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Sistema económico cuyo origen se remonta a los siglos XVII y XVIII, pero que se desarrolló y evolucionó fundamentalmente durante los siglos XIX y XX. En la actualidad, la gran mayoría de países del mundo posee estructuras económicas capitalistas (salvo unos pocos donde aún se mantiene el comunismo y un conjunto de países subdesarrollados que todavía conservan estructuras de trueque y régimen económico de autosuficiencia y aislamiento comercial). El capitalismo se caracteriza esencialmente por la defensa de la propiedad privada y de la libertad de empresa (cualquier ciudadano puede fundar una), por la libre competencia, la libertad de precios y de contratación de trabajadores, y por el papel protagonista de los particulares en la marcha de la economía, reduciéndose la intervención del Estado en los mercados nacionales a la regulación de un conjunto mínimo de medias que hagan posible ese intercambio entre particulares. La producción, los precios, la creación de empresas, los salarios, la contratación laboral y otros indicadores económicos, están regulados por la libre competencia entre las empresas y por la ley de la oferta y la demanda. Sin embargo, el capitalismo no se aplica del mismo modo en todos los Estados. Existen diferentes tipos de capitalismo, según sea la intervención de los poderes públicos en las estructuras económicas de un sistema. Por ejemplo, el capitalismo liberal, caracterizado por una intervención estatal mínima, o el capitalismo de corte socialdemócrata (estado del bienestar), donde los poderes públicos intervienen con una serie de medidas sociales para redistribuir la riqueza entre las diferentes clases sociales. Desde un punto de vista ético, se ha criticado al capitalismo que su móvil sea esencialmente la obtención de beneficios económicos para los poseedores de capital (empresarios), anteponiendo tal fin a otros criterios más igualitarios como la solidaridad social y el reparto equitativo de la riqueza producida. Sus partidarios, en cambio, afirman que históricamente el capitalismo ha demostrado ser el sistema económico más eficiente (sus alternativas, como el comunismo, se han revelado mucho menos productivas), ya que la individualidad y la búsqueda de beneficios personales acelera, de una manera evidente, la actividad y la producción económicas. Además, dicen, parte del beneficio obtenido por las empresas revierte en el conjunto de la población, mediante unos salarios y un nivel de vida cada vez más altos.
Tendencia al consumo dictado por la publicidad y la moda. En ocasiones, el consumista se convierte en enfermo, en una persona impulsiva que no puede dejar de comprar, lo que provoca graves alteraciones en su conducta social y afectiva. En general, el término posee un sentido peyorativo, y se alude con él al mecanismo de dependencia de una persona con respecto a la necesidad de acumular bienes y servicios, la mayoría de los cuales le resultan innecesarios. El consumismo, además, provoca insatisfacción al no colmarse nunca el deseo de poseer. Puesto que resulta imposible adquirir todo aquello que se desea, el consumista se siente insatisfecho y ansioso. Se trata de una conducta favorecida por la publicidad, los medios de comunicación (que suelen mostrarnos habitualmente a los triunfadores sociales) y las técnicas de ventas de las grandes empresas productoras.
