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Término creado en 1879 por el político alemán Wilhelm Marr para designar a todas las corrientes y movimientos sociales que atacaban a la religión, el pensamiento y las costumbres del pueblo judío. Se trata de una actitud xenófoba e intolerante que se caracteriza por el rechazo sistemático a cualquier manifestación cultural e ideológica hebrea. Numerosas persecuciones que ha sufrido el pueblo judío a lo largo de su historia (como la que llevaron a cabo los nazis, exterminando a seis millones de judíos durante la II Guerra mundial) se han justificado en nombre de prejuicios antisemitas.
El adjetivo proviene del libro -incluido en el Nuevo Testamento y atribuido a San Juan- que lleva el título de "Apocalipsis", y cuyo significado en griego es el de 'revelación'. En dicho libro se describe la lucha de Cristo contra las fuerzas del mal encarnadas en el Anticristo. El texto narra el fin de los tiempos, que viene precedido por una serie de catástrofes y castigos que habrán de sufrir los seres humanos antes de la segunda venida de Cristo y de la llegada del fin del mundo que da paso al juicio final. Por extensión, recibe el calificativo de "apocalíptica" cualquier teoría, doctrina o profecía que anuncie la proximidad del fin del mundo a través de una serie de sucesos terroríficos y catastróficos.
El vocablo procede del término griego 'ekúmene', que significa 'tierra habitada'. Su significado literal es, según la R.A.E.: "Comunidad humana que habita una porción extensa de la tierra". Sin embargo, su uso habitual se encuentra relacionado con la historia y la teoría de la religión. En ese sentido, se entiende por ecumenismo el movimiento que busca la unión -a través del diálogo y el consenso- entre todas las religiones cristianas, divididas a partir de los sucesivos cismas que sufrieron a lo largo de su historia Hoy día, se tiende a ampliar el significado de ecumenismo: se habla del mismo cuando iglesias de diversas religiones (judaísmo y catolicismo, por ejemplo) se reúnen a dialogar para acercar sus posiciones doctrinarias, intentando fijar unas ideas comunes en torno a la divinidad, aunque se mantengan los diferentes cultos, rituales y creencias específicas propios de cada religión en concreto.
Llamamos fundamentalismo, en un sentido amplio, a cualquier pensamiento radical que considere los fundamentos en los que descansa su doctrina o ideología como inamovibles y absolutamente verdaderos. Una persona fundamentalista no admite posibles interpretaciones sobre la doctrina en la que cree y no tolera que alguien la relativice o limite su alcance. El término 'fundamentalismo' comenzó siendo aplicado a determinados grupos religiosos para quienes sus doctrinas debían aceptarse al pie de la letra, sin tolerar interpretaciones o matizaciones. Por tanto, el fundamentalismo considera necesario admitir literalmente el conjunto de dogmas en los que se fundamentan sus creencias religiosas. Los movimientos fundamentalistas, pues, se basan exclusivamente en la fe. Desde un punto de vista filosófico, cualquier fundamentalismo se caracteriza por un rechazo sistemático del racionalismo y el cientifismo, por cuanto éstos propugnan métodos racionales y experimentales para conceder validez objetiva a cualquier teoría. Para los fundamentalistas, sólo la fe debe guiar la actitud del creyente. Su crítica a la racionalidad se justifica de la siguiente manera: la razón humana es limitada y, por tanto, cae en equivocaciones. Aunque a veces parezca estar fundada en conocimientos objetivos, éstos son meras "ilusiones" o "apariencias": la única verdad está recogida en la religión, puesto que Dios es infalible. Dentro de la historia de la filosofía, el movimiento de la Ilustración (siglo XVIII) se caracterizó por su crítica radical a todos los fundamentalismos basados en la religión o en las ideas tradicionales, proponiendo como único criterio científico el uso de la Razón. Esa actitud dio pie, en la civilización occidental, al auge de la ciencia y a la desaparición de la teología como conocimiento científico en los siglos posteriores. Sin embargo, en muchos lugares donde el movimiento ilustrado fue ignorado, la religión siguió constituyendo la base material donde se inspiraba el conjunto de ideologías y creencias dominantes. Eso explica que los fundamentalismos religiosos sean más frecuentes hoy en áreas geográficas (países islámicos, grandes zonas de África y Asia) que no sufrieron las enormes transformaciones sociales provocadas por la Revolución industrial durante los siglos XVIII y XIX. Mientras que, hoy en día, en el cristianismo los movimientos fundamentalistas son escasos y marginales (en muchas ocasiones relacionados directamente con sectas o grupos evangélicos que solicitan una aceptación absolutamente radical de la Biblia), en el islamismo han aparecido durante los últimos tiempos movimientos radicales fundamentalistas (Los Hermanos de Dios, Hezbolá, los talibanes...) que utilizan incluso la violencia armada como forma de defensa y de extender la religión islámica. En el hinduismo y en el judaísmo (como en algunos grupos ultraortodoxos de Israel) también se dan fenómenos de este tipo, aunque en menor extensión.
