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Proviene del latín; de alter: otro. Fue un neologismo introducido por el filósofo francés del siglo XIX A. Comte, para quien significaba ‘amor a la humanidad’. Hoy día se designa con ese término la tendencia a actuar desinteresadamente en beneficio de los demás, aun a costa de perjudicarnos a nosotros mismos. Por ejemplo, una conducta altruista es la de muchos voluntarios de ONG que dedican sus esfuerzos profesionales a trabajar desinteresadamente en beneficio de personas marginadas. Desde el campo de la biología, la teoría de la evolución de Darwin y los neodarwinistas no ha conseguido todavía dar una explicación puramente biológica del altruismo (existen, sin embargo, algunas teorías como la del gen egoísta o las de la sociobiología, para quienes el altruismo es una forma encubierta de egoísmo biológico). Por ello, la mayoría de especialistas considera que el altruismo humano es fruto de la educación y una condición fundamental para vivir en sociedad.
Una colonia es un territorio o país ocupado por un Estado extranjero que lo administra política y económicamente. Cuando hablamos de colonización nos referimos al proceso histórico mediante el que las naciones europeas se anexionaron amplios territorios en el resto de continentes, incorporándolos a su dominio y explotándolos económicamente. El término descolonización expresa el proceso a través del cual estos territorios colonizados fueron alcanzando su independencia como Estados y, por tanto, su soberanía. Las razones por las que las potencias europeas se anexionaron esos territorios fueron fundamentalmente económicas: búsqueda de materias primas y obtención de mano de obra barata. Los colonizadores utilizaron la fuerza y el imperialismo para someter a la población aborigen (originario del territorio donde vive), la cual mayoritariamente fue excluida de sus derechos y marginada social y culturalmente. De esa manera acabaron con las formas tradicionales de vida de esas poblaciones, provocando un fenómeno de desenraizamiento. Sólo admitieron en la administración pública o en puestos dirigentes de empresas privadas a pequeñas élites de aborígenes, que cumplieron funciones de capataces o administradores. Los colonialistas llevaron a cabo una campaña sistemática de expolio económico, que se basó especialmente en la explotación abusiva de las materias primas y del trabajo de los aborígenes, la escasísima inversión en infraestructuras, la marginación cultural de los colonizados y la inversión de casi todos los beneficios que les proporcionaba esa explotación en Europa o en otros lugares diferentes a la colonia. De esa manera, se contribuyó al subdesarrollo de las colonias y a la suplantación de su cultura originaria por formas inferiores de la cultura europea.
De los términos griegos ‘demo’ (pueblo, población) y ‘grafía’ (descripción, recuento). Ciencia cuyo objeto de estudio es el recuento y análisis estadístico de una colectividad humana, bien en su estado actual, bien desde la perspectiva de su evolución histórica. La demografía no se limita sólo a establecer datos estadísticos, sino que también realiza valoraciones sobre el impacto de la población humana en el medio ambiente o en el conjunto de una sociedad determinada. Suele ser utilizada como herramienta auxiliar por otras disciplinas como la Sociología o la Historia.
Aunque es un término no admitido por la Real Academia Española, que prefiere el uso de ‘desarraigo’, la moderna sociología lo utiliza con frecuencia para referir el proceso que sufrieron los pueblos colonizados a los que les fueron impuestos los modos de vida, las costumbres y las técnicas económicas de las potencias que los colonizaron. Esa imposición cultural afectó a sus formas tradicionales de vida. Así, las nuevas generaciones nacieron en un medio donde su cultura histórica era relegada frente a la cultura del colonizador, lo que provocó en ellas un desenraizamiento, es decir, un progresivo desconocimiento de sus tradiciones. El imperialismo económico también está provocando en nuestros días fenómenos de desenraizamiento, con la imposición de modas y gustos universales entre la población juvenil que van relegando paulatinamente las costumbres y tradiciones de cada país en concreto. El nuevo orden económico de la globalización está acentuando esta tendencia.