Nombre popular -y muy extendido- con el que se conoce lo que los economistas llaman técnicamente el Sector Informal de la Economía. Con él se designa al conjunto de todas las actividades productivas y de todos los trabajadores que las llevan a cabo, quienes no cotizan a la Seguridad Social ni declaran a Hacienda sobre esas actividades económicas y laborales. De ahí que se hable de economía sumergida, ya que esas actividades no emergen al conocimiento público de las instituciones estatales. El economista peruano Hernando de Soto la definió como "el conjunto de actividades económicas que, aunque no cumplen con las regulaciones oficiales, no engloban actos criminales". Las causas que llevan a muchas personas a trabajar en la economía sumergida son múltiples: dificultades administrativas y burocráticas para legalizar su situación, imposibilidad de encontrar empleo en el sector formal (legalizado) de la economía, abuso y fraude de productores y empresarios que no desean abonar impuestos, estrategias económicas de supervivencia, etc. Algunos de los rasgos generales que caracterizan a la economía sumergida son: - Empresas de economía familiar, generalmente de escasa producción. - Los recursos económicos familiares dependen exclusivamente de esa actividad. - Trabajo intensivo, generalmente de escasa calidad técnica. - Baja formación cultural y educativa de los trabajadores. - Los colectivos más implicados en la economía sumergida son mujeres y niños. - Empresas legales que subcontratan mano de obra ilegal, con el fin de evitarse las cotizaciones a la Seguridad social y el coste de los derechos laborales de sus empleados. Además, el salario que abonan por el trabajo sumergido está muy por debajo del establecido en el mercado laboral. - Actividades criminales (como el tráfico de droga, la falsificación de marcas y productos, etc.) que generan un importante movimiento de dinero negro (aunque para algunos autores, este tipo de acciones no debe ser incluido en la economía sumergida). - Contratación de inmigrantes en situación irregular, sin permisos de trabajo ni residencia. Existe un importante debate económico acerca de estas actividades. Según algunos economistas liberales, la existencia de este tipo de economía se debe más a la escasa educación de los trabajadores que ignoran o no pueden enfrentarse ellos solos a las trabas burocráticas exigidas para legalizar una empresa o actividad, que al deseo de defraudar. Proponen, por tanto, que el Estado desregule en gran medida el mercado de trabajo para que estas empresas puedan aflorar a la luz. Sin embargo, otros economistas de inspiración más social que los liberales creen que la solución consiste en aumentar las inspecciones públicas para acabar con el fraude de numerosas empresas que obtienen grandes beneficios con la economía sumergida, beneficios que luego no revierten en el conjunto de la sociedad a través de los impuestos.
En una época como en la que nos encontramos, con los medios de comunicación de masas ejerciendo una influencia decisiva sobre los gustos, los hábitos e incluso las ideas de los ciudadano, la necesidad de llevar a cabo una educación del consumidor posee una enorme importancia. Los objetivos básicos a los que debe aspirar una educación de este tipo son: - Hacer reflexionar a los consumidores -sobre todo a los jóvenes- sobre los efectos de la publicidad y la propaganda en sus gustos. - Concienciarlos sobre la importancia de saber discernir entre los diversos productos que se le ofrecen en el mercado, con el fin de establecer criterios de compra racionales y no puramente emotivos o afectados por la acción publicitaria. - Desarrollar en los consumidores un espíritu crítico con respecto a las demandas de una sociedad de consumo. - Educarles en las maneras de ejercer responsablemente su actividad compradora.
Concepto económico de nuevo cuño mediante el que se refiere el proceso de ‘mundialización’ de la economía capitalista. El liberalismo económico propugna el libre intercambio de bienes y servicios dentro de una sociedad de mercado donde los poderes públicos (el Estado) intervengan lo menos posible en su regulación, la cual queda en manos exclusivas de las empresas y de la economía de mercado (libre competencia, ley de la oferta y la demanda, libertad de salarios y de contratación, etc.). Dentro de ese pensamiento económico liberal, la llamada globalización propugna un mundo sin fronteras económicas, donde se produzca un libre intercambio de bienes y servicios entre todos los países, sin trabas legales para la exportación, importación, libre contratación de mano de obra, etc. Se trata, en suma, de convertir el mundo en una ‘aldea global’ donde intercambien todo tipo de bienes y servicios. Las nuevas tecnologías, y en particular Internet, han propiciado este modelo de sociedad abierta. Los críticos con la globalización señalan los peligros de una sociedad inspirada en estos criterios: preponderancia de los económico sobre lo ético, mayor explotación de los países pobres por parte de los ricos y reducción de los ideales humanos a la mera posesión e intercambio de bienes.