La que se convoca en nombre de Dios contra un pueblo o nación perteneciente a otra confesionalidad religiosa. En el caso de los cristianos recibió históricamente el nombre de Cruzada. Los musulmanes utilizan el término 'Yihad' para designar esta obligación religiosa, puesto que su fe les ordena combatir contra los infieles (si previamente son atacados o amenazados por ellos) para extender así la palabra de Mahoma, su profeta, y la ley de Alá, su Dios. Otras religiones, como el hinduismo y el judaísmo, igualmente invocan a su divinidad o divinidades para justificar actos de guerra, según ellos, en defensa de sus ideas religiosas. En casi todas las guerras santas, y según las diversas tradiciones religiosas, los que mueren en defensa de su fe alcanzan la gloria del mártir, accediendo con ello al paraíso. La guerra queda justificada moralmente invocando el nombre y la voluntad de Dios, el cual llama a combate a sus creyentes a través de la voz de los sacerdotes o representantes terrenos de la divinidad. A lo largo de la historia, la guerra santa ha servido para cohesionar a los pueblos frente a pretendidos enemigos exteriores, aglutinándolos alrededor de su religión, verdadera seña de su identidad como pueblo. Pero igualmente, la llamada a la guerra santa ha servido muchas veces para disfrazar actos de agresión gratuita, ataques xenófobos o racistas a pueblos y naciones, e incluso estrategias clarísimas de expansión territorial o colonialistas. Desde una valoración ética y moral, la guerra santa no queda nunca justificada racionalmente, puesto que representa en sí misma una contradicción con el espíritu pacifista que declaran todas las religiones. Además, se trata de una manifestación típica del fundamentalismo o integrismo religioso.
Se usa habitualmente como sinónimo de 'fundamentalismo'. Consiste en la actitud mantenida por grupos religiosos, ideológicos o políticos, para quienes sus doctrinas son inalterables y no están sujetas a ningún tipo de revisión, bien por considerar que son revelaciones de un ser divino (en grupos religiosos), bien por creer que reflejan una verdad absoluta (dogma) que no admite crítica (en grupos ideológicos). Los grupos integristas se caracterizan por mantener estructuras cerradas (sólo son admitidos en ellos los adeptos), por su fuerte jerarquización (suelen tener estructura piramidal con un líder o profeta al que se reverencia), por su voluntad de apostolado (tratan de captar nuevos adeptos con la difusión de sus doctrinas) y por el radicalismo que muestran en defender la "pureza" de su fe (algunos grupos integristas aceptan la violencia como método para implantar socialmente sus ideas).
