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Teorías éticas

 

 

 

Dilemas

 

La teoría ética del emotivismo puede conducir a muchos dilemas morales, ya que basa la valoración ética de una acción en los sentimientos morales que nos provoca la contemplación o el pensamiento de ese acto.

Imaginemos el siguiente caso: tú percibes la decisión de abortar como algo correcto moralmente, ya que antepones el derecho de la madre sobre su propio cuerpo; en cambio, tu pareja lo percibe como algo inmoral, ya que para ella es prioritario el derecho a la vida del feto. Desde una perspectiva emotivista, el mismo hecho (decidir si abortar o no) es percibido emocionalmente de dos formas diferentes.

¿Qué criterio seguirías tú entonces para tratar de convencer a tu pareja acerca de la conveniencia o no de abortar?

 


 

 

Los estoicos argumentaron que el sabio, si quería ser feliz, debía evitar las pasiones y concentrarse en el deber que le dictaba la naturaleza, puesto que para ellos ceder a las pasiones significaba un desequilibrio psicológico que, a la larga, nos provocaba infelicidad.

Seguramente, en muchas ocasiones te habrás encontrado con un dilema de tintes estoicos y habrás dudado entre seguir tus inclinaciones pasionales o no hacerlo por respeto al deber moral. Nosotros te vamos a plantear uno de estos posibles dilemas.

Supongamos que estudias el último curso del bachillerato y tienes un examen importantísimo para el lunes, en una materia que te resulta difícil y cuyas notas a lo largo del curso te dan una media de 4. Sabes que la única oportunidad de aprobar la asignatura y poder ir a Selectividad es sacar una buena nota en ese último examen.

Casualmente el sábado toca tu grupo de música favorito en una ciudad cercana. Un grupo de fans (al que tu perteneces) organiza un viaje para ver el concierto. Se trata de un grupo extranjero que nunca antes ha venido a España y que se caracteriza por dar muy pocas galas en directo. Sabes que si te pierdes esa oportunidad, tardarás bastantes años en poder tener otra semejante.

Tu duda es difícil de resolver: ¿debes mentir a tus padres diciéndoles que no tienes ningún examen el lunes para que te dejen ir a ver el concierto? ¿O debes renunciar a él a causa de tus obligaciones escolares?

En el caso de que cedieras a tus deseos y fueras al concierto ¿tendrías luego sentimientos de culpa en caso de suspender la asignatura? ¿Qué te produciría más placer: ver a tus ídolos y pasarte todo el verano estudiando la asignatura, o aprobar aunque te perdieras el concierto?

 


 

 

Exponemos a continuación el conocido dilema que un joven presentó a Sartre, pidiéndole consejo sobre lo que hacer, y que el filósofo siempre puso como ejemplo para indicar que cada dilema moral implica unas circunstancias tan personales (donde intervienen la personalidad del sujeto, las peripecias vitales, las ideas personales, etc.) que es imposible establecer normas generales que sean válidas para situaciones parecidas.

El dilema es el siguiente:

Un joven se pregunta qué hacer: si alistarse voluntario al ejército porque la patria ha sido invadida por un enemigo exterior, o renunciar a luchar por su país y quedarse en cada cuidando a su madre enferma.

Cuando el joven le planteó el dilema, Sartre le dijo simplemente que él no podía ayudarle, puesto que esa decisión era totalmente personal y, por tanto, debía decidirla él. En lo único que le podía servir de ayuda era en entender la angustia que le provocaba ese dilema.

¿Qué harías tú en un caso semejante?

 


 

 

Para Sartre, llevar una existencia inauténtica consiste en buscar cobijo bajo determinadas ideologías para saber qué es lo que hay que hacer (pueden ser ideologías religiosas, política, morales, culturales, de tribus urbanas, etc.). Por contra, una existencia auténtica significa asumir que no existe nada más que esta vida, y que en ella somos sujetos esencialmente libres, cuya esencia consiste precisamente en tomar decisiones acerca de lo que deseamos para el futuro. Pero asumir esa libertad, nos provoca congoja, angustia, incertidumbre...

Te pedimos que resuelvas el siguiente dilema: ¿qué prefieres tú: una existencia confortablemente instalado en una creencia religiosa, política, etc., que te diga siempre lo que tienes que hacer y así no vivir en la incertidumbre, o asumir totalmente que en este mundo no puede esperarse nada salvo tu libertad interior, lo que te conducirá inevitablemente a la duda y a la angustia de equivocarte al tener que elegir a cada momento?

