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Se denomina acto reflejo a una conexión del sistema nervioso mediante la cual se produce una respuesta automática e inevitable del organismo ante un estímulo determinado. Por ejemplo, al sentir una llama sobre mi dedo, aun sin ser consciente de que me estoy quemando, lo retiro automáticamente. En cambio, se utiliza el término ‘reflejo’ para denominar a asociaciones nerviosas estructuradas que activan respuestas automáticas más complejas que las del puro acto reflejo; por ejemplo, el parpadeo en los recién nacidos. Los reflejos son asociaciones de estímulos y respuestas involuntarias, innatas y universales, esto es, se dan en todos los individuos de la especie.
Rasgo violento que caracteriza a muchas especies animales y al ser humano. La agresividad posee unas bases biológicas aunque reforzadas por ciertos aprendizajes; ha sido seleccionada evolutivamente a causa de que resulta útil para la lucha por la supervivencia y para otros mecanismos selectivos de la evolución. Entendemos por agresión la conducta violenta cuya función es provocar daño. La agresividad humana puede estar orientada hacia diversos objetos: hacia uno mismo (masoquismo), hacia personas o grupos, e incluso hacia toda la sociedad en general (comportamiento violento antisocial). Los psicólogos sociales distinguen dos grandes tipos de agresividad: la que llaman instrumental (cuando se utiliza para alcanzar determinados fines; por ejemplo, la violencia revolucionaria cuya finalidad es transformar la sociedad) y la hostil o gratuita (cuando se ejerce por el placer -sadismo- de provocar daño sin ninguna otra finalidad aparente). Desde el punto de vista de la ciencia se ha discutido en profundidad acerca de las causas que provocan la agresividad. No existen dudas sobre su componente evolutivo y sobre su carácter necesario, ya que un organismo que careciese de agresividad no podría defenderse del ataque de otros organismos y habría desaparecido a lo largo del proceso selectivo de las especies. Ahora bien, en lo relativo a la agresividad humana se sigue debatiendo sobre si debe considerarse básicamente genética (así, un individuo violento estaría ya determinado, a causa de sus genes, desde su nacimiento) o si, por contra, una personalidad agresiva es el resultado de la educación y aprendizajes por imitación del entorno social (según esta teoría, personas que hubieran nacido en ambientes violentos y que hubieran sufrido malos tratos en la infancia reproducirían en la edad adulta comportamientos agresivos). En la actualidad, la opinión científica mayoritaria es la de que ambos factores influyen simultáneamente en la agresividad. En cuanto a sus posibles causas, muchos psicólogos la han relacionado con la frustración (por término medio, los individuos frustrados responden mucho más agresivamente que los no frustrados). En cuanto a la ética, decir que puede estar justificada la conducta agresiva cuando se ejerce en legítima defensa o cuando no existe otra alternativa -y únicamente en casos excepcionales- para acabar con la violación sistemática de los Derechos Humanos. Hay que decir, no obstante, que algunas corrientes éticas -como los partidarios de la no-violencia o ciertas morales inspiradas en ideas religiosas- ni siquiera aceptan la justificación de la agresividad en el último caso.
En terminología psicológica, la angustia es una emoción que se manifiesta en el miedo y el sufrimiento que padecemos por hechos que habrán de suceder en el futuro. En ese sentido, y dentro de la psiquiatría, se ha definido a la angustia como un miedo sin objeto. La diferencia que existe entre ella y el miedo es que en el último caso se conoce (se identifica) el objeto causante del pavor, cosa que no sucede en la crisis de angustia. Por regla general, la angustia es una emoción que acompaña a las neurosis. En filosofía, el término fue utilizado por el existencialismo. Con él se designó al estado que acompaña a la libertad de elección: el hombre está condenado a ser libre, es decir, a tener que decidir a cada instante lo que quiere ser, y esa necesidad de enfrentarse continuamente a la obligación de elegir le conduce a la angustia, esto es, al miedo a equivocarse en su elección. Para superar esa crisis muchas personas aceptan códigos morales y existenciales cerrados y absolutos (como una religión, una ideología política, etc.), de tal manera que sepan a qué atenerse y de esa forma evitar la angustia que provoca la libertad de elegir continuamente. Sartre llama a esa actitud, ‘existencia inauténtica’ en contraposición a la actitud del que asume plenamente su libertad y se arriesga (aunque ello le provoque angustia) a ir construyendo su existencia mediante el perpetuo tener que decidir sobre lo que se quiere ser.