El líder es un individuo que se sitúa por encima de un grupo, revestido de una capacidad de mando o de influencia sobre el mismo. El líder se apoya en sus cualidades carismáticas (carisma: don que tienen algunas personas de atraer o de seducir por sus palabras) y en su habilidad para ser querido y respetado por los miembros de ese grupo. Los psicólogos han descrito algunos rasgos de personalidad que caracterizan a los líderes: enorme seguridad y confianza en sí mismo, rapidez en la toma de decisiones, altas dotes de persuasión, facilidad para actuar como mediador en conflictos que surgen entre miembros del grupo, habilidad para desatar sentimientos afectivos en los demás... En relación con los valores morales y culturales del grupo, existen -en líneas generales- dos tipos de líderes: los que aceptan valores consolidados y los representan mejor que nadie, y los que imponen sus propios valores morales, religiosos o culturales al grupo que le rinde adoración. En este último caso, se habla de líderes innovadores o creadores de nuevos valores. Sin embargo, existe otro tipo de liderazgo que resulta sumamente perjudicial e inmoral: el de aquel que manipula al grupo con el fin de obtener no sólo obediencia, sino también beneficios personales, ya sean económicos, de poder, sexuales o de cualquier otra índole. Los líderes de sectas destructivas son un ejemplo de esta última tipología. En todos los niveles de organización social existen líderes: políticos, ideólogos, comunicadores, religiosos, líderes de pandillas, etc.
La palabra 'mesías' proviene de la lengua hebrea, significando originariamente 'ungido' (en posesión de atributos sagrados). El vocablo fue traducido al griego y, posteriormente, al latín como 'Cristo'. De ahí que a la figura histórica de Jesús de Nazaret se la denominara Cristo, puesto que para sus seguidores era la reencarnación del Mesías anunciado en el Antiguo Testamento. En los libros sagrados del judaísmo, y también en los del cristianismo, la palabra 'mesías' equivale a 'salvador'. En muchas religiones se alude a la figura de un mesías, es decir, de un salvador que habrá de venir a la tierra para liberar al pueblo de elegidos por Dios. En algunos casos, la figura del Mesías se entiende como un libertador militar o político, mientras que en otros casos -así en el cristianismo- como un ser que liberará a los hombres del pecado y los conducirá hacia la vida eterna. La Sociología y la Psicología modernas han incorporado el vocablo a su terminología científica, aunque con una significación que va más allá de su sentido religioso: un mesías es un líder, a quien sus seguidores o adeptos consideran ungido de poderes especiales, por lo que confían ciegamente en él para alcanzar algún tipo de liberación, ya sea política, militar, espiritual o religiosa. El mesianismo expresa el deseo de salvación colectiva a partir de la acción de una persona o institución. Este fenómeno no es exclusivamente religioso, sino que también existen mesianismos de tipo político o social. Una colectividad considera que una persona posee rasgos mesiánicos cuando cree sinceramente que su salvación como comunidad depende de los poderes que atesora esa persona. Algunos psicólogos hablan de "rasgos mesiánicos de la personalidad" para describir comportamientos psíquicos de ciertos individuos que se creen investidos de poderes divinos o mágicos, o que desarrollan conductas tendentes a "salvar a los demás" de peligros y situaciones reales o figurados.
En sentido estricto, un prosélito es una persona que ha sido convertida a una religión a causa de la predicación efectuada por otros. En un sentido más amplio, es un partidario que ha sido ganado para cualquier doctrina política o ideológica. Hacer proselitismo, pues, significa llevar a cabo labores de difusión ideológica y de captación de personas para que éstas se incorporen a la defensa de una causa, ya sea religiosa, política o de otra índole. En ocasiones, y utilizando una terminología cristiana, se utiliza como sinónimo de proselitismo el término 'apostolado'. Desde un punto de vista moral, el proselitismo puede ser bueno o malo dependiendo de sus fines y de los medios que utilice. Cuando, con el fin de ganar adeptos para una causa, se recurre a la manipulación, al adoctrinamiento, a la pérdida de individualidad y del sentido crítico, el proselitismo es inmoral, lo mismo que si el fin que persigue (por ejemplo, convertir a personas en miembros de una secta) es contrario a la ética. En cambio, si con una actitud proselitista se intenta alcanzar un fin bueno (el respeto a los Derechos Humanos, por ejemplo) y para lograrlo se emplean medios no manipuladores de la voluntad individual, se entiende que el proselitismo está justificado desde el punto de vista de la moral.