 


 

 

Te proponemos una variante sobre la conocida película Yo confieso, de A. Hitckock. En ella un sacerdote católico recibe bajo el sacramento de confesión a un individuo que se declara culpable de haber cometido un asesinato. Como sabrás, en la religión católica existe el llamado secreto de confesión, por el cual un sacerdote no puede revelar nunca y bajo ninguna circunstancia cualquier dato que le haya sido comunicado durante el sacramento de la confesión.

En la película, se acusa del asesinato a un inocente, al que se considera sospechoso por indicios y porque no puede aportar ninguna coartada que lo libere de la sospecha. El sacerdote sabe que es inocente, pero no puede ir al juicio a declarar a su favor, porque su religión le prohíbe tajantemente hacer públicos los secretos de confesión.

Imagínate que tú te encuentras en la situación de ese sacerdote. Decides que no puedes decir quién es el culpable, pero que, en cambio, puedes ayudar al inocente que se sienta en el banquillos de los acusados, eso sí, diciendo una mentira de acuerdo con él: que a la hora del crimen el acusado estaba en tu iglesia confesándote contigo.

Sabes que mentir es un acto inmoral y que tu religión lo condena en todas las circunstancias, pero piensas que en este caso puede salvar a un inocente. Se te plantea entonces un dilema: ¿debes cometer una inmoralidad para conseguir un fin justo que es salvar a un inocente de una condena segura? ¿Qué harías tú? Y ya de paso, ¿qué haría Kant en esa situación?

 


 

 

El hecho de copiar en un examen con el fin de aprobarlo, a veces puede perjudicar a los demás compañeros, como, por ejemplo, cuando se trata de una oposición a un puesto de trabajo, o cuando la nota media influye en el examen de selectividad y por tanto en la elección de plazas restringidas para una carrera o universidad.

Sin embargo, y en otras ocasiones, ese hecho no tiene influencia directa o material en los demás, como sucede, por ejemplo, en la ESO, ya que las notas medias no tienen repercusiones académicas significativas.

Supónte que tuvieras la oportunidad de copiar impunemente en un examen:

¿Lo harías si se tratase de una oposición?

¿Lo harías si tu acto no repercutiera en los demás?

¿Serías kantiano y no copiarías nunca, incluso aunque tuvieses oportunidad?

 


 

 

No se sabe muy bien por qué, pero desde hace muchas décadas los humoristas acuden con demasiada frecuencia a una imagen bien conocida por todos: la de un grupo de indígenas que colocan una cuba al fuego, mientras se relamen de gusto al ver llegar a la aldea a un despistado explorador, el cual ignora -y en eso debe radicar la gracia del chiste- que va a servir de cena en la mesa de los huéspedes que van a recibirlo.

Durante muchos siglos el canibalismo ha sido una práctica social (cuyos orígenes pueden ser religiosos según algunos antropólogos, o simplemente una adaptación evolutiva por motivos de supervivencia, según otros) muy extendida entre determinadas tribus americanas, africanas o polinesias.

Si valoramos ese hecho desde el punto de vista moral, podemos encontrarnos con diversas interpretaciones según sea la escuela ética que las efectúe. Para un relativista, por ejemplo, no cabe hablar de práctica inmoral (cuanto menos desde la responsabilidad moral de las tribus que practican canibalismo), ya que se trata de una costumbre ancestral en la que han sido educados todos los miembros de la tribu, cuyas normas morales no contemplan dicha costumbre como algo malo, sino al contrario. Para un relativista, por tanto, no podemos juzgar moralmente ese hecho desde nuestras ideas éticas; a lo más que podemos aspirar es a intentar convencer a los miembros de esa tribu de los efectos nocivos que posee dicha práctica con el fin de que la abandonen por su propio convencimiento.

En cambio, para los defensores del intuicionismo moral, de alguna manera los indígenas deben intuir que esa costumbre no se ajusta a las normas morales innatas de los seres humanos. Si esa tribu la practica es por costumbre y tradición, es decir, por algunos motivos culturales que la justifican, a la vez que aportan razones para ‘convencer’ a los miembros de esa sociedad de que dicha práctica debe seguir realizándose, bien sea por motivos religiosos, de culto, o de cualquier otra índole.

Si tú tuvieras que juzgar moralmente esa conducta, optando por una de las dos interpretaciones anteriores, ¿por cuál te decantarías y por qué?

 


 

 

En una votación en el Parlamento sobre si instaurar o no la pena de muerte en las leyes del Estado, debes decidir si votas a favor o en contra de ella. Como tienes dudas de conciencia, la noche anterior relees algunos libros de ética, concretamente las teorías de diversas escuelas que defienden algún tipo de intuicionismo moral.

