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Resulta difícil definir con propiedad el término ‘contracultura’, puesto que designa genéricamente a un conjunto muy amplio de movimientos políticos, sociales y culturales que han proliferado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Su origen se remonta a la década de los cincuenta, cuando en la Costa Oeste norteamericana surgieron movimientos de protesta social, como los beat y más tarde los hippies, que decidieron enfrentarse a las costumbres y a las normas sociales vigentes, proponiendo modelos alternativos de existencia. Con el nombre de ‘contracultura’ quisieron expresar la oposición a la cultura oficial y a los valores dominantes en las sociedades capitalistas de entonces (pragmatismo, consumismo, tecnocracia, represión sexual, valores religiosos, etc.). Pretendían suplantar esos valores -según ellos caducos y represores de la individualidad y la felicidad personales- por otros valores que fomentaran la autenticidad y la libertad. Más que un movimiento filosófico, la contracultura fue una forma de vida o una filosofía vital. Se plasmó en un gran movimiento creativo que cultivó la literatura, la música, la ecología, la psicología, el cine y las artes plásticas. Algunos de los rasgos generales que caracterizaron a los movimientos contraculturales fueron: - La marginalidad: voluntariamente se declararon al margen del sistema político y económico capitalista. - El afán de libertad: fue ésta una de sus características principales. Reivindicaron libertad para el cuerpo y para la conciencia, rechazando las imposiciones sociales, ideológicas y religiosas. En ese sentido, defendieron la individualidad por encima de cualquier tipo de sistema uniforme. Su deseo de libertad les condujo a defender el amor libre, el cosmopolitismo ("ciudadanos del mundo sin patrias"), el pacifismo ("haz el amor y no la guerra"), la insumisión y la desobediencia legítima. - La vuelta a la naturaleza: frente al modelo de vida tecnológico y capitalista, ellos reivindicaron una vuelta a todo lo natural. Muchos abandonaron la vida en las ciudades y se trasladaron al campo, donde fundaron comunas en las que vivir, rechazando el consumismo artificial, acabando con la propiedad individual ("todo es de todos") y fomentando formas de vida alternativas (trabajo colectivo independiente, autosuficiencia económica). Se declararon radicalmente ecologistas. - La búsqueda de la felicidad: alcanzar la felicidad personal era el objetivo de la existencia humana. Para ello había que romper con la educación recibida y ‘liberarse’ de las normas morales represoras que defendía la sociedad tradicional. Reivindicaron la experiencia (probar todo lo que aumente la felicidad) como forma de alcanzar la realización personal. De ahí la importancia que para ellos tuvieron la música, las drogas, el arte o las relaciones humanas. - La protesta: la contracultura fue un movimiento radicalmente crítico con el sistema. Utilizaron las manifestaciones de protesta para hacer público su ideario. Su crítica alcanzó a todo lo que defendía el sistema: sociedad de consumo, militarismo, religión, política, desarrollo industrial contaminante, etc.
Del término griego eclecticós: que elige. Entendemos por eclecticismo al sistema filosófico que toma conceptos de otros sistemas filosóficos anteriores, intentando constituir un pensamiento de síntesis donde coexistan ideas diversas. Un rasgo del eclecticismos es que no consigue estructurar esas ideas en un pensamiento propio organizado, es decir, las ideas tomadas de otras filosofías no se integran en un todo unificador, sino que permanecen inconexas y desestructuradas. De ahí que el adjetivo ‘ecléctico’ aplicado al arte o al pensamiento refleje un cierto sentido peyorativo y una crítica a sus escasas capacidades creativas o integradoras.
Empírico significa relacionado con la experiencia, es decir, que se refiere a hechos reales que pueden ser observados y cuyo conocimiento es objetivo, en contraposición a lo no empírico, cuyo saber es siempre subjetivo. Tanto ese término como el de empirismo se derivan del vocablo griego empeiría, que significa experiencia. Originariamente fue utilizado por el filósofo escéptico Sexto el Empírico para calificar el conocimiento científico que procede directamente de la experiencia práctica y no de la teoría abstracta. Filosóficamente se entiende por empirismo cualquier teoría que afirme la experiencia como única forma posible de conocimiento verdadero y objetivo. Dentro de la historia del pensamiento se conoce como Empirismo a un movimiento filosófico de los siglos XVII y XVIII, constituido por filósofos británicos y cuyos miembros más significativos fueron Locke, Hume y Berkeley. Surgió como respuesta y oposición al racionalismo de filósofos como Descartes o Leibniz. Las ideas principales que caracterizaron a este movimiento fueron: - Todo conocimiento procede de la experiencia. Por tanto, es imposible conocer realidades de las que no es posible tener experiencia alguna, como Dios, alma, bien, etc. - Se entiende por conocimiento empírico únicamente aquel que procede de los datos sensoriales, es decir, de la percepción directa de los sentidos. - No existen ideas o conceptos innatos. Para los empiristas, la mente del recién nacido no es más que una ‘tabula rasa’ o ‘papel en blanco’, donde se irán grabando sucesivamente las ‘huellas’ de sus experiencias sensoriales, tanto del mundo externo como del interno. En la mente, pues, no existe nada que antes no haya pasado por los sentidos. - El empirismo niega cualquier objetividad a los juicios morales, puesto que nociones como bien, valor, justicia, etc. no proceden directamente de un conocimiento sensorial. De ahí que, dentro de la ética, defendieran el emotivismo y el intuicionismo moral.