Un desposeído es alguien a quien han expoliado o quitado algo que le pertenecía legítimamente por su propia condición de sujeto portador de derechos humanos. En ese sentido, usurpador es el que se apropia de lo que no es suyo y lo retiene en contra de la voluntad del desposeído. La historia de la humanidad está llena de actos de agresión y violencia contra pueblos y personas a los que se expropió su patrimonio, su libertad e incluso su propia vida. Las colonizaciones y las guerras de conquista son buenos ejemplos de ello. También es frecuente que determinados sistemas políticos (dictaduras, regímenes totalitarios...), ciertas clases sociales dominantes o los representantes de algún tipo de poder corrompido, se apropien de derechos que corresponden a otras personas con el fin de ejercer sobre ellos una explotación política, económica o de otra índole. La justicia y la moral exigen la restitución de lo apropiado como forma de garantizar el respeto a la dignidad humana en todas las circunstancias.
Se entiende por egoísmo la tendencia a considerar los intereses de uno mismo por encima de los de los demás, buscando siempre la propia satisfacción aun a costa de los otros. El egoísmo se manifiesta en actuar siempre en nuestro propio beneficio sin reparar en si esas acciones son justas o injustas desde el punto de vista moral. Es antónimo de altruismo. A lo largo de la historia del pensamiento se ha discutido con asiduidad acerca de si la naturaleza humana muestra una tendencia hacia el egoísmo o no. Desde una perspectiva biológica, no existe duda de que los organismos, en razón de su lucha por la supervivencia y determinados por la selección natural, muestran conductas egoístas. Sin embargo, los seres humanos han conseguido alterar las puras leyes evolutivas a través de la cultura y el pensamiento, por lo que se discute si la educación, el aprendizaje y la vida en sociedad son capaces de alterar las tendencias genéticas hacia el egoísmo. De lo que no existe duda es de que el ser humano lleva a cabo numerosas conductas altruistas y solidarias, pero los científicos se plantean si es por propia voluntad y convencimiento o si lo hace porque sus instintos primarios han sido condicionados (reprimidos) por los procesos de socialización llevados a cabo a través de la educación durante su etapa infantil. En la historia de la filosofía, el debate más conocido sobre el carácter egoísta o no del ser humano fue el planteado por los filósofos del Contrato social, Hobbes y Rousseau. Para el primero, el egoísmo caracteriza al hombre en su estado natural, por lo que la sociedad debe reprimir esas tendencias mediante un poder absolutista que castigue las tendencias hacia el egoísmo con el fin de poder vivir en sociedad. Para Rousseau, en cambio, el hombre en estado natural es bueno y no siente ninguna inclinación hacia el egoísmo. Según él, éste surgirá a lo largo de la historia humana, concretamente con el nacimiento de la propiedad privada.
Una persona es considerada esclava cuando su libertad no le pertenece, sino que se encuentra en manos de otro. Un esclavo, pues, no posee derechos a la propiedad ni a su libertad. La Declaración Universal de los Derechos Humanos condena expresamente la esclavitud. Sin embargo, en algunos países asiáticos y africanos existen formas encubiertas de esclavitud. En otros Estados, aunque legalmente está abolida, se dan diversas formas de explotación económica y personal que pueden considerarse como prácticas semiesclavistas.
Se entiende por explotación el obtener beneficio desproporcionado e ilegítimo desde el punto de vista moral a costa del trabajo o las carencias de otros. La más frecuente de las explotaciones es la económica, la cual se produce de distintos modos: - Explotación del trabajo ajeno: según el marxismo, se produce fundamentalmente en los sistemas capitalistas. Consiste en obtener plusvalías del trabajo asalariado, haciendo que el obrero produzca muchos más recursos que los que destina el capitalista a pagar su salario. De esa manera, los beneficios repercuten en el dueño de los medios de producción, el cual los obtiene de la explotación laboral del trabajador. Según Marx, a través de este proceso se produce la alienación del proletario. - Explotación de recursos naturales de países no desarrollados, actitud tradicional del colonialismo, el cual expolió las riquezas de los países colonizados sin invertir a cambio en infraestructuras, educación, sanidad, agricultura, etc., en dichos países. Esta explotación de recursos ha dejado a las naciones colonizadas en la más absoluta pobreza, mientras ha contribuido a incrementar las riquezas de los países colonialistas. - Explotación de minorías o grupos sociales desfavorecidos: frecuente en muchos Estados, incluso del mundo industrializado. Colectivos como los de las mujeres, la infancia, los inmigrantes, etc., reciben menor salario por idéntico trabajo al realizado por otros grupos de población. Existen otros modos de explotación humana, como pueden ser el trabajo infantil, la esclavitud, la segregación racial, la negación de derechos a la mujer en muchos Estados, etc. Como es obvio, cualquier tipo de explotación en una sociedad revela la existencia de desigualdades sociales, ya sean de índole económica, ya sean de diferente trato por parte de los poderes públicos a los diversos grupos sociales. Desde la concepción ética, no existe ninguna justificación teórica o práctica de la explotación sobre las personas.