Etimológicamente, secta proviene del vocablo latino 'sectum', que significa "lo que está separado o desgajado". En su Diccionario de las Religiones, Rodríguez Santidrián afirma que secta es "todo grupo cohesionado por una doctrina y encabezado por un líder carismático divino o que se siente elegido por la divinidad, que exige a los adeptos una adhesión total por encima de cualquier lazo social". En un sentido puramente literal e histórico, podríamos considerar a cualquier grupo religioso como una secta, por lo menos en cuanto a sus orígenes se refiere, ya que todos ellos se constituyeron en comunidad religiosa al aceptar el carácter profético de alguien que se anunciaba como enviado por la divinidad (o que era la misma divinidad) para predicar la verdad y la salvación. Desde la perspectiva histórica, muchas religiones -entre ellas el cristianismo con relación al judaísmo- surgieron como una escisión dentro de otra confesionalidad religiosa, por lo que habrían sido, en su génesis, sectas. Sin embargo, hoy en día, el significado sociológico de secta difiere de su origen etimológico. A este respecto, resulta esclarecedor distinguir entre sectas e iglesias. Mientras que las segundas garantizan la libertad del individuo para con sus creencias religiosas, las primeras se caracterizan por los siguientes rasgos: - Las sectas constituyen grupos cerrados que se apartan de la sociedad, adoptando para con ella actitudes de enfrentamiento. - Los miembros del grupo se consideran los únicos elegidos por Dios, a la vez que discriminan a todos aquellos que no comparten sus creencias, los cuales no podrán acceder a la salvación. - Los miembros de la secta viven en aislamiento social, rechazando e ignorando sus vínculos familiares y sociales, de tal manera que se entregan completamente al trabajo para la secta. - Se creen en posesión de la verdad absoluta, lo que les lleva a desarrollar conductas de autosuficiencia. - Su espíritu de grupo es hermético. Por ejemplo, cuando oyen críticas contra ellos, suponen que son perseguidos injustamente por la sociedad. Esas actitudes contribuyen a aumentar la cohesión del grupo, puesto que se consideran arbitrariamente acusados y perseguidos. - Su estructura de poder es piramidal. En el vértice de la pirámide se encuentra el Mesías o el fundador de la secta (o cuando éste ha muerto, el sucesor). Su influencia sobre los adeptos es absoluta. El líder, con el fin de afianzar su poder, suele utilizar técnicas psicológicas de manipulación de conciencia. A ello ayudan los ejercicios ascéticos o rituales (ayuno, vigilias continuas, ingestión de fármacos o alucinógenos), los cuales disminuyen las defensas psicológicas de los adeptos, contribuyendo a debilitar el pensamiento y la racionalidad. - Continua labor de apostolado, intentando captar a nuevos adeptos con fanatismo misionero. Los móviles que animan a los líderes de las sectas son de variados tipos. Entre los más frecuentes cabe destacar: - Motivaciones económicas: expolio de los bienes de los adeptos. - Megalomanía, es decir, manía de grandeza y poder. - Intereses sexuales: los adeptos deben satisfacer los deseos de los líderes. - Trastornos mentales: el líder sufre delirios psicóticos, creyéndose realmente una reencarnación o un enviado de la divinidad. Según los sociólogos, la mayoría de seguidores sectarios posee los siguientes rasgos: clase media-baja, nivel cultural escaso, problemas de soledad o insatisfacción en sus vidas personales, alta valoración de grupos cerrados donde se sientan queridos e indispensables, y relaciones de dependencia para con los demás muy acusadas.
Término que procede de la voz 'Sión', nombre con el que se designaba a la ciudad sagrada de Jerusalén. El primero en usar el término fue el periodista Nathan Birnbaum en 1890 para expresar el destino del pueblo judío de retornar a la tierra prometida (Palestina), de la que fueron expulsados por los romanos. Por extensión, también expresaba el ideal de alcanzar una patria y un Estado propios. El sionismo como proyecto político fue impulsado especialmente por T. Herzl a finales del siglo XIX para movilizar a los judíos dispersos por todo el mundo en la reivindicación de una patria, un territorio y unas leyes específicamente hebreas. Se intentaba acabar así con la figura legendaria del "judío errante" y con las persecuciones sufridas por el pueblo hebreo a lo largo de todo su exilio. Como es sabido, en 1948 se creó el Estado de Israel en tierras de Palestina, iniciándose al poco tiempo la primera guerra árabe-israelí por la disputa de los territorios divididos por la ONU entre judíos y palestinos. En la actualidad, continúan los conflictos armados entre los dos pueblos, puesto que aún no se ha conseguido la creación de un Estado palestino independiente. A lo largo del tiempo, sin embargo, el término ha ido adquiriendo otras significaciones. En la actualidad se expresa con él cualquier movimiento o ideología que defienda los intereses propios del pueblo judío. A veces, se utiliza con un sentido peyorativo, reflejando actitudes racistas y excluyentes con respecto a la cultura y a la existencia jurídica del pueblo palestino. Considerado desde esta última acepción, el sionismo es una actitud radical y dogmática que tiende a considerar al pueblo judío como una nación elegida directamente por el Dios del Sinaí y, por tanto, superior al resto de los pueblos.