Podemos distinguir tres sentidos generales del término conciencia: Uno, su significación psicológica y filosófica, donde conciencia es el conocimiento que un sujeto tiene de sí mismo, es decir, de sus estados psíquicos y de sus actos. En el psicoanálisis, además, la conciencia se encuentra determinada por el inconsciente. Dos, su significación ética, por lo que entonces hablamos de conciencia moral: capacidad que posee un individuo de realizar juicios o apreciaciones morales sobre aquello que debe considerarse justo o injusto. Tres, su significación teológica cristiana, donde la conciencia es la facultad intelectual iluminada por Dios que nos sirve para juzgar acerca del bien y del mal.
En términos psicológicos, un impulso consiste en una energía interior que insta a los organismos a realizar una acción concreta. Las diferentes escuelas psicológicas han estudiado la naturaleza y la clasificación de los impulsos, sin que exista un acuerdo generalizado sobre sus mecanismos de funcionamiento, sobre su número o sobre sus cualidades. En términos coloquiales, los impulsos son deseos o disposiciones repentinos que nos fuerzan a realizar determinados actos, sin que nuestra voluntad pueda evitarlos, aunque sea capaz de controlarlos en cierto sentido. Dentro de la ética, los impulsos se encuentran relacionados con la voluntad. Como es sabido, para que un acto pueda ser juzgado moralmente debe haber sido realizado de una manera voluntaria y libre. Los impulsos, sin embargo, condicionan nuestra voluntad hasta tal punto que, en ocasiones, no nos sentimos responsables directos de nuestros actos; así, por ejemplo, cuando decimos: "sentí un impulso irresistible y no lo pude evitar". No obstante, los neurobiólogos insisten en que la voluntad y la razón pueden reprimir los impulsos, aunque con grandes dificultades, dificultades que pueden ser minimizadas a través de un aprendizaje y un esfuerzo de nuestra voluntad. De ahí que una conducta o un temperamento impulsivos no puedan justificar moralmente nuestras acciones, convirtiéndonos en irresponsables.
Para el Psicoanálisis, parte de la mente formada por todos aquellos impulsos, deseos y sucesos olvidados por el individuo, que permanecen fuera de la conciencia a causa de un mecanismo de defensa llamado represión. Desde los tiempos más remotos, los seres humanos conocían una clase de fenómenos que alteraban su conciencia o que les hacían tener percepciones extraconscientes: sueños, visiones, fantasías, etc. Las culturas antiguas atribuyeron estos fenómenos a seres divinos o mágicos como espíritus, demonios, ángeles, etc. En el siglo XIX, Sigmund Freud comenzó el estudio de estos fenómenos de una manera científica y así descubrió una instancia psíquica profunda que era la responsable de esos estados, y a la que llamó con el nombre de inconsciente. Los contenidos del inconsciente han sido relegados al olvido porque resultan amenazantes para la integridad psíquica del sujeto, ya que chocan contra sus normas morales, una de cuyas funciones consiste precisamente en reprimir esos impulsos inconscientes. Es importante aclarar que no se relegan al inconsciente todos los deseos no satisfechos de nuestra vida o todos nuestros actos fallidos, sino tan sólo aquellos que provocan angustia o sentimiento de culpa. Sin embargo, lo inconsciente no permanece quieto, sin más, en el olvido. Según Freud, lucha por salir a la conciencia, por lo que ésta debe protegerse mediante los llamados mecanismos de defensa para evitar su aparición. Sin embargo, cuando la conciencia disminuye su vigilancia (sueños, fantasías, libre asociación de recuerdos), el inconsciente aflora bajo la forma de sueños, deseos imposibles de satisfacer, actos fallidos, etc.