Se entiende por masa una aglomeración de individuos que se comporta de forma homogénea y que manifiesta unos mismos gustos e ideas. El término ‘hombre-masa’ se utiliza en Sociología para designar al individuo que sigue los patrones de conducta característicos de la masa social. Lo que define psicológicamente a las masas es su uniformidad (o "comportamiento de rebaño", como gustan calificarla algunos sociólogos). Este hecho se manifiesta en su ausencia de pensamiento crítico, en su aceptación de los valores que les son transmitidos, en su sometimiento al poder y en el rechazo a movimientos, grupos o personas que no son ni se comportan como ellas. Los masas suelen estar manipuladas y dirigidas en sus ideas y comportamientos por agentes externos a ellas, ya sean líderes, élites o medios de comunicación (de masas, se les denomina habitualmente). Los medios de los que se valen estos agentes son la publicidad, la propaganda (en el terreno político e ideológico), la moda, el control de los medios de comunicación con el fin de que transmitan mensajes que sean interiorizados psicológicamente por las masas, etc.
Los medios de comunicación son los canales o instrumentos a través de los cuales se transmite información a la sociedad en general. Suelen ser llamados habitualmente ‘medios de comunicación de masas’ y esa denominación incluye a prensa, radio, televisión, Internet... Desde un punto de vista ético, la mayoría de autores sostiene que, en principio, los medios de comunicación resultan un instrumento necesario en una sociedad democrática para permitir la libertad de expresión y el libre intercambio de información entre los ciudadanos. Ahora bien, la moralidad de un medio determinado dependerá del uso que se haga de él y de los contenidos que se transmitan a través de ese medio. En cuanto a las funciones sociales ‘positivas’ de los medios de comunicación, destacaremos: - Su función informativa en un mundo cada vez más globalizado y dependiente de la información generada (científica, política, educativa, económica...) en cualquier parte del planeta. - Su función educativa, puesto que pueden convertirse en un sistema de transmisión de normas morales, sociales, estéticas, creativas, etc., para el conjunto de los ciudadanos, así como contribuir a la existencia de un pensamiento crítico dentro de la sociedad. - Su contribución al pluralismo, tanto político como social. De ahí la importancia que tiene el hecho de que respeten la libertad de expresión, el acceso de las minorías a los mismos, la igualdad de oportunidades para el conjunto de formaciones políticas, etc., y de que se comprometan a transmitir información veraz y contrastada a los ciudadanos. - Su respeto a los Derechos Humanos, tanto en el ejercicio de sus cometidos profesionales como en la información que transmiten (respeto al honor, a la intimidad, protección de la juventud y la infancia, fomento de la democracia, etc.). Sin embargo, en la realidad social no siempre se cumplen esos principios morales que debían ser los inspiradores de la acción comunicativa. Al contrario, es frecuente encontrarse con un uso desviado (e inmoral, por tanto) de los fines que persiguen dichos medios. Ello obedece fundamentalmente a dos razones: - Una económica, ya que son utilizados por las grandes empresas -a través de ellos se propaga una publicidad que fomenta el consumismo- únicamente como instrumentos para obtener beneficios, sin atender a sus funciones formativas y sociales. - Otra política, puesto que el poder usa los medios de comunicación (previamente controlados o financiados por grupos políticos o ideológicos) para transmitir consignas e ideologías a las masas, manipularlas en sus conciencias y en sus acciones, o simplemente como medio de alcanzar o mantener el poder.
Se trata de un concepto económico que expresa el lugar o espacio donde productores y consumidores intercambian bienes y servicios según la ley de la oferta y la demanda, que es la que establece el precio de los artículos en las economías capitalistas. En otros sistemas económicos (como el comunismo), el precio de los artículos puede ser fijo (como sucede en España con el tabaco), ya que está fijado por el Estado o los organismos correspondientes. Existen diferentes tipos de mercados: de mercancías, de servicios, de trabajo, etc. El liberalismo económico defiende que el Estado intervenga lo menos posible en la regulación del mercado, dejando en manos de la libre competencia y de la acción de particulares la evolución de los precios y los salarios laborales. Otras ideologías políticas, como el socialismo por ejemplo, defienden una intervención pública en las reglas del mercado y en la producción de bienes (establecimiento de un salario mínimo, control del precio de los productos básicos mediante intervenciones económicas sobre las fluctuaciones de precios, etc.), con el fin de favorecer a las clases sociales menos pudientes.
