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el
sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios,
de una
verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas
veces,
reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario,
encuentro
los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único
destello, una
única arma, de la que la divina Providencia se servía
para alcanzar y abrir
finalmente el corazón de un pobre niño desesperado:
"¡Qué feliz es la
gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios
existe, está ahí! ¡Es
alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me
llama!". Las
lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan
tierno del Adeste
aumentaba mi emoción.
¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un
sentimiento de miedo y
casi de horror ya que mis convicciones filosóficas
permanecían intactas! Dios
las había dejado desdeñosamente allí donde estaban
y yo no veía que pudiera
cambiarlas en nada. La religión católica seguía
pareciéndome el mismo tesoro de
absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la
misma aversión,
que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones
y de
mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba
ningún defecto. Lo
que había sucedido simplemente es que había salido de
él. Un ser nuevo y
formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era
yo, se
había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo
con nada de lo que me
rodeaba. La única comparación que soy capaz de encontrar,
para expresar ese
estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al
que de
un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla
en otro cuerpo
extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis
opiniones y mis
gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo
verdadero, aquello
a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah!
¡Al menos no sería sin
que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que
realicé una defensa
valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió.
Utilicé todos los
medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra,
las
armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi
existencia, esta
agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud
escribió: "El combate
espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres.
¡Dura
noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe,
no saben lo que
cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento
del infierno,
el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los
gozos a los que
tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a
la verdad, me retraían de
todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad,
después de
regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían
ahora tan extrañas,
tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había
regalado en cierta
ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el
acento de esa voz tan
dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca
ha dejado
de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por
Renan la historia de Jesús y,
fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se
hubiera
declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea,
desmentía, con una majestuosa
simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me
abrían los ojos.
Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí,
Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí,
a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su
amor. Pero al mismo
tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la
condenación.
¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el
Infierno, pues en él
había pasado yo mi "temporada". Esas pocas horas me bastaron
para
enseñarme que el Infierno está allí donde no
está Jesucristo. ¿Y qué me importaba
el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que
acababa de
revelárseme?" ("Mi conversion". 10-13.).
Una carta de 1904 a Gabriel Frizeau demuestra que el recuerdo de ese
instante
de Navidad estaba ya fijado entonces: "Asistía a vísperas
en Notre-Dame, y
escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me
tendía los
brazos".
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo
resistía con todas sus
fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se
abría ante él. ¿Debo
confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar
mi convicción era el
respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión
y decírselo a
mis padres... manifestarme como uno de los tan ridiculizados
católicos, me
producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba,
incluso, la violencia que
se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano
firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo
católico. (...) Pero el
gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la
Iglesia. ¡Sea
eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo
he
aprendido todo!".
Nguyen van Thuân: En un campo de concentración
En 1975,
François Xavier
Nguyên Van Thuân fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Ho
Chi Minh (la antigua
Saigón), pero el gobierno comunista definió su
nombramiento como un complot y
tres meses después le encarceló.
Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles
vietnamitas. Nueve de
ellos, los pasó régimen de aislamiento.
Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido
regresar, ni siquiera para ver a su anciana madre. Ahora es presidente
del
Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz de la Santa Sede.
A pesar de tantos sufrimientos, o quizá más bien gracias
a ellos, este
arzobispo, François Xavier Nguyên Van Thuân, es un
gran testigo de la fe, de la
esperanza y del perdón cristiano.
En una
celda sin ventanas
«Durante mi larga tribulación de nueve años de
aislamiento en una celda sin
ventanas --contaba el propio Nguyên Van Thuân--, iluminado
en ocasiones con luz
eléctrica durante días enteros, o a oscuras durante
semanas, sentía que me
sofocaba por efecto del calor, de la humedad. Estaba al borde de la
locura. Yo
era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia
pastoral. No podía
dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la
diócesis, de
dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para
Dios.
Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser».
Sólo
Dios
«Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché
una voz que me decía:
"¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir
entre Dios y las obras
de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar
haciendo: visitas
pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas,
laicos, jóvenes,
construcción de escuelas, misiones para la evangelización
de los no cristianos...,
todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios.
Si Dios
quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus
manos, hazlo
inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará
tus obras a otros, que son
mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios,
y no sus obras"».
«Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi
manera de
pensar y me ha ayudado a superar momentos que físicamente
parecían imposibles
de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi
corazón y me acompañó
durante trece años de prisión. Sentía la debilidad
humana, pero renovaba esta
decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me
faltó la paz. Escoger a
Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida
cristiana, en todo
tiempo».
«De este modo, comprendo que mi vida es una sucesión de
decisiones, en todo
momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre
nueva que se
convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios
siempre consistió en
no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en
otro
sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos
como
Moisés, David, Salomón...».
La Biblia habla claramente. Según el arzobispo vietnamita
«esta fue la gran
experiencia de los patriarcas, de los profetas, de los primeros
cristianos,
evocada en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos en la que
aparece en 18
ocasiones la expresión "por la fe" y una vez la expresión
"con
la fe"». Esta es también la clave de lectura que permite
comprender la
vida de tantos hombres y mujeres que en estos dos mil años de
cristianismo han
dado su vida hasta el martirio. Entre todos estos ejemplos,
destacó el de
María, mujer «que optó por Dios, abandonando sus
proyectos, sin comprender
plenamente el misterio que estaba teniendo lugar en su cuerpo y en su
destino».
Respuesta
al mundo de hoy
«Escoger a Dios y no las obras de Dios: esta es la respuesta
más auténtica al
mundo de hoy, el camino para que se realicen los designios del Padre en
nosotros, en la Iglesia, en la humanidad de nuestro tiempo. Es posible
que
quienes optan por Dios tengan que pasar por tribulaciones, pero aceptan
perder
los bienes con alegría, pues saben que poseen bienes mejores,
que nadie les
podrá quitar».
Después
del arresto
«Después de que me arrestaran en agosto de 1975, dos
policías me llevaron en la
noche de Saigón hasta Nhatrang, un viaje de 450
kilómetros. Comenzó entonces mi
vida de encarcelado, sin horarios. Sin noches ni días. En
nuestra tierra hay un
refrán que dice: "Un día de prisión vale por mil
otoños de libertad".
Yo mismo pude experimentarlo. En la cárcel todos esperan la
liberación, cada
día, cada minuto. Me venían a la mente sentimientos
confusos: tristeza, miedo,
tensión. Mi corazón se sentía lacerado por la
lejanía de mi pueblo. En la
oscuridad de la noche, en medio de ese océano de ansiedad, de
pesadilla, poco a
poco me fui despertando: "Tengo que afrontar la realidad. Estoy en la
cárcel. ¿No es acaso este el mejor momento para hacer
algo realmente grande?
¿Cuántas veces en mi vida volveré a vivir una
ocasión como ésta? Lo único
seguro en la vida es la muerte. Por tanto, tengo que aprovechar las
ocasiones
que se me presentan cada día para cumplir acciones ordinarias de
manera
extraordinaria"».
«En las largas noches de presión, me convencí de
que vivir el momento presente
es el camino más sencillo y seguro para alcanzar la santidad.
Esta convicción
me sugirió una oración: "Jesús, yo no
esperaré, quiero vivir el momento
presente llenándolo de amor. La línea recta está
hecha de millones de pequeños
puntos unidos unos a otros. También mi vida está hecha de
millones de segundos
y de minutos unidos entre sí. Si vivo cada segundo la
línea será recta. Si vivo
con perfección cada minuto la vida será santa. El camino
de la esperanza está
empedrado con pequeños momentos de esperanza. La vida de la
esperanza está
hecha de breves minutos de esperanza. Como tú Jesús,
quien has hecho siempre lo
que le agrada a tu Padre. En cada minuto quiero decirte: Jesús,
te amo, mi verdad
es siempre una nueva y eterna alianza contigo. Cada minuto quiero
cantar con
toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo...».
Mensajes
escritos en un calendario
«En los meses sucesivos, cuando me tenían encerrado en el
pueblo de Cay Vong,
bajo el control continuo de la policía, día y noche,
había un pensamiento que
me obsesionaba: "¡El pueblo al que tanto quiero, mi pueblo, se ha
quedado
como un rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en
contacto con mi pueblo,
precisamente en este momento en el que tienen tanta necesidad de un
pastor?". Las librerías católicas habían sido
confiscadas; las escuelas
cerradas; los maestros, las religiosas, los religiosos desperdigados;
algunos
habían sido mandados a trabajar a los campos de arroz, otros se
encontraban en
las "regiones de nueva economía" en las aldeas. La
separación era un
"shock" que destruía mi corazón».