Después de reflexionar largamente sobre lo que puedes percibir intuitivamente acerca de la moralidad o inmoralidad de la pena de muerte. ¿Qué votarías?

 


 

 

En España, el caso más famoso y más polémico sobre la Razón de Estado fue el caso GAL. Como sabrás seguramente, el Ministerio del Interior (así lo entendieron los jueces, ya que condenaron por ello al ministro y al subsecretario de Estado) creó y financió un grupo parapolicial que se dedicó a cometer atentados contra miembros y simpatizantes de ETA en el sur de Francia. Las consecuencias fueron varios etarras asesinados, aunque también murieron algunos inocentes a causa de errores cometidos por el GAL. Como es lógico, este grupo contó con la complicidad de la policía y los poderes públicos españoles, quienes invocaron en secreto la Razón de Estado para tratar de justificar estos actos.

La opinión pública española quedó dividida en este tema. Hubo quienes apoyaron abiertamente al GAL (justificando que su fin era bueno: acabar con el terrorismo de ETA); quienes rechazaron radicalmente tales métodos al considerarlos inequívocamente inmorales, y quienes llegaron a decir que ellos estaban a favor de las acciones del GAL, pero que las hubieran hecho con mucha mayor profesionalidad (con el fin de haber evitado la muerte de inocentes y que al final se descubriera quiénes habían participado en el GAL).

Si tú te tuvieras que manifestar al respecto, ¿a qué opinión de la tres anteriores te sumarías y por qué razones?

 


 

 

Existe un tipo de relativismo moral, muy extendido entre todos nosotros, que no se cuestiona teóricamente los fundamentos de la moralidad, sino que se limita a aplicarse en casos concretos, según sea la finalidad que mueve nuestros actos. Inspirándonos en él, tendemos a ‘relativizar’ el supuesto valor universal de las normas morales, es decir, a establecer excepciones a la regla siempre que pensamos que esas excepciones pueden beneficiarnos.

Por supuesto que, habitualmente, no aceptamos esas excepciones sin más, sino que solemos justificarlas en ‘ciertas’ razones mediante las que buscamos -por decirlo de alguna manera- una ‘coartada’ para nuestros actos.

Pongamos dos ejemplos concretos de situaciones que probablemente se te hayan presentado alguna vez en tu vida cotidiana:

a) Es probable que habrás oído a algún compañero tuyo -o tal vez tú mismo lo hayas pensado- que emborrarse un poco está bien, si con ello se vence la timidez y uno se puede divertir a lo grande e incluso ligar gracias a esa desinhibición. De esa manera (siempre que los fines sean buenos para uno mismo), se justifica la embriaguez, lo que no sucedería en otros casos; por ejemplo, emborrarse para tener valor antes de cometer ciertos actos violentos gratuitos.

b) Muchas personas ‘piratean’ discos o programas informáticos, aun a sabiendas de que esa práctica está prohibida y que moralmente es reprobable (atenta contra los derechos intelectuales de sus creadores y contra los derechos económicos de las empresas). Sin embargo, tendemos a justificar nuestros actos diciéndonos que esas empresas ya ganan suficiente dinero, o convenciéndonos de que nosotros no tenemos recursos económicos y que, por tanto, sólo así podemos acceder a esos productos (es decir, justificamos nuestra acción ‘por motivos de necesidad’), a los que consideramos productos culturales, cuyo acceso debería ser libre para todos.

Frente a esas dos actitudes ‘relativistas’ (admitir excepciones sólo porque nos benefician), los rigoristas morales defenderían las siguientes actitudes:

- Emborrarse es malo siempre, porque se pierde la voluntad y nuestra libertad queda disminuida. Por tanto, no debemos hacerlo nunca, ni aunque con ello ganásemos algo placentero o simplemente útil para nosotros.

- ‘Piratear’ es robar, puesto que nos apropiamos de derechos de otros. Si no tengo recursos económicos suficientes para acceder a esos productos, debo conformarme con mi situación y no tratar de justificar con ese argumento la ejecución de un acto inmoral.

Frente a esas dos formas de entender la moral, ¿con cuál te identificas y en qué razones basas tu elección?

 


 

 

El historiador griego Herodoto refiere un hecho sucedido en la corte del emperador persa Darío. Al parecer, éste preguntó a unos griegos si estaban dispuestos a comerse el cadáver de su padre en el caso de que les ofreciese por dicho acto una suma elevada. Los griegos respondieron, indignados, que ni todo el oro del mundo sería suficiente para que ellos hiciesen tal acto.