Con el nombre de ‘escepticismo’ designamos a cualquier teoría filosófica o científica que niegue la posibilidad de un conocimiento verdadero y absoluto de la realidad. Dentro de la Historia de la filosofía el término alude a un movimiento surgido en Grecia durante el siglo III a. C. alrededor de las ideas defendidas por Pirrón de Elis (a este movimiento también se le conoce con el nombre de ‘pirronismo’). Entre sus seguidores destacó especialmente Sexto Empírico. En la filosofía moderna resurgió el escepticismo en la obra de filósofos como Montaigne o Francisco Sánchez (pensador ibérico que influyó directamente en la filosofía de Descartes e indirectamente en la de los empiristas). Su tesis central es la afirmación de que todo conocimiento es relativo (deriva únicamente de la experiencia subjetiva del individuo). Por tanto, afirman la imposibilidad de alcanzar un conocimiento verdadero de alguna cosa o pensamiento. Ese escepticismo teórico tiene su lógica correspondencia en la praxis. Puesto que nada puede ser concebido como verdadero, tampoco el bien o la felicidad serán nociones objetivas. Luego, y según los escépticos, sólo podemos aspirar a vivir en un estado de duda continua. De ahí la necesidad de evitar cualquier pasión que perturbe nuestra alma (ataraxia); por tanto, únicamente a través de la indiferencia con respecto a todo aquello que siembre en nosotros inquietud y agobio podremos alcanzar un equilibrio vital. Desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, se suelen distinguir dos tipos de escepticismo: el fuerte (para el cual no se puede conocer absolutamente nada con certeza objetiva) y el moderado o débil (quien insiste sobre los límites infranqueables de nuestros conocimientos, aunque admite algún tipo de saber práctico y aproximado de la realidad).
Bajo este nombre genérico se engloban corrientes filosóficas surgidas en los inicios del siglo XX y autores independientes que reivindican el empirismo como forma de hacer y entender la filosofía, y que hacen del análisis del lenguaje el instrumento fundamental para establecer la verdad o falsedad de las proposiciones y enunciados filosóficos, muchos de las cuales se caracterizan por incluir un uso incorrecto del lenguaje, lo que da lugar a los llamados pseudoproblemas científicos y filosóficos. Entre las figuras más sobresalientes de este movimiento destacan B. Russell y L. Wittgenstein. Sus análisis de los enunciados lingüísticos que constituyen el saber filosófico y científico revelaron que el lenguaje natural no es un instrumento adecuado para establecer juicios objetivos, ya que está llenos de equívocos y de términos polisémicos (con varios significados). De ahí que propusieran la creación de un lenguaje científico (que debía ser esencialmente formal y no natural) para establecer empíricamente la verdad o falsedad de una proposición. En cuanto a la Ética consideraron que sus proposiciones no se referían a la realidad material (donde era imposible verificar nociones tales como ‘bueno’ ‘justo’ ‘debido’, etc.), sino que tan sólo expresaban estados psicológicos de conciencia (como, por ejemplo: "me desagrada esa acción", "la mentira me provoca rechazo", etc.), cuya verdad o falsedad no podía demostrarse mediante procedimientos empíricos. En el ámbito moral se mostraron partidarios del emotivismo y del intuicionismo.