«Yo no voy a esperar --me dije--. Viviré el momento
presente, llenándolo de
amor. Pero, ¿cómo?». Una noche lo comprendí:
"François, es muy sencillo,
haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribe cartas a
las
comunidades". Al día siguiente, en octubre de 1975, con un gesto
pude y
llamar a un niño de cinco años, que se llamaba Quang, era
cristiano. «Dile a tu
madre que me compre calendarios viejos». Ese mismo día,
por la noche, en la
oscuridad, Quang me trajo los calendarios y todas las noches de octubre
y de
noviembre de 1975 escribí a mi pueblo mi mensaje desde el
cautiverio. Todas las
mañanas, el niño venía para recoger las hojas y se
las llevaba a su casa. Sus
hermanos y hermanas copiaban los mensajes. Así se
escribió el libro "El
camino de la esperanza", que ahora ha sido publicado en once
idiomas».
Monseñor Van Thuân no lo dijo, sus pensamientos pasaron de
mano en mano entre
los vietnamitas. Eran trozos de papel que salieron del país con
los «boat
people» que huían de la dictadura comunista.
El camino
hacia la santidad
«Cuando salí, recibí una carta de la Madre Teresa
de Calcuta con estas
palabras: "Lo que cuenta no es la cantidad de nuestras acciones, sino
la
intensidad del amor que ponemos en cada una". Aquella experiencia
reforzó
en mi interior la idea de que tenemos que vivir cada día, cada
minuto de
nuestra vida como si fuera el último; dejar todo lo que es
accesorio;
concentrarnos sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto,
cada llamada por
teléfono, cada decisión, tienen que ser el momento
más bello de nuestra vida.
Hay que amar a todos, hay que sonreír a todos sin perder un solo
segundo».
Testigos
de esperanza
Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino
dentro de mí una
pregunta angustiosa: " ¿Podré seguir celebrando la
Eucaristía?". Fue
la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En
cuento me vieron, me
preguntaron: "¿Ha podido celebrar la Santa misa?".
En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en
la cumbre de
nuestros pensamientos: el pan de vida. "Si uno come de este pan,
vivirá
para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la villa del
mundo" (Jn 6, 51).
¡Cuántas veces me acordé de la frase de los
mártires de Abitene (s. IV), que
decían: Sine Dominico non possumus! "¡No podemos vivir sin
la celebración
de la Eucaristía! ".
En todo tiempo, y especialmente en época de persecución,
la Eucaristía ha sido
el secreto de la villa de los cristianos: la comida de los testigos, el
pan de
la esperanza.
Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar
la
Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: "Cada
lugar donde se
sufría era para nosotros un sitio para celebrar..., ya fuese un
campo, un
desierto, un barco, una posada, una prisión...". El Martirologio
del siglo
XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones
clandestinas de la
Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin
la Eucaristía no podemos
vivir la vida de Dios!
"En
memoria mía"
En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su
experiencia terrena:
la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en
su sacrificio,
que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.
Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro,
aunque sea
espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de
sus milagros. Es decir,
deja en la Iglesia el memorialpresencia de ese momento supremo del amor
y del
dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la
resurrección.
Para vivir de Él, para vivir y morir como Él.
Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de El y viva sus
sentimientos y sus
consecuencias a través de su presencia viva. "Haced esto en
memoria
mía" (cf. I Co 11, 25).
Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme
enseguida,
con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron
escribir a los míos, para
pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: "Por
favor,
enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de
estómago". Los
fieles comprendieron enseguida.
Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: "medicina
contra el dolor de estómago", y hostias escondidas en una
antorcha contra
la humedad.
La policía me preguntó:
-¿Le duele el estómago?
-Sí.
-Aquí tiene una medicina para usted.
Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con
tres gotas de vino y una
gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa.
¡Éste era mi altar y ésta
era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo:
"Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir
siempre
en Jesucristo", como dice Ignacio de Antioquía.