El diccionario de la Real Academia Española lo define como "actitud y doctrina de un Estado o nación, o de personas o fuerzas sociales o políticas, partidarios de extender el dominio de un país sobre otro u otros por medio de la fuerza o por influjos políticos y económicos abusivos". El imperialismo militar ha sido una constante a lo largo de la historia humana. Las guerras de conquista y saqueo existen desde prácticamente el inicio de la humanización. Las consecuencias de ese imperialismo han sido guerra, violencia, expolio..., pero también gracias a él fueron extendiéndose la civilización y la cultura, y se produjeron intercambios científicos y espirituales entre los pueblos de la tierra. Esos efectos positivos no deben hacernos olvidar que el imperialismo representa una actitud inmoral porque justifica el dominio de unos hombres y unos pueblos sobre otros hombres y pueblos distintos. Con el paso del tiempo, y sobre todo desde las últimas décadas del siglo XX, el imperialismo militar ha ido remitiendo, aunque está siendo sustituido por otro tipo de imperialismo, menos violento pero igualmente explotador. Es el llamado imperialismo económico, mediante el cual unas pocas empresas multinacionales tienen en sus manos un poder económico y comercial tan grande que controlan las tendencias y la dirección de la economía mundial.
Adjetivo derivado del nombre del ensayista británico Th. Robert Malthus (1766-1834), autor del famoso Ensayo sobre el principio de la población, donde estableció como una ley de la naturaleza "la tendencia constante de todos los seres vivos a multiplicarse más rápidamente de lo que permite la cantidad de alimento de que disponen". Según el principio de Malthus, la tendencia hacia la superpoblación humana es imparable, lo que traerá graves consecuencias medioambientales puesto que los recursos de la tierra son limitados. Fue el primero en plantear científicamente este problema, y para solucionarlo propuso medidas estatales sobre el control de la natalidad. De ahí que el adjetivo ‘malthusiano’ designe a los partidarios de dichas medidas.
Se entiende por pobreza el carecer de los recursos necesarios para tener garantizada una existencia digna en lo material. Hablamos de pobreza extrema cuando esa falta de recursos afecta a las condiciones mínimas para asegurar la propia existencia (hambre, ausencia de hogar o de medicinas, etc.). Y llamamos pobreza relativa a aquella que, aun teniendo garantizadas las condiciones vitales, carece de medios para satisfacer algunos de sus derechos económicos básicos (un salario digno, acceso a la educación y a la sanidad, etc.). La pobreza puede ser social o individual. En el primer caso, hablamos de países pobres o subdesarrollados (los llamados países del Tercer Mundo). En el segundo caso, se dan bolsas de pobreza dentro de países ricos, que afectan fundamentalmente a las clases sociales o colectivos más desfavorecidos (analfabetos, minorías étnicas, inmigrantes, etc.). Por ejemplo, según un informe reciente elaborado por Cáritas española, en nuestro país existen más de ocho millones de pobres, entendiendo por tales a los que no alcanzan un salario mínimo necesario para asegurar la dignidad material de la existencia.