Se trata de un movimiento político, cultural, social y filosófico que se desarrolló durante el siglo XVIII en Europa y en parte del continente americano. Sus dos grandes símbolos fueron la elaboración de la Enciclopedia (texto que pretendía recoger en una sola obra la totalidad del saber existente hasta aquellos momentos) y las Revoluciones francesa y norteamericana (guerra de la independencia contra Gran Bretaña), quienes alentaron la lucha por los derechos humanos y por la democracia en contra de los sistemas políticos totalitarios (Monarquías absolutas) existentes hasta entonces. Los grandes rasgos que caracterizan a la Ilustración son los siguientes: - Fe absoluta en la razón humana como facultad del conocimiento humano que nos permitirá alcanzar todo el saber objetivo sobre la Naturaleza, aunque también cabe considerar a la razón ilustrada como una razón crítica (en el sentido kantiano): su función consiste en establecer los límites del conocimiento humano más allá de los cuales no existe posibilidad de conocimiento (Hume y Kant, por ejemplo). - Lucha contra el fanatismo religioso típico de las épocas históricas anteriores, al que culpan del retraso económico e ideológico, y de fomentar la superstición y el miedo. La religión que propugna la Ilustración es una religión con rostro humano, cuya forma filosófica se expresa en el deísmo, defendido especialmente por Voltaire. - Auge de la ciencia como forma de acceder al conocimiento de la Naturaleza. Se defenderán ahora los métodos empíricos frente a los métodos racionalistas basados en la creencia de ideas innatas o de Dios como causa última de la razón. La ciencia ilustrada se caracteriza por creer que los conocimientos sensibles (empirismo) son la base de cualquier tipo de saber objetivo. - Creencia en el progreso ilimitado de la ciencia, e identificación absoluta del mismo con la felicidad humana. Según los pensadores ilustrados, la razón conducirá a la humanidad a un progreso material indefinido que terminará con las viejas épocas históricas y con las viejas ideas, y cuya plasmación en la realidad social contribuirá a la existencia de sociedades más felices por cuanto tendrán cubiertas sus necesidades materiales y culturales. - Defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad (lema de la Revolución francesa) en el orden social y político, y lucha contra la Monarquía absoluta, la cual debía ser sustituida por regímenes democráticos y populares. Fruto de esa lucha fueron las primeras Declaraciones de Derechos del Hombre y de los Ciudadanos. En cuanto a los filósofos, pensadores o científicos más sobresalientes de la época ilustrada podemos citar a Locke, Hume, Kant, Rousseau, Newton, Voltaire...
Corriente filosófica surgida a principios del siglo XX (denominada también neoempirismo o Círculo de Viena), algunos de cuyos principales representantes fueron Wittgenstein, Russell y Carnap. Se dedicaron fundamentalmente al estudio de los lenguajes formales y lógicos (filosofía analítica), además de intentar establecer nuevos criterios de verdad fundamentados en el análisis lógico de las proposiciones científicas. En cuanto a la ética, se adscribieron mayoritariamente a las tesis del emotivismo y del intuicionismo moral.
Término utilizado en la Historia de la Filosofía para designar genéricamente a un conjunto de filósofos que vivieron antes de Sócrates. En muchos manuales, sin embargo, se incluye dentro de los presocráticos a los sofistas, aunque éstos fueron coetáneos del propio Sócrates. El motivo que llevó a los primeros historiadores de la filosofía a establecer esta clasificación o distinción fue la intención de resaltar el profundo cambio que representó en la filosofía la figura de Sócrates, por cuanto que los nuevos planteamientos que él propuso supusieron una revolución metodológica en la historia del pensamiento. Sin embargo, el hecho de que bajo el término ‘presocráticos’ se englobe a tantísimos autores, muy diferentes entre sí tanto en sus concepciones como en sus metodologías, y la circunstancia antes reseñada de que se incluyera entre ellos a autores ya contemporáneos de Sócrates, ha llevado al abandono del término por parte de muchos historiadores de la filosofía. De un modo muy general, diremos que los presocráticos se preocuparon fundamentalmente de cuestiones físicas (el origen -arjé- del universo, la naturaleza de la materia, las razones que explicaban el cambio o transformación de una sustancia en otra, etc.) y muy poco de cuestiones relativas a la ética o la política, de las cuales haría Sócrates el centro de su pensamiento. Sin embargo, sí plantearon cuestiones relativas al conocimiento y a la posibilidad o no de alcanzar la verdad. Sus repuestas a estas últimas cuestiones fueron variadas: desde los que afirmaron que a través de la Razón podíamos alcanzar un conocimiento del que no cabía dudar, hasta los que plantearon las primeras dudas agnósticas o escépticas acerca del poder de esa Razón. Entre los presocráticos destacan filósofos como Tales de Mileto, Anaximandro, Parménides, Heráclito, Empédocles, Pitágoras, etc.