Según la definición tradicional, la moda consiste en el conjunto de tendencias y costumbres preferidas por un grupo social en un momento determinado. Así, por ejemplo, ‘ir a la moda’ significa comportarse según los criterios admitidos por el grupo al que se pertenece o al que se pretende imitar. Aunque originariamente el término sólo hacía referencia a los usos del vestir, en la actualidad su significado se ha extendido al conjunto de las tendencias sociales y culturales. Desde el punto de vista social, la moda marca la pertenencia a una u otra clase (es un signo externo de lo que podríamos denominar ‘señas de identidad’); de ahí que sea frecuente la existencia de un conjunto de individuos que pretenden ‘aparentar’ esa pertenencia, aunque su realidad social sea inferior. Otro problema que plantea la moda es la homogeneización, ya que impone prendas, hábitos o discursos que tienden a disimular lo individual en beneficio de una conducta o una apariencia estereotipada.
Se llaman multinacionales, dentro de la economía, a las empresas que operan simultáneamente en diversos países del mundo, vendiendo sus productos en esos mercados o instalando en ellos fábricas que producen las mercancías. Lo que caracteriza a las empresas multinacionales es que intervienen más allá de las fronteras del país origen de la empresa. Por regla general, las multinacionales están constituidas por varias empresas (en ocasiones de diferentes Estados), a la vez que ellas tienen acciones o participaciones en otras empresas. Se apoyan en grandes campañas publicitarias para promocionar sus productos y encarnan perfectamente el espíritu de la llamada globalización.
Dentro de las ciencias económicas y empresariales, se entiende por oferta el conjunto de mercancías y servicios que se ofrecen en un mercado para ser adquiridos. En un sentido más estricto, es la cantidad de un producto o un servicio que las empresas están dispuestos a ofrecer en un mercado (por motivos de especulación sobre los precios, pueden no ofrecer toda su producción, sino tan sólo una parte, con el fin de que aumente la demanda y poder subir los precios del producto). Se entiende por demanda, a su vez, la cantidad de un producto o de un servicio que los consumidores desean y pueden adquirir a un precio concreto. La demanda de un producto viene determinada por un conjunto de factores, entre ellos los siguientes: el precio del producto, la relación de ese precio con el de otros productos alternativos o similares, el nivel de renta del consumidor, la expectativas futuras sobre subidas o bajadas de precio de ese producto, la necesidad o no de adquirir esa mercancía o servicio, los efectos psicológicos sobre el consumidor de la publicidad o del prestigio social que conlleve la posesión de ese bien, etc. La llamada ley de la oferta y la demanda establece la relación entre esos dos conceptos y la evolución de los precios en el mercado. Aunque existen numerosas variantes y circunstancias económicas que pueden alterar esa ley, generalmente sigue el siguiente principio: a mayor precio de un producto, menos demanda; a menor precio, más demanda. También suele formularse de la siguiente manera: cuando existe mucha oferta y poca demanda, los precios bajan; en el caso contrario (si la demanda es alta y baja la oferta), los precios suben.
Consiste en una técnica de persuasión que se utiliza para dirigir o influir en amplios conjuntos de ciudadanos, sobre todo en lo relativo a sus ideas políticas y sociales. La propaganda es el medio del que se sirve el poder para controlar ideológicamente a las masas. Busca principalmente tres fines: en primer lugar, el convencimiento; en segundo lugar, la adhesión absoluta a un tipo de ideas; en tercer lugar, la realización u omisión de acciones que beneficien socialmente al poder. Algunas de las técnicas propagandísticas más usadas son: la creación y potenciación de líderes sociales, la repetición continua de consignas e ideas hasta que son aceptadas y asumidas por las masas (Goebbels, el ideólogo propagandista de Hitler, afirmaba: "una mentira repetida el suficiente número de veces se convierte en verdad"), el rechazo al otro -a los que son diferentes y, por tanto, individuos que no están en posesión de la verdad y que son considerados inferiores biológica e intelectualmente-, la exaltación exacerbada del nacionalismo, del patriotismo o de los valores culturales diferenciadores de un pueblo, etc.