Entendemos por solidaridad el sentimiento de compartir con todos los demás seres humanos los mismos derechos y obligaciones, sintiéndonos por ello unidos a los demás y quedando obligados moralmente a trabajar colectivamente en beneficio de nuestra sociedad y también de toda la humanidad. El concepto de ‘solidaridad’ procede originariamente del Derecho romano. En éste existía una norma según la cual, y en determinadas circunstancias, un colectivo podía ser declarado responsable de la actuación de uno de sus miembros, a la vez que cada uno de ellos tenía igualmente responsabilidad sobre las acciones realizadas por el grupo en común. Ya desde los primeros tiempos de la filosofía se discutió sobre si era natural o no ese sentimiento de solidaridad, sentimiento que se consideraba imprescindible para vivir en sociedad. Mientras que algunos filósofos (como el sofista Gorgias, por ejemplo) mantuvieron que el hombre se guiaba por la ley del más fuerte (egoísmo), otros como Aristóteles insistieron en que el hombre era un animal social por naturaleza, sociabilidad que implicaba la existencia natural de lazos solidarios entre los humanos. El cristianismo insistiría en esta última dirección: el amor al prójimo (altruismo) estaba por encima del amor a uno mismo, y por ello ésa era la ley más importante de los Evangelios. Los filósofos sociales de los siglos XIX y primera mitad del XX (Comte, Durkheim, etc.) dedicaron numerosos estudios al altruismo, y algunos de ellos distinguieron entre solidaridad de hecho y solidaridad de derecho. La primera procede de los vínculos que unen al individuo con su pasado y con su propia sociedad (familia, cultura, tradiciones...), mientras que la segunda sería la obligación ética (posteriormente recogida por el derecho) de obrar siempre en beneficio de la humanidad. Otros autores han establecido otras clasificaciones de la solidaridad. Se habla así de solidaridad primaria (la que se ejerce en círculos afectivos como la familia, la amistad, el sentimiento de pertenecer a una nación, etc.) y la solidaridad secundaria (la que ejercemos en favor de individuos que no pertenecen directamente a esos círculos afectivos). Influidas por las críticas del marxismo y el anarquismo a las desigualdades sociales y económicas propiciadas por el sistema capitalista, ciertas ideologías políticas del siglo XX -como el socialismo, la socialdemocracia, etc.- hicieron de la solidaridad social una de sus señas políticas. Esa solidaridad debía ser fomentada por el Estado a través de una fiscalidad redistributiva, es decir, que las clases pudientes pagasen altos impuesto para que el Estado favoreciera con ellos a las clases más desfavorecidas. Su idea, por tanto, consistía en que el Estado ejerciese la solidaridad que individualmente no se ejercía. En nuestros días, la solidaridad se ha convertido en uno de los valores más importantes, por cuanto ha crecido la conciencia de que la humanidad debe ser considerada como un conjunto de seres con iguales derechos y obligaciones para con los demás.
El término subdesarrollo alude a un estadio económico, social y cultural de retraso tecnológico y de pobreza generalizada. Los países que lo sufren viven en condiciones de pura subsistencia, siendo el hambre, las epidemias y la ausencia de medios materiales que garanticen una existencia digna, algunas de sus señas de identidad. Los países subdesarrollados presentan las siguientes características socioeconómicas: - Renta per cápita (la renta nacional dividida por el número de habitantes) muy baja, lo que no garantiza unas condiciones mínimas de subsistencia. - Carencia casi absoluta de industrialización. - Falta de infraestructura básicas para garantizar el desarrollo económico (carreteras, hospitales, electricidad, educación, transportes, medios de comunicación, etc.). - Agricultura rudimentaria en la que no existe prácticamente mecanización. - Analfabetismo generalizado. - Condiciones sanitarias y de higiene pésimas. - Sistemas políticos poco democráticos, con la existencia de élites económicas que controlan el poder. - Desigual reparto de la riqueza, puesto que una minoría controla la práctica totalidad de recursos económicos, cuando no son empresas multinacionales que gozan de la complicidad de los dirigentes políticos locales. El origen del subdesarrollo obedece a diversas causas. Entre ellas, la más importante tal vez sea la colonización -tanto de territorios como de sus riquezas- que llevaron a cabo los países europeos, fundamentalmente a partir del siglo XVIII. A lo largo del siglo XX, y tras la finalización de las descolonizaciones promovidas por los organismos internacionales, fue surgiendo en el mundo desarrollado la sensación de injusticia histórica cometida con esas naciones. Y se hizo evidente -como forma de reparar en parte esa injusticia- la necesidad de promover mecanismos de ayuda para que esos países pudieran escapar al subdesarrollo. Sin embargo, en muchos casos, esas buenas intenciones no lograron concretarse en una economía solidaria entre todas