En la Historia de la filosofía se aplica el término ‘Racionalismo’ a un movimiento filosófico iniciado por Descartes en el siglo XVII, entre cuyos miembros más relevantes se cuentan Spinoza y Leibniz. Básicamente, el Racionalismo considera que la razón es la única facultad que puede llevar al hombre al conocimiento de la verdad. Se trata de una capacidad que se opone a lo sensible (los sentidos, la imaginación y las pasiones), cuyos datos revelan apariencias que nos conducen al engaño y al error. Puesto que la razón es la única guía para alcanzar la verdad, gracias a ella es posible descubrir los principios fundamentales o esenciales de nuestro conocimiento. Estos principios son las ideas innatas, que son independientes de toda experiencia sensible. A partir de estas ideas innatas o principios fundamentales es posible obtener los restantes conocimientos y poder así construir un sistema perfecto, cerrado y completo, que sea fiel reflejo de la realidad. Este nuevo método es el método geométrico-matemático. Su aplicación emplea el uso de la deducción: dadas unas premisas previas (las ideas innatas), podemos ir derivando en nuestros conocimientos hasta establecer una definición adecuada de todas las cosas. El proyecto racionalista cree poder llegar a conocerlo todo si se hace buen uso de dicho método y se siguen una serie de pasos certeros. En el lenguaje coloquial, el término ‘racionalista’ se emplea frecuentemente para calificar psicológicamente a individuos cuya personalidad se caracteriza por desarrollar actitudes analíticas y reflexivas acerca del mundo exterior y de su propios estados de conciencia, siendo poco propicios a dejarse arrastrar por lo inmediato o por las pasiones y las emociones.
En filosofía, se conoce con el nombre de ‘vitalismo’ a un conjunto de teorías para las cuales el objeto de estudio filosófico debe versar sobre el sentido de la vida -como la realidad más inmediata e importante para el ser humano-, y no sobre otras cuestiones como la materia, el pensamiento, las ideas, la sustancia, etc. Sin embargo, bajo ese término se engloban filosofías muy diversas y en ocasiones poco relacionadas entre sí, por lo que algunos historiadores del pensamiento consideran que el término es poco apropiado para designar una corriente filosófica más o menos homogénea. Por regla general se alude a Schopenhauer y a Nietzsche (siglo XIX) como los iniciadores de esta forma de filosofar. En concreto, el segundo lleva a cabo una crítica radical de la filosofía anterior a él, señalando que ésta se caracteriza por el olvido de la vida y por ser prisionera de reflexiones abstractas sobre el conocimiento, la metafísica o la sustancia. Según él, hay que volver los ojos hacia nuestra realidad más inmediata, que no es otra que la vida en su continuo transcurrir. Nietzsche mantiene posiciones vitalistas fundamentalmente dentro del ámbito de la ética. Comienza por llevar a cabo una crítica radical de la moral tradicional (simbolizada para él en la ética socrático-platónica y, esencialmente, en la moral cristiana), a la que acusa de ser una ética en contra de la vida y de este mundo (el único real para él). ¿Por qué? Porque todo lo que pertenece a la naturaleza humana y al instinto -el placer, la fortaleza, las ansias de poder, la alegría de la existencia, etc.- queda desvalorizado al considerarse inferior, e incluso malo o perverso en sí mismo. Frente a esos valores de la vida, la moral platónico-cristiana defiende la existencia de otro mundo (un mundo perfecto), del que éste no es sino una copia, una realidad imperfecta, un ‘valle de lágrimas’ que debe cruzarse antes de alcanzar la salvación en el mundo eterno y verdadero. Para acceder a él, la moral tradicional predica lo que Nietzsche llama ‘valores de muerte’: la humildad, la obediencia, el sometimiento, el sufrimiento, el ascetismo..., es decir, valores contra la vida y contra las tendencias biológicas de los organismos. Nietzsche llega a decir que la moral cristiana es una moral de esclavos, de enfermos, de débiles... A causa de su impotencia para alcanzar el gozo, se encuentran resentidos contra la vida... Como ellos no pueden disfrutar de los placeres de la existencia, su envidia contra los fuertes les lleva a inventar una moral que castigue a los fuertes y poderosos, impidiéndoles gozar de su existencia y convirtiéndolos en culpables. Y como los débiles abundan más que los fuertes, durante el último siglo del imperio romano se impuso el cristianismo como religión oficial, una religión que odia la vida en palabras de Nietzsche. Éste propone una revolución ética que restaure la inocencia de la vida, de este mundo y del placer. Su objetivo será la transmutación de todos los valores. Pero para ello ha de morir el viejo hombre, al que habrá de sustituir una nueva figura: el superhombre, es decir, aquel que ha matado en su corazón la idea de Dios y que retorna hacia una moral basada en la vida... La obra de Nietzsche ha ejercido notable influencia en la filosofía del siglo XX, donde numerosas filosofías han adoptado el vitalismo como una de sus señas de identidad. Otros filósofos vitalistas son el francés Bergson y el español José Ortega y Gasset.
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