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Política y sociedad

 

 

 

Dilemas

 

Uno de los conflictos morales más típicos entre la militancia de los partidos políticos es el llamado ‘problema de la disciplina de voto’. Por regla general, casi todos los partidos políticos hacen firmar a sus miembros un documento previo a su inclusión como candidatos en las listas electores, documento por el que se comprometen a votar siempre –en los Parlamentos o en los plenos municipales– según lo decidido por los órganos de poder del propio partido, incluso aunque el sentido del voto pueda ir en contra de las ideas personales de ese diputado o de ese concejal. Para justificar esta postura se argumenta que el puesto electivo (diputado, concejal, etc.) pertenece en realidad al partido y no a la persona que se ha presentado como candidato.

Existen muchas personas que se oponen a esta práctica tan extendida, a la que califican como escasamente democrática, ya que impone la voluntad de los órganos de poder del partido sobre la conciencia de las personas. En muchas ocasiones, determinados diputados se han visto obligados a votar en contra de sus ideas, ya que el partido decidió por él. Ha sucedido así en el Congreso de diputados español en algunas votaciones con fuerte componente ideológico, como la realizada para ampliar la ley del aborto a otros casos no contemplados en ella. Así, alguna diputada de cierto partido político, que públicamente se había manifestado en contra de esa ampliación, se abstuvo de asistir a la sesión parlamentaria para no tener que votar contra su conciencia.

¿Estarías tú dispuesto a firmar un documento semejante con tal de ir incluido en una lista electoral o te negarías a hacerlo, quedándote fuera de la lista? ¿Crees realmente que el puesto de diputado o de concejal debe pertenecer al partido y no a las personas?

 


 

 

Como sabrás por tu propia experiencia, resulta más fácil –por regla general, aunque caben muchas excepciones, por supuesto– llevarse mejor con una persona de ideología semejante a la nuestra, que con otra que defienda conceptos opuestos. Sin embargo, las diferencias ideológicas no deben representar una barrera entre las personas, ya que es posible una convivencia a través del diálogo y el acuerdo. Ésa es una de las grandezas del sistema democrático: la convivencia pacífica entre personas de diferentes ideologías. De hecho, en la democracia existen elecciones periódicas que garantizan una alternancia en el poder de los diferentes grupos ideológicos y políticos.

En la vida cotidiana, sin embargo, a veces resulta difícil mantener relaciones afectivas o de amistad con personas radicales que discrepan notablemente de nuestra ideología. Por ejemplo, imagínate que tienes un amigo de la infancia al que hace mucho tiempo que no ves. Un día os reencontráis y la alegría que te produce el verlo de nuevo queda enturbiada por su defensa de una ideología racista y neonazi. Él te propone seguir viéndoos para retomar de nuevo la vieja amistad. ¿Qué harías tú en un caso como ése? ¿Pondrías alguna excusa para evitar esa relación o aceptarías la invitación, aunque procurarías por todos los medios no hablar de cuestiones ideológicas en vuestros encuentros? ¿Qué es más importante para ti: la amistad incondicional o la ideología de tus amigos? Justifica moralmente tu respuesta.

 


 

 

En los institutos o colegios –al igual que en todos los organismos donde se ejercen procedimientos de democracia representativa– surgen a veces problemas relacionados con los mandatos imperativo y representativo. Como es bien conocido, la Constitución española prohíbe expresamente el mandato imperativo, lo cual no impide que muchas personas exijan a sus representantes que moralmente lo respeten (ya que no pueden exigírselo legalmente).

Cuando en tu clase procedéis a la elección de un delegado o votáis para nombrar representantes de los alumnos en el Consejo Escolar, lo que estáis haciendo es depositar vuestra confianza en la persona o personas que mejor creéis que os van a representar.

Ahora bien, una vez elegidos vuestros representantes, y desde el punto de vista legal, éstos tienen libertad para votar en conciencia sobre cada cuestión que se plantee, y no necesariamente deben consultar a la clase o a la totalidad de los alumnos para conocer su opinión y luego votar según lo que haya decidido la mayoría (mandato imperativo). En eso consiste precisamente el mandato representativo: en poseer libertad de voto según lo dicte la propia conciencia.

Ahora bien, muchas veces en este tipo de elecciones se exige previamente a los candidatos que se declaren partidarios o no del mandato imperativo, amenazando con no votarles en el caso de que no lo acepten.

Si tú te encontraras en una situación semejante, ¿aceptarías votar siguiendo el mandato imperativo o no? ¿Votarías en contra de tus ideas si así te lo pidiera una mayoría amplia de la clase? ¿Y si sólo lo hiciera una pequeña mayoría?

 


 

 

En ocasiones se acusa a ciertos tipos de referéndum de no facilitar la llamada democracia directa, por cuanto obligan a los ciudadanos a aceptar o a rechazar ‘en bloque’ todo un conjunto de medidas legislativas. En esos casos, no se permite decir ‘sí’ a una parte y ‘no’ a otra, con lo cual el votante frecuentemente se ve sometido al dilema de qué hacer con su voto.

Un caso claro de esto lo encontramos en el referéndum celebrado en nuestro país para aprobar la Constitución actual. El texto sólo incluía dos posibles respuestas –sí y no– para pronunciarse sobre un texto legislativo que constaba de 168 artículos. Eso propició que muchos votantes tuviesen dudas, puesto que estaban a favor de la Constitución en general, pero en contra de algunos de sus artículos (por ejemplo, muchas personas republicanas deseaban una constitución democrática pero no querían que se reinstaurase la Monarquía). Así, si votaban que no, seguirían vigentes las leyes franquistas de la dictadura; si, por contra, votaban que sí, surgiría un régimen democrático aunque con algunas leyes o con algunas instituciones que ellos no deseaban. Como el referéndum no dejaba ninguna opción intermedia, muchos de ellos decidieron elegir ‘el mal menor’ o, si se prefiere, evitar ‘el mal mayor’.

Si tú te hubieras encontrado ante ese dilema, ¿qué hubieras hecho?:

- No votar.

- Votar que sí.

- Votar que no.

- Votar en blanco.

 


 

 

Como es sabido, los agentes de socialización son muy importantes para la vida futura de un individuo, ya que ejercen una influencia decisiva en el carácter y la personalidad del sujeto. De ahí que en los primeros años de vida la educación recibida sea un factor determinante para la psicología del individuo.

Supónte que tú y tu pareja sois agnósticos. Tenéis un niño que el próximo curso ha de asistir por primera vez al colegio. En vuestro barrio sólo existen dos colegios: uno religioso y otro laico. Por inclinación ideológica, vosotros escogeríais el laico; sin embargo, todo el mundo coincide en el barrio que la educación que se da en el colegio religioso es mejor.

Se os plantea entonces el siguiente dilema: ¿debéis llevar vuestro hijo al colegio religioso, a pesar de que reciba una enseñanza católica que vosotros no deseáis para él, o debéis matricularlo en el laico, aunque su sistema de enseñanza sea peor, pero donde no recibirá formación religiosa confesional?

 


 

 

En relación con el dilema anterior, ¿llevarías a tu hijo a un colegio donde asisten muchos inmigrantes como una forma de que el niño fuera acostumbrándose a la diversidad social y cultural? ¿O buscarías un colegio de élite donde los criterios de selección de alumnos primaran un perfil socioeconómico determinado, si tuvieses suficientes recursos económicos para pagarlo? Trata de justificar racionalmente tu decisión.

 


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