Término que proviene del vocablo latino innatus, es decir, ‘dentro del recién nacido’ o ‘poseído de manera natural’. Aunque vulgarmente se entiende por innato todo rasgo psicológico o biológico que ya se encuentre en el recién nacido, su significación científica difiere del sentido vulgar: innato es todo aquello que es natural (que no ha sido aprendido) en la conducta de un individuo, es decir, que no ha sido adquirido mediante ninguna experiencia anterior. Por ejemplo, la capacidad de hablar es innata a los seres humanos, pero para desarrollarla tienen que oír hablar una lengua determinada (es decir, adquirir un aprendizaje o unas experiencias previas); por tanto, esa capacidad es innata pero el hecho de conocer una u otra lengua es una conducta aprendida. El término innato posee gran importancia dentro de la ética, ya que sobre la existencia o no de intuiciones morales innatas en el ser humano ha girado todo el debate entre los partidarios de la ley natural (iusnaturalismo) y los defensores del carácter histórico y cultural de todos los códigos morales existentes. Para los primeros, existen normas morales innatas que son captadas por los individuos de manera intuitiva, de tal manera que todos poseen nociones acerca de lo que es bueno o malo sin necesidad de que se las hayan enseñado. Para los segundos, en cambio, todas las leyes morales sin excepción provienen de las distintas experiencias históricas y culturales de las diferentes civilizaciones.
Pauta de conducta fija de los organismos ante ciertos estímulos del medio ambiente. Esa pauta no proviene de aprendizajes previos, sino que obedece a conexiones fijas del sistema nervioso seleccionadas a lo largo de la evolución de la especie. Todos los individuos pertenecientes a una especie poseen el mismo número de instintos. Tinbergen define al instinto como "un mecanismo nervioso jerárquicamente organizado, sensible a determinados estímulos (tanto externos como internos), que lo cargan, desencadenan y dirigen, y que responde a estímulos con mecanismos coordinados que contribuyen a la eficacia biológica del individuo y su prole." Las funciones biológicas de los instintos se relacionan con la conservación y supervivencia del individuo o de la especie, mediante la regulación de actividades tales como la alimentación, la reproducción, la agresión, el mantenimiento de las crías, el cortejo sexual, etc. - Cualquier conducta instintiva debe reunir las siguientes características: Ser una pauta de comportamiento fija e invariable. - Poseer un carácter innato, es decir, no provenir de ningún aprendizaje previo, sino ser inherente al individuo y a la especie. - Ser específica: quiere esto decir que el instinto se desencadena siempre ante determinados estímulos y no ante otros. - Ser eficaz biológicamente, esto es, contribuir a la supervivencia o a la procreación del individuo. En cuanto a una posible clasificación de los instintos humanos podemos distinguir entre: - Instintos vitales o de supervivencia: nutrición, conductas de supervivencia, agresividad, huida ante el peligro grave, sexualidad tendente a la procreación, etc. - Instintos asociados al placer: buscan la satisfacción y bienestar del individuo, además de la huida de situaciones dolorosas. - Instintos sociales: tendencias hacia la vida en común y las formas de organización social. - Instintos culturales, relacionados con la aspiración de saber y con el deseo del conocimiento sobre el mundo que nos rodea. Mientras que los animales se guían casi exclusivamente por la conducta instintiva, en el ser humano se produce una circunstancia especial: es el único ser capaz de reprimir voluntariamente sus instintos con la finalidad de obtener algo que le resulte más satisfactorio. Por ejemplo, un ser humano puede renunciar voluntariamente a ejercer su sexualidad porque considere que la castidad le acerca más a Dios (es el famoso voto de castidad de muchos religiosos). Ahora bien, el hecho de renunciar a satisfacer el deseo instintivo no significa que desaparezca el instinto; al contrario, el instinto continúa ejerciendo su acción sobre la conducta, aunque el individuo desista de satisfacerlo. Además, siglos de evolución cultural han hecho que coexistan en la conducta humana instintos puramente animales con deseos y metas culturales, adquiridas como fruto de la convivencia y la educación. En nuestra especie, el instinto debe ‘luchar’ con la racionalidad, por lo que en ocasiones contenemos nuestras tendencias instintivas; de otra manera, no podríamos vivir en sociedad. Quiere esto decir que nuestra evolución cultural nos ha permitido renunciar a la satisfacción puramente instintiva en aras de conseguir otros logros. En la tradición filosófica la oposición instinto-razón ha sido un tema ampliamente tratado. Muchas corrientes de pensamiento han considerado que la moralidad exige una renuncia de la vida instintiva para vivir de acuerdo con una razón que nos dicta normas que van contra la satisfacción continua de nuestras tendencias biológicas. Así, por ejemplo, los estoicos buscaron la ataraxia, es decir, la impertubabilidad del alma ante los estímulos del mundo exterior e interior, tratando de llevar una vida racional que no se dejara afectar por los deseos.