las naciones de la tierra. Al revés, la revolución tecnológica ha contribuido a agravar más la desigualdad entre países ricos y pobres, a pesar de los esfuerzos de la ONU, las ONG y otros organismos internacionales. Hoy en día, la ayuda al desarrollo sigue siendo una de las asignaturas pendientes del mundo industrializado. Según los expertos, ésta debe consistir básicamente en el siguiente conjunto de medidas: - Ayudas económicas para la creación de infraestructuras (inicio de la maquinización agrícola, construcción de industrias que atiendan los servicios básicos de la población, etc.). A diferencia de lo que sucede en muchas ocasiones, los expertos recomiendan no proporcionar alimentos, medicinas o instrumentos gratis a estos países (salvo en casos de necesidad inmediata) -puesto que esas donaciones los convierten en dependientes-, sino que se trata de invertir en la creación de un tejido industrial y agrícola que les permita ser autónomos en el futuro y dirigir por ellos mismos su propio desarrollo. - Educación, puesto que sólo mediante políticas educativas podrán formarse nuevas generaciones para el trabajo industrial y especializado, además de contribuir a su desarrollo cultural como personas. - Limitaciones económicas a la actuación de las empresas multinacionales que explotan algunos de sus recursos o materias primas, de tal manera que se les obligue a invertir una gran parte de sus beneficios en el proceso de modernización tecnológica del país. - Ayuda sanitaria para terminar con las epidemias y las enfermedades, así como establecer un control de natalidad en aquellos países que poseen superpoblación, pues la existencia de ésta es un lastre para su desarrollo económico. Además, contribuyendo a la creación de riqueza en el mundo subdesarrollado, podría limitarse el efecto de unos de los más graves problemas sociales de nuestros días: la existencia de un flujo migratorio incontrolable de personas que huyen de la pobreza y tratan de introducirse en los países ricos como inmigrantes clandestinos.
La superpoblación es la abundancia en el número de ejemplares de una especie. Por regla general, se suele designar con ese término casi exclusivamente a la superpoblación humana, una de las cuestiones que más preocupan actualmente a pensadores, científicos y políticos del mundo entero. Las mejoras en las condiciones materiales de vida (aunque muchas partes del planeta sigan en el subdesarrollo), los avances en la medicina y los éxitos en el combate de las grandes plagas de la antigüedad (aunque continúen activas en muchas zonas de la tierra enfermedades tan graves como la malaria, el SIDA y otras), el desarrollo tecnológico, los avances en la educación, etc., han fomentado -cuanto menos en amplias zonas del planeta- un aumento del nivel medio de vida y un descenso en la mortalidad juvenil e infantil en términos globales. Eso ha propiciado un aumento vertiginoso de la población humana. Se calcula que en la actualidad cerca de 6.200 millones de personas poblamos la tierra. La tasa anual de crecimiento mundial se encuentra en el 1,2 %, lo que representa aproximadamente un aumento de 80 millones de personas al año. Ese crecimiento, sin embargo, no se reparte por igual entre las diferentes zonas del mundo. Los países desarrollados crecen alrededor del 0.2 %; los menos industrializados, el 1.5 %; mientras que los subdesarrollados alcanzan el 2.5 % por año. Con esos datos, teniendo en cuenta además los nuevos avances científicos y médicos que a no dudar aumentarán la esperanza media de vida en los países desarrollados, y contando igualmente con un crecimiento proporcional y no aritmético de la población mundial, se calcula que la población mundial rondará en el 2050 entre una cifra mínima de 7.900 millones y una máxima de 10.900 millones (cálculos efectuados por organismos dependientes de la ONU). El principal problema de la superpoblación es el de la limitación de recursos naturales. Si continuamos creciendo a este ritmo, el medio ambiente se deteriorará irreversiblemente, puesto que ya en la actualidad comienza a encontrarse sobre explotado, lo que se incrementaría notablemente con un aumento excesivo de la población humana. De ahí que sea prioritaria una política mundial orientada a frenar ese avance de población. Se trataría de establecer medidas sobre control de natalidad, de llevar a cabo campañas educativas y concienciadoras en zonas subdesarrolladas o escasas de alfabetización, de invertir importante sumas de dinero en proporcionar medios anticonceptivos a los países pobres, etc., con el fin de intentar frenar ese crecimiento incontrolado. La superpoblación está provocando igualmente graves problemas sociales en nuestro mundo. Por ejemplo, la imposibilidad de salir de la pobreza que sufren los países subdesarrollados si continúan creciendo demográficamente, o los conflictos de integración de los inmigrantes en el mundo desarrollado, el cual se ve incapaz de frenar el éxodo de inmigrantes ilegales que tratan de entrar en él huyendo de la pobreza.