Término proveniente de los vocablos griegos 'theos' (dios) y 'cracia' (gobierno). Etimológicamente significa, pues, "gobierno de dios". Se denominan teocracias a los sistemas de gobierno que se rigen por leyes religiosas, es decir, que subordinan las leyes civiles y políticas a las creencias religiosas. Una teocracia se caracteriza por legislar atendiendo a un Libro Sagrado (Biblia, Corán, Torá, etc.), de tal manera que los preceptos religiosos constituyen la base sobre la que se elaboran todas las leyes. Así, el Estado civil queda sometido a la autoridad de los dirigentes religiosos. Históricamente el cristianismo defendió la teocracia -particularmente durante la Edad Media-, buscando la sumisión de reyes y emperadores a la autoridad suprema del Papa. Esa identificación entre Iglesia y Estado, convertía a éste en un servidor de los intereses espirituales de la religión (en expresión de San Isidoro de Sevilla: donde no llegue la palabra de Dios ha de llegar la espada del emperador, es decir, la violencia del Estado queda justificada siempre que esté al servicio de la fe). Sin embargo, las nuevas ideas políticas aparecidas durante el Renacimiento (Maquiavelo, fundamentalmente) y la época Moderna (s. XVII y XVIII: teorías del Contrato social) promovieron la independencia de los poderes públicos con respecto a la Iglesia, limitando su capacidad de influir en las legislaciones. En otras religiones, sin embargo, no se produjo una separación tan clara entre los poderes públicos y las iglesias (poder terrenal y poder espiritual). Así, en el Islam aparecieron en los últimos años movimientos fundamentalistas que han impuesto sistemas teocráticos en países como Irán o Afganistán, identificando política con religión. En otros Estados, como en Israel, la influencia de grupos judíos ortodoxos en su política es notable, puesto que habitualmente los gobiernos de turno dependen de sus votos en el Parlamento.
Utilizando una definición muy generalista, entendemos por terrorismo la utilización sistemática de la violencia con la finalidad de causar ‘terror’ en amplias capas de la población. Ese ejercicio sistemático de la violencia puede obedecer a distintos fines; de ahí que sea necesario distinguir entre los diversos tipos de terrorismo para destacer sus peculiaridades. Sin embargo, cualquier fenómeno terrorista posee una serie de características más o menos comunes. Entre otras, serían: - Las acciones violentas se justifican en nombre de reivindicaciones justas, tratando de esa manera de buscar una legitimidad social. Por ejemplo, en el caso del terrorismo del Estado, se apela a que los fines perseguidos benefician al conjunto de la población; en el terrorismo revolucionario se insiste en la ilegitimidad democrática del régimen político que se pretende derribar; en el caso del terrorismo religioso se acude al concepto de ‘guerra santa’; en el terrorismo independentista, al deseo de independencia de la población, etc. - Las acciones terrroristas no se presentan como acciones aisladas entre sí, sino que se pretende transmitir la idea de un grupo estructurado y organizado que se mueve con arreglo a determinados fines doctrinarios (políticos, religiosos, ideológicos, etc.). - Los grupos terroristas suelen afirmar que su violencia sólo es la respuesta que ellos dan a la violencia ejercida por el Estado, por grupos de presión, por rivales ideológicos, etc. Quieren presentarse ante la opinión pública como grupos que utilizan la violencia en respuesta a las agresiones consentidas (legales) que sufren sus aspiraciones ideológicas. - La táctica que utilizan estos grupos busca infundir terror a la población y a las propias autoridades, creando un clima de violencia social que finalmente sirva a sus intereses partidistas. Desde el origen de la humanidad, podemos reconocer actitudes terroristas llevadas a cabo por los ejércitos o por grupos militarizados, que buscaban transmitir el ‘terror’ a sus enemigos.. Incluso uno de los periodos