Técnica de persuasión, al igual que la propaganda, pero en este caso dirigida a crear necesidades de consumo en una masa de posibles compradores. Literalmente, publicidad significa "hacer públicos" determinados productos, es decir, darlos a conocer a los consumidores. Sin embargo, el concepto de publicidad va más allá de esta significación literal, ya que no consiste solamente en dar a conocer el nombre y las propiedades de un producto, sino que también busca crear la necesidad de comprar este producto, intentando establecer una dependencia psicológica por parte del comprador con respecto a la mercancía publicitada. Habitualmente se suele distinguir entre tres tipos de publicidad: - Informativa: se limita a describir y anunciar las cualidades del producto. - Competitiva: presenta el producto comparándolos con otros que son competidores de su mismo mercado, anunciándolo como superior o más ventajoso económicamente (más barato pero con unas prestaciones semejantes) que el resto de sus competidores. - Agresiva: se denomina así a la publicidad que trata de asociar el consumo de un producto con fines ajenos a él, como pueden ser el prestigio social o la identificación del producto con el éxito sexual o económico del que lo posee. La publicidad utiliza, en muchas ocasiones, técnicas de manipulación de conciencia (por ejemplo, la llamada publicidad subliminal) con el fin de crear una dependencia consumista en el sujeto.
Se llama ‘sociedad de consumo’ al modelo de sociedad cuyo objetivo consiste en producir todo tipo de bienes y servicios con el fin de que sean comprados por los ciudadanos. Este modelo de sociedad se da dentro de los sistemas capitalistas, cuya ley económica básica es la de la oferta y la demanda. Se trata, por tanto, de ofrecer numerosos productos para que sean consumidos por la masa de clientes, cuyos hábitos compradores ya se encuentran condicionados por campañas anteriores. Habitualmente, el consumidor busca satisfacción en la posesión personal de las novedades industriales y tecnológicas, o en el seguimiento de la moda dictada por las grandes multinacionales y los medios de comunicación de masas. La capacidad de consumo, además, marca el estatus social de los compradores; de ahí que grandes capas de la población aspiren a un incremento de su consumo medio por cuanto ese hecho representa un signo exterior de su triunfo socioeconómico. Ese deseo les conduce, en muchas ocasiones, al endeudamiento, ya que deben solicitar créditos para acceder a determinados bienes y productos. Para facilitar el consumo, la sociedad capitalista ha ideado técnicas que lo favorecen, como las ventas a plazo, las tarjetas de crédito, las hipotecas, etc. Las técnicas de venta utilizan diversos medios para incrementar el consumo, entre ellos los siguientes: - La publicidad, que tiende a crear necesidades superfluas en los potenciales consumidores de un producto. De ahí que se presente a éste como un bien sumamente deseable y cuya posesión implica no sólo una buena elección entre los productos competidores, sino también algo que da prestigio (a veces, el prestigio consiste en haber comprado barato, no habiéndose ‘dejado engañar’ como aquellos otros que han comprado un producto rival ‘mucho más caro’). - El libre intercambio de mercancías, de tal manera que los países pobres proporcionen, a precios muy baratos, la materia prima, mientras los países ricos aportan la tecnología, las campañas publicitarias y el marketing o técnicas de ventas. - El uso de los medios de comunicación para promocionar un tipo de vida consumista, bajo la coartada de que es el modo más feliz de existencia para el ser humano. La sociedad de consumo se inspira en las ideas del utilitarismo ético: predica la mayor felicidad posible para el mayor número de personas. Los países se valoran según la cantidad de productos que pueden elaborar y por el número de consumidores posibles. Sin embargo, este modelo económico trae consigo muchas consecuencias negativas, entre