Hace ya algunas décadas los sociólogos acuñaron la expresión ‘Tercer Mundo’ para designar con ella al conjunto de los países subdesarrollados. Curiosamente el término surgió como consecuencia de la Guerra Fría que mantenían los Estados capitalistas occidentales contra los Estados comunistas. En aquella época se utilizaba la expresión ‘Primer Mundo’ para referirse a los países capitalistas desarrollados, mientras que el ‘Segundo Mundo’ estaba representado por los países comunistas, con la Unión Soviética a la cabeza. Por eso, el Tercer Mundo era el formado por aquellas naciones que padecían graves problemas de pobreza y que no participaban directamente de la política de enfrentamiento ideológico entre los bloques capitalistas y comunistas. Sin embargo, ese hecho no impidió que en el territorio de algunos de estos países se produjesen enfrentamientos entre facciones partidarias del capitalismo, que recibían apoyo occidental, y grupos revolucionarios financiados por los sistemas comunistas. Con el paso del tiempo, se acuñó una nueva expresión para referirse a la desigualdad económica entre países ricos y pobres: la denominación Norte-Sur, puesto que la mayoría de países desarrollados se encuentran en el hemisferio norte y la mayoría de subdesarrollados en el hemisferio sur. Algo más de dos tercios de los habitantes del planeta viven en la actualidad en el llamado Tercer Mundo.
El trabajo infantil consiste en las tareas laborales que llevan a cabo niños o menores que no han alcanzado la edad legal para poder trabajar. En la mayoría de países desarrollados, el trabajo infantil está expresamente prohibido por las leyes vigentes, aunque es frecuente que dicha prohibición no sea respetada íntegramente por el conjunto de la población. Por ejemplo, en España la edad mínima para incorporarse al mercado laboral es de 16 años, quedando expresamente prohibida la contratación de menores salvo en casos especiales (p.e.: la contratación de un niño para rodar una película) donde el trabajo del menor no implique una merma de sus derechos a la educación, y siempre que se cuente con autorización paterna y el trabajo no exceda de un tiempo controlado. Ahora bien, según UNICEF, cerca de 100.000 menores sufren explotación laboral no reconocida en nuestro país. El trabajo infantil se da principalmente en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. En muchos de ellos se produce sistemáticamente una explotación laboral de menores, los cuales trabajan durante jornadas agotadoras por salarios bajísimos, claramente inferiores a los ganados por personas adultas. El trabajo infantil conlleva, además, el abandono de la escuela por parte de los menores trabajadores, lo que repercute irremediablemente en su futuro profesional, ya que se ven privados del acceso a una formación cultural y profesional que les permita salir de la pobreza. Los que se benefician del trabajo infantil son las empresas que los explotan. Así, obtienen grandes rendimientos de su trabajo a cambio de un salario ínfimo, además de evitarse los costes de los seguros sociales y de sus cotizaciones a la hacienda pública, ya que prácticamente todo el trabajo infantil se produce ilegalmente o en situaciones jurídicas de total desamparo para los menores.
Una de las formas de participación social más solidarias es la del voluntariado. Se entiende por tal a la persona que, libremente y sin buscar gratificación económica alguna, aporta su trabajo, sus recursos económicos o sus habilidades al servicio de los más necesitados socialmente. Mayoritariamente las organizaciones humanitarias y las ONG se nutren de voluntarios, quienes con su dedicación altruista colaboran en la resolución de problemas que afectan a la pobreza, la desigualdad, la marginación, etc. La existencia del voluntariado se remonta a muchos años atrás, cuando organizaciones humanitarias (como la Cruz Roja, por ejemplo) se nutrieron básicamente de personas que desinteresadamente colaboraron con ellas. Antiguamente, el voluntariado poseía, en muchos casos, un carácter religioso, siendo frecuente que monjes o seglares tocados por la fe se ofrecieran para cuidar enfermos, trabajar para la comunidad, etc., sin recibir a cambio ningún salario, únicamente por el mandato religioso de ayudar a los necesitados. En los últimos años, el voluntariado ha crecido enormemente en las sociedades contemporáneas, tal vez por la aparición de una nueva conciencia solidaria, tal vez por la difusión a través de los medios de comunicación de los problemas sociales de nuestro mundo y de la labor que las ONG y otras instituciones llevan a cabo para remediarlos.
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