de la Revolución francesa (siglo XVIII) recibió el significativo nombre de época del ‘Terror’. Sin embargo, el terrorismo moderno apareció en el siglo XIX, donde se convirtió en una seña de identidad de los grupos anarquistas que luchaban contra la propiedad y las instituciones del Estado. Desde entonces, los movimientos terroristas han proliferado en todas las zonas del planeta. Según sean sus fines y sus estrategias, podemos distinguir entre varios tipos de terrorismo. En una primera clasificación generalista, podemos distinguir entre el terrorismo llevado a cabo por el Poder* (el Estado, movimientos institucionales, grupos paramilitares amparados por la polícía, etc.) y el de los grupos revolucionarios que aspiran a cambiar el orden social (modificación del sistema político, lucha por la liberación nacional, asalto al poder político, etc.). Dentro del primer grupo, destacamos los siguientes: - Terrorismo de Estado: promovido o ejercido directamente por los poderes del propio Estado contra los disidentes políticos e ideológicos. Así, el ejercido por las dictaduras, por ejemplo. - Terrorismo paramilitar: se entiende por grupo ‘paramilitar’ al formado por elementos de la polícia y el ejército (aunque clandestinamente o, cuanto menos, sin revelar las conexiones que lo unen con los poderes represores del Estado), o por individuos instruidos y financiados por ellos, cuya finalidad consiste en atentar contra otros grupos violentos o contra opositores al régimen político vigente. - Terrorismo teocrático: inspirado por movimientos teocráticos que buscan la implantación de los valores religiosos en los que creen a la totalidad de los ciudadanos. Dentro del terrorismo revolucionario (el que pretende alcanzar el poder, derrocando al régimen imperante con el fin de transformar las condiciones y la estructura social, o el que busca variar sustancialmente las formas de gobierno o de distribución territorial de un Estado), caben reseñarse los siguientes tipos: - Movimientos de liberación nacional: inspirado en los movimientos anticolonistas que lucharon contra las potencias occidentales para alcanzar la independencia de sus territorios nacionales. No se consideran a sí mismos como terroristas (aunque llevan a cabo técnicas terroristas, justificándolas por su debilidad militar con respecto a su enemigo), sino que se llaman ‘ejércitos de liberación nacional’. Aspiran a alcanzar la independencia de un territorio en manos de una potencia colonial o de un Estado invasor. El Movimiento para la Liberación de Palestina o el Frente Saharaui, grupo armado que lucha contra la anexión del Sahara Occidental por parte de Marruecos, podrían considerarse ejemplos de este tipo. En ocasiones, resulta muy difícil distinguir si se trata de auténticos ejércitos que libran una ‘guerra justa’ desde el punto de vista moral o de grupos terroristas con amplia implantación social y amparados en la justicia de sus reivindicaciones (apoyadas, a veces, por la propia ONU, aunque siempre que sean pacíficas). - Terrorismo independentista: el llevado a cabo por grupos que pretenden la secesión de una parte del territorio estatal (por ejemplo, el de ETA en España). - Terrorismo revolucionario marxista: el que se inspira en los movimientos marxistas que alcanzaron el poder a través de la guerrilla en numerosos Estados (Rusia, Cuba, China, etc...). Su objetivo consiste en hacerse con el poder político para implantar Estados de inspiranción marxista o comunistas. - Terrorismo fundamentalista de origen religioso, cuya pretensión es la de constituir una teocracia. Existen igualmente otros tipos de terrorismo, como pueden ser el anarquista; el mafioso (llevado a cabo por las mafias para aterrorizar a la judicatura y a la policía con el fin de que éstas disminuyan, a causa del terror, su represión contra ellas); el neonazi o de extrema derecha; el inspirado por locos, visionarios o sectas religiosas, etc.
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