A su vez, y delante de los mismos griegos, preguntó a unos habitantes de la India -cuyas costumbres especificaban que a la muerte de sus progenitores debían celebrar un banquete con su carne- que cuánto oro tendría que pagarles para que accediesen a quemar el cadáver del difunto (costumbre griega para honrar a los antepasados), a lo que gritaron enardecidos que jamás harían tal cosa.

Como ves, se trata de un caso de relativismo cultural: lo que es correcto para los griegos, a los indios les parece una monstruosidad, y viceversa. El filósofo francés Montaigne cita este caso para señalar que la ética no puede fundamentarse en las costumbres sin más, ya que muchas de éstas son absurdas y no se encuentran fundadas en ningún tipo de racionalidad moral.

Muchos autores han señalado que el relativismo ético es irracional, porque no podemos decir, sin más, que todas las costumbres sociales (que son las que determinan lo que es bueno y malo en muchas sociedades) son semejantes desde un punto de vista moral y que, por tanto, debemos abstenernos de juzgarlas moralmente cuando se trata de costumbres diferentes a las nuestras.

Volvamos al experimento de Darío. ¿Hubieras aceptado una fortuna en oro por comerte el cadáver de tu padre en el caso de haber sido griego? ¿Y a quemarlo habiendo sido indio? Desde un punto de vista racional, ¿te parecen ambas costumbres arbitrarias o crees que una de ellas es más ‘lógica’ que la otra?

En el caso de que pienses esto último ¿crees que existe para ello otra razón que la puramente cultural y educacional, es decir, existe alguna razón natural que haga preferir un hecho al otro? ¿Cuál y por qué? Si piensas que ambas costumbres son arbitrarias, ¿por qué no aceptarías -en el caso de que esa haya sido tu respuesta anterior- comerte el cadáver de tu padre?

 


 

 

Se ha dicho muchas veces que el utilitarismo clásico no es más que un hedonismo social, puesto que busca la felicidad en la obtención de placer (beneficios, satisfacción de necesidades superfluas, etc.) para una mayoría social.

Sin embargo, a veces lo que es útil para la mayoría y provoca felicidad social puede ser malo para minorías, que se ven perjudicadas puesto que las líneas de actuación de los gobiernos buscan, por regla general, satisfacer al máximo número de ciudadanos con el objetivo de obtener votos electores en el futuro, votos que no garantizan, como es lógico, las minorías.

Imagínate que un Estado la mayoría de ciudadanos pagan altos impuestos; con ellos el gobierno lleva a cabo políticas sociales que ayudan a las minorías que se encuentran en desigualdad económica o social a alcanzar una mayor igualdad. Sin embargo, un día el gobierno, ante las malas expectativas de voto en unas elecciones próximas, decide contentar a la mayoría y para ello baja significativamente los impuestos, con lo cual se sentirán felices muchos ciudadanos. Como es lógico, simultáneamente decide rebajar la ayuda a los programas de lucha contra la desigualdad, ya que no posee recursos suficientes para seguir financiándolos.

Si tú fueras uno de los ciudadanos más beneficiado con la bajada de impuestos propuesta por el gobierno, ¿decidirías votar por él? ¿O votarías por otras opciones políticas que favoreciesen la ayuda social aunque tú salieras perjudicado económicamente?

 


 

 

Es muy conocida la frase de Stuart Mill, a propósito de defenderse de las críticas de su teoría utilitarista: "Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho, es mejor ser Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho".

Lo que está intentando decir Stuart Mill es que el utilitarismo no puede ser tan ciego que base en la cantidad de placer únicamente el criterio de la felicidad social y de la bondad o maldad de nuestras acciones. De ahí que él -a diferencia de Bentham- particularmente insistiera en la existencia de placeres objetivamente superiores (como los que hacen referencia al bienestar social, a la sabiduría, etc.) a otros placeres corporales y de satisfacción individual (como el placer sexual).

En la frase que arriba hemos citado, los términos de la comparación son tan extremos (hombre y cerdo, por un lado; Sócrates y loco, por otro) que no cabe duda acerca de lo que elegiríamos nosotros. Sin embargo, y siguiendo un criterio utilitarista personal, habría muchas elecciones dudosas, ya que no sabríamos muy bien cuál de los dos términos elegir.

Por ejemplo, si tú te vieras en el dilema de preferir una u otra opción de las dos siguientes, por cuál te decantarías y por qué:

No sé si es mejor ser una persona que se esfuerza toda la vida en alcanzar conocimientos y que vive con limitados medios económicos, o una persona que se dedica a los negocios y cuya vida está llena de lujos y bienes.

 


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