Reciben este nombre un conjunto de procedimientos que utilizamos todas las personas con el fin de evitar la angustia y ansiedad que nos producen las frustraciones y los conflictos de nuestro psiquismo. Freud destacó, entre otras, las siguientes características de los mecanismos de defensa: - Son dispositivos que usa el yo para evitar la acción de los impulsos inconscientes en la conducta consciente del individuo. - Su acción consiste en arrojar fuera de la conciencia algún aspecto de la realidad que nos provoca desasosiego. - Su objetivo final es evitar la angustia o dolor psíquico que esos conflictos provocarían en la conciencia. - Los mecanismos de defensa son utilizados por todas las personas, no sólo por lo que padecen trastornos psíquicos. Precisamente estos últimos empeoran su situación porque los mecanismos de defensa se vuelven ineficaces y no sirven para calmar la ansiedad. El propio Freud y su hija Ana fueron los que dieron nombre a la mayor parte de los mecanismos de defensa. Algunos de los más importantes son: - Represión (ver entrada). - Negación: rechazar una idea perturbadora para nuestra moral, negándola una y otra vez. Por ejemplo, cuando decimos "no es cierto que deseara tu fracaso". Es importante señalar que no se trata de una actitud fingida: el sujeto trata de negar realmente ese deseo inconsciente que no ha sido capaz de reprimir totalmente. - Regresión: consiste en reproducir conductas que pertenecen a una etapa anterior de nuestro desarrollo psíquico. Por ejemplo, reproducir conductas infantiles como cuando un alumno llora ante un profesor para que lo apruebe, esperando inconscientemente que éste le ofrezca una protección similar a la que le madre le otorgaba en su infancia al oír su llanto. - Proyección: consiste en proyectar sobre los demás sentimientos o deseos inaceptables para uno mismo, con lo cual se evita la frustración personal. Por ejemplo, culpar a los demás de fracasos nuestros, de los que sólo nosotros somos responsables. - Sublimación (ver entrada). - Fantasías: Consiste en realizar mentalmente y de forma imaginaria lo que uno es incapaz de llevar a cabo en su vida real. Un ejemplo típico es el de las personas con ‘temperamento fantasioso’: siempre están imaginando cosas y acciones que luego son incapaces de cumplir en la realidad.
Sentimiento incontrolado (es decir, escapa al control de la razón) por el que se vive intensamente un rechazo y agresividad por una persona, un grupo, unas ideas e incluso cosas o situaciones. Habitualmente se lo suele contraponer al amor, aunque según los psicólogos existen numerosos casos donde aparecen mezclados o alternamente en relación con el mismo objeto o persona. Se habla entonces de amor-odio. El odio provoca infelicidad, ya que el sujeto que lo siente sufre, bien por el propio sentimiento en sí, bien por no poder satisfacer sus deseos de venganza (normalmente asociados al odio).
