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Verdad y conocimiento

 

 

 

Dilemas

 

Es muy conocido el juicio al que fue sometido Sócrates, acusado de ser impío con los dioses y de pervertir a la juventud ateniense con sus ideas. Como sabréis, fue condenado a muerte al final del proceso.

Se trataba de un juicio injusto, ya que Sócrates fue denunciado por envidias y rencores, además de que el tribunal que lo juzgó no lo hizo con imparcialidad. Sus alumnos –cuando él estaba detenido esperando el cumplimiento de su sentencia de muerte– le propusieron huir (tenían todo preparado para ello), pero él se negó a hacerlo, argumentando que si huía, estaría actuando contra las ideas que siempre había defendido, entre ellas, la de era necesario aceptar y ser respetuoso con las leyes de la polis (las mismas que a él le habían condenado). Y no estaba dispuesto a mostrarse contrario a sus propias ideas: era mejor morir con dignidad que ser un traidor a las leyes de la ciudad.

Sin llegar a esos extremos, muchas personas inocentes que han sido acusadas y condenadas por algo que no han hecho, prefieren ir a la cárcel antes que huir cuando hubieran podido hacerlo, ya que prefieren cumplir una pena injusta antes que ser prófugos de la justicia.

En el caso de que te sucediera a ti algo parecido, y tuvieras la oportunidad de huir antes de que te detuvieran, ¿qué decisión tomarías?

 


 

 

Si alguien –al modo de Sócrates– utilizara la mayéutica para demostrarte que una idea tuya está equivocada, y para hacerlo te dejara en ridículo delante de gente con el uso de una ironía similar a la socrática, ¿qué actitud adoptarías ante él: no perdonarle por haberte dejado en ridículo delante de todos o quedarle íntimamente agradecido por haberte sacado de tu error?

 


 

 

La emoción es una reacción psíquica que altera el equilibrio y el comportamiento racional de cualquier persona. Sin embargo, existen individuos capaces de dominarla, y nunca (o casi nunca) pierden el control de sus actos, mientras otros, en cambio, se dejan llevar por ella y realizan, bajo su efecto, acciones de las que posteriormente se arrepienten.

Imagínate que tu pareja, arrastrada por la emoción y el cariño que profesa a un antiguo/a amigo/a, y ante la insistencia de éste/a, apelando al afecto que aún existe entre los dos, comete un acto de infidelidad para contigo.

¿Lo/a perdonarías por el hecho de haber actuado con una gran carga emotiva? ¿O no lo harías por creer que podía haber controlado su emoción antes de realizar un acto que traicionaba vuestra mutua confianza?

 


 

 

La opinión pública ejerce frecuentemente de censor social. Así, muchas personas no se atreven a decir o hacer determinadas cosas por el miedo que sienten ante el ‘qué dirán’. En ese sentido, uno de los rasgos que caracterizan sociológicamente a la opinión pública es el marginar socialmente al que no sigue sus criterios; en todo caso, sólo aceptan al rebelde o al inconformista cuando éste es reconocido públicamente como un intelectual, un creador o un artista, es decir, alguien que pertenece a una élite cultural a la cual no se atreve a juzgar moral y socialmente esa misma opinión pública. En otros caso, sin embargo, puede hacer la vida imposible a una persona con criterios estéticos o ideológicos diferentes a los suyos.

Imagínate que buscas trabajo en una empresa, caracterizada por sus prejucios sociales acerca de la forma de vestir y de comportarse públicamente de sus empleados. Tú eres una persona poco convencional en esos aspectos, y por ello sientes temor de que puedan rechazar tu solicitud de trabajo a causa de tu forma de ser y de comportarte. Desde un punto de vista profesional, sin embargo, ese trabajo te interesa muchísimo por cuanto siempre has deseado desempeñar un puesto de tales características. Sabes que entre tus competidores a alcanzar ese trabajo ninguno de ellos está tan preparado profesionalmente como tú, aunque –eso sí– son más tradicionales en sus gustos y costumbres.

¿Cambiarías de forma de ser y comportarte públicamente con tal de alcanzar ese trabajo? ¿O lo rechazarías y buscarías otro donde no te obligasen a vestir y a vivir de determinada manera, aun a riesgo de no encontrar un puesto de trabajo o de tener que emplearte en algo que te gusta menos?

En este último caso, ¿qué sería más importante para ti: tus ideas o la seguridad laboral? ¿Por qué?

 


 

 

La verdad es una exigencia moral irrenunciable. El ser mentiroso o hipócrita resulta una falta de respeto para con los demás, por cuanto la sinceridad es un valor moral que la razón nos dicta. Ahora bien, muchas personas admiten una excepción a la regla de decir siempre la verdad: se trata de las llamadas popularmente ‘mentiras piadosas’, esto es, aquellas que se dicen para no herir con la verdad a personas hacia las que sentimos afecto.

En algunos casos, no existe duda sobre la conveniencia de decir mentiras piadosas; por ejemplo, no decirle a un enfermo que no lo desea, la verdad sobre la gravedad de su dolencia.

Sin embargo, en otros caso, las mentiras piadosas pueden convertirse en una forma de no afrontar la realidad, por miedo a perder el afecto de una persona querida si le decimos la verdad. En estos casos, aunque intentamos convencernos a nosotros mismos de que no son más que mentiras piadosas, se trata en realidad de una forma de hipocresía. Por ejemplo:

- ¿Le dirías a tu pareja que le has sido infiel o no?

- ¿Le dirías a un amigo querido que es un soberbio y que por eso le rehúyen los demás, o evitarías decirlo con el fin de que no se sintiera herido y se enfadase contigo?

 


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