A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y
clavarme en la cruz con
Jesús, de beber con él el cáliz más amargo.
Cada día, al recitar las palabras
de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con
toda el alma un nuevo
pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre
mezclada con la
mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!
Quien come
de mí vivirá por mí
Así me alimenté durante años con el pan de la vida
y el cáliz de la salvación.
Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la
bebida que
fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación
que él realiza:
"El efecto propio de la Eucaristía es la transformación
del hombre en
Cristo", afirman los Padres. Dice León Magno: "La
participación en el
cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo
que
tomamos". Agustín da voz a Jesús con esta frase:
"Tú no me cambiarás
en ti, como la comida de la carne, sino que serás transformado
en mí". Mediante
la Eucaristía nos hacemos ?como dice Cirilo de Jerusalén?
"concorpóreos y
consanguíneos con Cristo". Jesús vive en nosotros y
nosotros en Él, en una
especie de "simbiosis" y de mutua inmanencia: Él vive en
mí,
permanece en mí, actúa a través de mí.
La
Eucaristía en el campo de reeducación
Así, en la prisión, sentía latir en mi
corazón el corazón de Cristo. Sentía que
mi vida era su vida, y la suya era la mía.
La Eucaristía se convirtió para mí y para los
demás cristianos en una presencia
escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús
en la
Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que
vivían conmigo,
como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del
siglo XX.
En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos
de 50 personas;
dormíamos en un lecho común; cada uno tenía
derecho a 50 cm. Nos arreglamos
para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30
había que apagar la luz y
todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me
encogía en la cama para
celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión
pasando la mano por debajo
de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los
paquetes de
cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a
los demás.
Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de
la camisa.
Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en
la que tenía que
participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis
compañeros católicos y
yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros
cuatro grupos
de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de
ellos. Por la noche,
los prisioneros se alternaban en turnos de adoración.
Jesús eucarístico ayudaba
de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos
volvían
al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía
un impacto
cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no
cristianos
alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.
Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la
semilla germinó bajo
tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en
escuela de catecismo.
Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus
padrinos.
En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en
varios
campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino
que fue la ocasión
para un prolongado diálogo interreligioso que creó
comprensión y amistad con
todos.
Así Jesús se convirtió ?como decía Santa
Teresa de Jesús? en el verdadero
"compañero nuestro en el Santísimo Sacramento"
Un solo
pan, un solo cuerpo
Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia.
"Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos,
pues
todos participamos del mismo pan" (1 Co 10, 17). He ahí la
Eucaristía que
hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de
Cristo. O con
la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la
savia vital del
Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).
Sí, la Eucaristía nos hace uno en Cristo. Cirilo de
Alejandría recuerda:
"Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, y para
amalgamarnos
unos con otros, el Hijo unigénito... inventó un medio
maravilloso: por medio de
un solo cuerpo, su propio cuerpo, él santifica a los fieles en
la mística
comunión, haciéndolos concorpóreos con él y
entre ellos".
Somos una sola cosa: ese "uno" que se realiza en la
participación en
la Eucaristía". El Resucitado nos hace "uno" con Él y con
el
Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la
Eucaristía y vivida en el
amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de
los hombres y
llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos.
Padre
nuestro, pan nuestro
Si tomamos conciencia de lo que realiza la Eucaristía,
ésta nos hace enlazar
inmediatamente las dos palabras de la oración dominical: "Padre
nuestro" y "pan nuestro". Da testimonio de ello la Iglesia de
los orígenes: "Se mantenían constantes... en la
fracción del pan",
narran los Hechos de los Apóstoles (2, 42). E indican su reflejo
inmediato:
"La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una
sola alma. Nadie
consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en
común"
(Hch 4, 32).
Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la
misma realidad, esta
comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos
llamados a dar al mundo el
espectáculo de comunidades donde se tenga en común no
sólo la fe, sino que se
compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades
espirituales y
materiales.
El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de
la
justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia.
Urge
testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente "carne para la
vida
del mundo".
Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar,
muchas personas que
sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no
hallar en el
ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a
falsas
esperanzas. Y todos nosotros hemos asistido a verdaderas tragedias,
bien sólo
escuchando hablar de ellas, bien pagando personalmente.
En nuestros días el problema social no ha disminuido en
absoluto.
Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue
viviendo en la
miseria más inhumana. Se está caminando hacia la
globalización en todos los
campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas.
Falta un
auténtico principio unificador, que una, valorando y no
masificando a las
personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad
universal:
Cristo, pan eucarístico que non hace uno en él y non
enseña a vivir según un
estilo eucarístico de comunión.
Los cristianos estamos llamados a dar esta aportación esencial.
Lo entendieron
muy bien los cristianos de los primeros siglos. Leemos en la
Didaché:
"Pues si sois copartícipes en la inmortalidad,
¿cuánto más en los bienes
corruptibles?". Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la
presencia de
Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: "Aquel que
dijo:
"Esto es mi cuerpo"... v que os ha garantizado con su palabra la
verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis
negado a hacerle al más
pequeño, me lo habéis negado a mí". Consciente de
ello, Agustín había
construido en Hipona una domus caritatis cerca de su catedral. Y san
Basilio
había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Afirma el
Catecismo de la
Iglesia Católica: "La Eucaristía entraña un
compromiso en favor de los
pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo
entregados
por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus
hermanos (cf.
Mt 25, 40)".
Pero la función social de la Eucaristía va más
allá. Es necesario que la
Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de
cambiar las estructuras
injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas
económicos
donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho.
Pablo VI acuñó este estupendo programa: "Hacer de la mina
una escuela de
profundidad espiritual y una tranquila pero comprometida palestra de
sociología
cristiana".
Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan
que muchos
necesitamos todavía: el pan de la justicia y de la paz,
a11á donde la guerra
amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los
pueblos; el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una
justa libertad
religiosa para profesar abiertamente la propia fe; el pan de la
fraternidad,
donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión
universal en la paz y
en la concordia; el pan de la unidad entre los cristianos, aún
divididos, en
camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz.
Testimonio inédito de la Madre Teresa de Calcuta sobre la
opción por los pobres
Conmovedora carta de una mujer que abortó
LIMA, 6 Ene. 01 (ACI).- Una mujer que sufre las terribles consecuencias de haber abortado decidió contar su experiencia a la organización "Provida" de España, a la vez que solicitó que la misiva fuera difundida por la página web de la entidad, para así servir de advertencia para otras mujeres.
La carta, difundida por la pagina en red de Provida ( www.ctv.es/USERS/provida ), que posee un servicio de asistencia a distancia, está escrita por una mujer que desde Navidad viene siendo asistida por la organización a través del correo electrónico.
En ella, la autora describe así su desgarradora experiencia:
"Veréis, son las siete menos cuarto de la mañana del 25 de diciembre del 2000, otra noche más en blanco. Hace cuatro días, a pesar de todo, dormía, aunque mal mejor. Ahora el sueño es una utopía. Tengo 31 años y he matado deliberadamente a mi hijo".
La anónima autora relata que cuando supo que estaba embarazada decidió no contárselo a nadie, ni siquiera a su novio, con quien estaba pasando un tiempo en Estados Unidos. "Pasé un mes y medio de angustia controlada, fingiendo que todo iba bien, pero estaba embarazada y angustiada. Todas mis preguntas eran, ¿Qué voy a hacer? ¿engordaré? ¿se me notará? ¿que voy a hacer yo con un niño?", explica.
"Absurda, completamente absurda, egoísta, estúpida, calculadora y fría como un témpano. Volví a España tan pronto como pude, calculando el tiempo que tenía para llevar a cabo mis planes: librarme de aquello que me incordiaba", sigue la mujer con su relato.
Al día siguiente de su llegada, la mujer se dirigió a la clínica acompañada de una amiga, con quien hablaba "de todo, contándole que yo no quería ni muerta llevar a cabo aquel embarazo, que era una pesadilla, e intercalando temas triviales, como si estuviera a punto de ir al dentista. !Dios santo! que imbécil soy. Ahora, cada minuto pienso en mi niño, pienso que soy egoísta, fría, criminal... no puedo dejar de pensar en ello".
La autora de la desgarradora carta señala que poco después del aborto se dio cuenta que hubiera podido salir adelante "como tantas y tantas mujeres".