ellas: - El agotamiento de las materias primas y el deterioro de la naturaleza, ya que el criterio es producir cada vez más. - La explotación económica de muchos seres humanos, obligados a trabajar en condiciones míseras para las grandes multinacionales. Además, la acción de la publicidad termina convirtiéndoles en consumidores finales de los productos que ellos mismos fabrican. - La insatisfacción de las clases sociales pobres, que no pueden alcanzar el nivel de consumo medio de la sociedad capitalista, lo que les provoca frustraciones e infelicidad. Los efectos psicológicos y sociales de la sociedad de consumo sobre los ciudadanos son igualmente negativos: no se intenta educar el sentido crítico del consumidor mediante una información objetiva y una educación sobre los hábitos de consumo; al contrario, se busca una desinformación basada en la publicidad (no se dice en qué consiste y para qué sirve realmente un producto, sino que se afirma de él tan sólo que ‘es el mejor’ o ‘cómo le envidiarán sus vecinos cuando haya comprado ese producto’); la creación de hábitos repetitivos e insatisfechos, de tal manera que la aparición de un nuevo producto mejorado haga desechar a los consumidores el modelo viejo, y así repetir ese círculo infinitamente; y, finalmente, transmitir la imagen de una felicidad basada exclusivamente en el ‘tener’ y no en el ‘ser’.
Percepción que no es captada directamente por la conciencia, debido a que no alcanza el umbral mínimo o a que la atención queda centrada en otro punto. Según muchos psicólogos, la percepción subliminal afecta inconscientemente al cerebro, llegando a potenciar conductas que de otro modo no se producirían. Cuando se produce este tipo de percepción, la persona no sabe o no es consciente de que está percibiendo ciertas sensaciones, aunque la estimulación que recibe su cerebro provoca efectos sobre él. Lo grave de este tipo de percepción es el sujeto no puede defenderse de sus efectos al no ser consciente de que la está sufriendo. El primer experimento conocido sobre este tipo de percepción se llevó a cabo en un cine de New Jersey en la década de los cincuenta. Mientras se exhibía una película, fueron proyectadas sobre la pantalla diversas frases publicitarias ("beba Coca Cola"). El tiempo de exposición de las frases era tan corto (1/3.000 segundos), que el público asistente no se daba cuenta de que estaban apareciendo en la pantalla. En el descanso de la película se cuantificaron las ventas de Coca Cola, comprobándose que, en relación con otras sesiones normales, se habían elevado en más del 50 %. Rápidamente la publicidad y las técnicas de ventas para el consumo incorporaron mecanismos subliminales en sus anuncios. Por ello, en numerosos países fue prohibido su uso con fines publicitarios o ideológicos, ya que implicaba un atentado contra la libertad del consumidor y un ataque a su conciencia contra el que éste no podía defenderse. Sin embargo, tal y como han denunciado algunos expertos, hoy día continúa utilizándose aunque con técnicas más sofisticadas y casi imposible de detectar.
Adicción significa tener una dependencia física y/o psicológica con respecto al consumo de un producto o a la práctica de una determinada actividad. Uno puede ser adicto al juego, a las drogas, al alcohol, etc., pero también a la práctica compulsiva de la sexualidad, del poder, de la acaparación del dinero... Así, decimos que un teleadicto es aquella persona que tiene que contemplar la televisión durante un número de horas elevado al día para mantener una situación de equilibrio psíquico. En caso de que no pueda hacerlo, aparecen ansiedad, angustia, malestar anímico, etc. Según los últimos criterios médicos y psicológicos, el teleadicto es un enfermo que necesita imperiosamente satisfacer su compulsión. Algunos problemas provocados por la teleadicción son: alienación, vida pasiva, incomunicación familiar y grupal, sedentarismo, aislamiento social, etc.
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