Con este nombre se conoce a una escuela de psicología, que posee conceptos y métodos científicos propios, fundada originariamente por el médico y psiquiatra vienés Sigmund Freud a finales del siglo XIX. El propio Freud fue el gran teórico del psicoanálisis, publicando un elevado número de obras donde fue estableciendo los principios y los métodos de análisis y terapia de la nueva escuela. Entre sus seguidores más importantes se encuentran Jung, Adler y Lacan. La aportación más decisiva del psicoanálisis a la ciencia fue el descubrimiento del inconsciente como estructura psíquica de nuestra personalidad y la influencia que ejercía éste sobre nuestra conducta consciente. Según los psicoanalistas todas las personas relegan al inconsciente aquellos deseos no satisfechos, los traumas del pasado y los impulsos biológicos que exigen satisfacción placentera pero que chocan contra las normas morales que hemos interiorizado. Todos ellos son relegados al inconsciente porque poseen la propiedad de provocarnos angustia y ansiedad; la forma que tenemos de defendernos de esa angustia es la de tratar de olvidar todo aquello que la causa. Para ello contamos con la ayuda de los mecanismos de defensa. Según Freud, el olvido de los hechos que nos causan dolor hace posible nuestro equilibrio psíquico en la vida consciente. Sin embargo, cuando no funcionan correctamente estos mecanismos de defensa, aparecen trastornos psíquicos importantes como las neurosis o las psicosis. El psicoanálisis dedicó una especial atención a las funciones psicológicas de las normas morales y éticas. Según ellos, el niño recién nacido es un egoísta absoluto porque busca la satisfacción inmediata de todos sus deseos. Sin embargo, pasado algún tiempo, debe empezar la socialización del niño mediante la imposición de ciertas normas higiénicas (control de la orina y la defecación) y de las primeras normas morales (haz esto, no hagas lo otro). La finalidad de este proceso es la de adaptar al niño a su realidad social, donde es imposible que una persona pueda satisfacer todos sus deseos, ya que debe aprender a convivir y a respetar a los demás. Este proceso provoca, según Freud, traumas infantiles que son interiorizados en el inconsciente. Las normas morales son transmitidas al niño por los padres. El conflicto surge cuando los deseos o impulsos primarios (que buscan imperiosamente su satisfacción) se enfrentan contra esas normas morales (interiorizadas por el niño en el ‘superyó’ o conciencia moral) que prohíben esa satisfacción, exigiendo la represión y el control de los impulsos en nombre de los valores sociales imperantes en ese momento.
Etimológicamente, psicología viene de los vocablos griegos ‘psykhé’ (alma, mente, espíritu) y ‘logos’ (ciencia). Comenzó a utilizarse como nombre de una nueva disciplina científica a mediados del siglo XIX. Aunque pueda parecer sorprendente, resulta imposible dar una definición de Psicología que contente a todos los especialistas. Esto puede explicarse por las siguientes causas: - Con el nombre de Psicología se designa no sólo una ciencia, sino también un conjunto de técnicas aplicadas. - Existe un número altísimo de teorías que se califican a sí mismas como ‘psicológicas’, muchas de las cuales son contradictorias entre sí, mientras que otras utilizan métodos y técnicas totalmente contrapuestos. - Existen tantas ramas de la Psicología (clínica, educativa, industrial, publicitaria, etc.) que resulta difícil definir un objeto de estudio que sea común a todas ellas. - A lo largo de la historia de la Psicología se ha cambiado tanto del tipo de objeto a estudiar (al principio el alma, luego la conciencia, más tarde la conducta, ahora la mente y la conducta bajo las influencias genéticas o ambientales, etc.) que decir cuál es su objeto de estudio no resulta nada fácil. Por tanto, y con las debidas precauciones, apuntamos una definición generalista de Psicología: la ciencia o disciplina del saber humano que estudia la conducta y los procesos mentales que subyacen bajo ella y la condicionan. Por conducta entendemos todos aquellos actos de un organismo que pueden ser observados y registrados. En cuanto a los procesos mentales, algunos pueden ser percibidos (a través de escáneres cerebrales) y otros nos. Deducimos la existencia de estos últimos de manera indirecta: a través de sus efectos (aunque la causa no sea observada directamente) sobre las pautas de conducta.