"Ni siquiera se lo conté a mi novio, que me quiere, que me respeta… por miedo a que me dijera que adelante, que tuviera el niño... ¡que m…(interjección) soy!. Y ahora, quién me perdonará esto? Mi niño ya no está, yo estoy vacía, completamente vacía".
Con evidente dolor y una desesperanza que "Provida" ha venido sanando a través de un diálogo vía correo electrónico, la autora de la carta señala que "quiero que Dios me perdone, pero creo, que lo que he hecho es tan duro, tan cruel, tan bestial, que ni siquiera Dios puede perdonarme. Ni mi niño, que no ha tenido la oportunidad de ver el sol, ni el mar, ni de respirar... de nada".
"He sido su juez y le he condenado a muerte sólo por el hecho de ser, de estar dentro de mi, ¡¡¡pobrecito mío!!!! mi niño, por el que ahora estoy llorando, y del que no tenía conciencia antes", agrega la angustiada misiva. "Ahora le pido perdón, con todo el dolor de mi alma y me sigo sintiendo mal, cada vez peor. No sé por que no salí adelante, con mi tripita, tan contenta".
"Ahora le pongo carita, lo veo en cualquier sitio, el pobre, mi niño, estaba ahí, sin hacer nada, tan solo estando, sin saber nada, sin pedir nada, estaba por que sí, pero estaba, ahora ya no está, no se donde está, no se lo que siente... sólo quiero que este bien, a salvo de mí", agrega la conmovedora carta.
Reflexionando sobre su situación, la mujer agrega: "no creo que esté neurótica, sólo pienso que he liquidado textualmente a mi propio hijo y me siento sola, vacía e insensible. Incluso pienso que no sé si alguna vez sabré ser madre. Necesitaré ayuda por muchos años, y creo que no lo olvidaré jamás".
La terrible autocensura, que el personal de "Provida" ha venido combatiendo en la autora de la misiva, se expresa en nuevas preguntas: "¿Por qué no me hice cargo? ¿por qué no le dejé vivir? ¿por qué he sido tan calculadora?... ¿Sólo hay un ‘por qué’ con respuesta: ¿por qué me siento tan mal? Es sencillo, porque lo he matado, sin pensarlo apenas, sin el más mínimo remordimiento inicial, pero ahora me gustaría tenerlo dentro de mí, creciendo, esperando su momento para llegar al mundo, y esperar el momento de tenerlo entre mis brazos, de besar esa piel tan suave que tienen los bebés, de decirle que es mi hijo y que le quiero, que le cuidare ¡ya no puedo! mi niño o mi niña no está, lo maté, y yo sigo caminando, y el mundo se sigue moviendo sin el, sin ella, y yo ya no soy la misma, ahora no me quiero, me desprecio profundamente, ahora cuando ya no tiene solución me arrepiento... ya ves que estúpida, que inútil, ahora lo quiero sentir, como antes".
La carta concluye con una terrible nota de desesperanza: "Pero ya, no puede ser... espero mi niño, que algún día me puedas perdonar… yo no me lo perdonaré mientras viva".
«Genux»
(que pese a la semejanza en la palabra, no tiene nada que ver con la
genuflexión) es una discoteca en la región de Brecia, en
Italia,
que presume de ser «la más grande de Europa». En
ella trabajaba el «discjokey»
Sacchi. La revista de la discoteca ha anunciado a sus clientes
seguidores de Sacchi que se vayan olvidando de él. Ha decidido
colgar los
discos y entrar en el seminario. Quiere ser cura.
Su
auténtico nombre es Claudio Sacchiero. Tiene veintinueve
años
y conserva el físico atlético de sus tiempos de vida
nocturna. Han sido casi
tres años en la cabina de «Genux», más otros
dos en la radio de la
discoteca. Y otro año y medio en otra discoteca.
En
el origen de su crisis vocacional está la educación
recibida en su familia:
«De pequeño, mi padre me llevaba los domingos a Misa. Sin
obligarme. Siempre
hemos estado muy vinculados al santuario de Frassino, que está
la lado de
nuestra casa».
«
Alli, en 1512, la Virgen se apareció sobre un árbol a un
campesino al que una
serpiente venenosa estaba a punto de morder. Ella lo salvo».
Aunque
dice que no se arrepiente del trabajo que ha hecho, reconoce que ha
visto muchas
cosas no recomendables.