El término proviene de una traslación fonética y ortográfica a nuestra lengua del vocablo griego ‘phykhé’, cuya significación era la de alma o mente. Hay que hacer constar, sin embargo, que los griegos no poseían la noción cristiana de alma, por lo que no consideraban a ésta (salvo Platón en algunos aspectos) como una sustancia independiente del cuerpo, sede de las capacidades intelectivas, donde Dios habría grabado ciertas leyes innatas y que era la responsable de la vida moral del hombre, por lo cual debería dar cuenta de sus pecados en el fin de los tiempos. Los griegos designaban con psique el conjunto de actos y funciones mentales del individuo, abarcando tanto el conocimiento como la reflexión moral y los sentimientos emotivos. Para ellos la psique incluía lo que hoy llamaríamos contenidos conscientes e inconscientes de la mente, pero no los aspectos orgánicos del sujeto. Para Aristóteles, la Psique era también el principio de la vida, además de la sustancia del entendimiento. Según él, y puesto que identificaba alma y vida, al morir los cuerpos igualmente morían las almas.
El concepto de represión posee dos grandes significados: uno político-ideológico relacionado con la ausencia de libertad, y otro psicológico. En el primer caso se designa con él la privación de ciertos derechos a través de la coacción y la fuerza. Reprimir significa así impedir que alguien ejerza su libertad personal, ideológica o política. Por regla general, la represión es ejercida por alguien que posee un poder sobre otro, al que obliga o impide la realización de ciertas acciones. La represión puede ser ejercida por el Estado, la autoridad familiar, la escuela, la iglesia, etc. Desde el punto de vista psicoanalítico, se entiende que la represión es un mecanismo de defensa que consiste en rechazar y mantener fuera de la conciencia todas aquellas ideas y recuerdos que resultan dolorosos e inaceptables para el sujeto, los cuales quedan subsumidos en el inconsciente. Es decir, reprimimos aquello que nos provoca angustia y ansiedad. Sin embargo, los contenidos reprimidos luchan por salir a la conciencia y ejercen una influencia decisiva sobre nuestra conducta.
En psicología se conoce con este nombre a un mecanismo de defensa descrito por Freud (quien fue el primero en utilizar el término con esa significación), según el cual un individuo reprime ciertos deseos sexuales o agresivos, y canaliza esa energía hacia actividades sociales que son valoradas positivamente por la sociedad. La razón por la que se reprimen esos impulsos se debe a que entran en conflicto con nuestras normas morales interiorizadas en la conciencia. Puesto que si cedemos a la satisfacción de dichos deseos, aparecerán la culpa y la angustia, nuestro inconsciente pone en marcha el mecanismo de sublimación, haciendo que esas fuerzas o energías se dediquen a otras actividades (las cuales sustituyen a los deseos originarios) que también nos causen placer aunque no culpabilidad. Por ejemplo, según Freud, numerosos literatos sublimaban sus deseos sexuales (reprimidos en su vida real) a través de los personajes de sus novelas.
En Psicología, conflicto emotivo que afecta hondamente al sujeto, dejándole una huella en el inconsciente. Algunos psicólogos utilizan la expresión ‘herida psíquica’ como sinónimo de trauma. Según el Psicoanálisis, los traumas sufridos durante los primeros años de la infancia condicionan la personalidad del individuo de una manera determinista, es decir, la personalidad del individuo se determina, en sus rasgos más generales, durante los primeros años de vida, de tal manera que cada individuo desarrollará su carácter y temperamento según y como haya reaccionado psíquicamente ante los traumas y sucesos de su infancia.
De una manera muy general, podemos definir al yo como la conciencia que posee un sujeto de su identidad consigo mismo y de su individualidad. La idea de yo, pues, nos identifica como individuos y como sujetos únicos, ya que establece las diferencias entre mi yo y los de los demás. También representamos con el concepto de yo el ser que unifica mis distintos estados biológicos y psíquicos (impulsos, pensamientos, emociones). Desde esta perspectiva, el yo se representa como unidad de cuerpo y mente en un individuo concreto. Finalmente, para los psicoanalistas, el yo es una estructura de nuestra personalidad que actúa como moderador entre el ‘ello’ (nuestros impulsos y deseos inconscientes) y el ‘superyó’ (las normas morales de nuestra conciencia), permitiendonos la adaptación a la realidad y diciéndonos cuándo y cómo podemos satisfacer nuestros deseos o cuándo deben ser reprimidos por causas morales o cívicas.
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