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Proviene del término griego ‘anomía’, que significa ‘falta de legalidad’. En un sentido general, su significado es el de ausencia de ley. Dos disciplinas del conocimiento han incorporado el vocablo a su terminología técnica, dotándolo de nuevas significaciones: En Psicología se emplea el término anomia para designar un rasgo de conducta que muestran ciertos individuos que viven aislados de la sociedad y al margen de sus normas. Algunas escuelas de psicoterapia también lo emplean para definir la conducta moral de algunos psicópatas, a quienes las consecuencias de sus actos (a veces tan terribles como el asesinato o la violación) no les provocan ninguna reacción moral ni ningún tipo de emotividad. En Sociología política, y también en Sociología del derecho, la anomia describe un modelo de sociedad desorganizado y caótico, que se caracteriza porque la mayoría de los ciudadanos no cumplen las leyes vigentes, ya que el orden social no existe o está alterado.
Término que proviene del griego, de autos (propio) y nomos (ley). Significa, pues, la capacidad de regirse por leyes que han sido dictadas por nuestra propia conciencia. El concepto se encuentra relacionado directamente con el de independencia personal y con el de libertad. En el pensamiento filosófico, el concepto de autonomía está especialmente ligado a la ética, y más en concreto a la obra de Kant, Crítica de la razón práctica. En ella, el autor repasa los sistemas éticos anteriores y encuentra que todos ellos son heterónomos, es decir, que las leyes de la acción ética no están en la propia voluntad, sino en algo exterior a ella. Quiere esto decir que las normas morales se hallan condicionadas por un fin o finalidad externo a la voluntad, ya sea la felicidad, el placer o lo útil (esto es, los criterios que nos mueven a obrar moralmente, en tanto que esperamos conseguir algún fin con nuestras acciones éticas). En cambio, para Kant la moral debe ser autónoma, es decir, que las leyes que la regulen deben estar dictadas exclusivamente por la voluntad, es decir, ser independientes de cualquier fin ajeno a ella. Para conseguir un sistema ético que cumpla con el requisito de la autonomía (en lugar de las éticas heterónomas anteriores), defiende una ética formal, construida a partir de imperativos categóricos y no hipotéticos.
Procede de los vocablos griegos ‘áxios’, que significa digno de aprecio o valorable en sí mismo, y ‘lógos’, ciencia o saber. Por tanto, su significado etimológico es el de ciencia que estudia los valores. En ese sentido, se trata de una disciplina de la ética cuyas funciones principales son las siguientes: - Determinar en qué consisten los valores (qué son exactamente, de qué cualidades son portadores, qué rasgos los definen...). - Estudiar los mecanismos psicológicos que nos permiten captar los valores tanto en acciones como en objetos. - Clasificar y jerarquizar los valores según criterios de importancia o de sus diferencias de clase (estéticos, económicos, morales...).
Según la Real Academia de la Lengua, "fuerza o violencia que se hace a una persona para obligarla a que diga o ejecute alguna cosa". Y también, en su acepción jurídica, "poder legítimo del derecho para imponer su cumplimiento o prevalecer sobre su infracción". Por tanto, y atendiendo a ese doble significado, conviene resaltar una primera distinción entre las diversas formas de coacción: - Coacción ilegítima: cuando la fuerza se ejerce sin estar fundamentada en razones morales o en contra de lo estipulado por las leyes. - Coacción legítima: cuando el fin de la misma se inspira en el cumplimiento de preceptos morales (siempre que los medios coactivos utilizados sean ajustados a derecho y comedidos para el fin que se quiere alcanzar, y nunca medios violentos desproporcionados). Desde el ámbito del Derecho se entiende que el Estado es el único que posee el uso legítimo de la violencia y la coacción, siempre que éstas se ajusten al llamado imperio de la ley, y su fin sea garantizar (mediante la intimidación o el castigo) el cumplimiento de las leyes vigentes. De todas formas, no está claro cuál debe ser el límite establecido para que la coacción legítima no derive en ilegítima. De hecho -en la práctica jurídica y política-, el uso de la coacción por parte de los poderes públicos da lugar frecuentemente a muchas situaciones de injusticia moral o social. Existen numerosos tipos de coacción según se aplique ésta en uno u otro campo: coacción política, militar, psicológica, etc. La coacción es uno de los atributos que definen al Poder.
Su significado etimológico (del latín: conventio) es: pacto o convenio entre dos o más personas, o entre instituciones. Para el Derecho, también significa una práctica admitida tácitamente (por tanto, no es una ley o una norma jurídica), a causa de la existencia de precedentes o por la costumbre social. De este vocablo deriva convencionalismo, cuyo significado ya posee otros matices diferentes. Para la Real Academia Española, convencionalismo es el "conjunto de opiniones o procedimientos, basados en ideas falsas que, por comodidad o conveniencia social, se tienen por verdaderas". Así pues, una persona convencional será aquella que siga las normas y las ideas sociales basadas en costumbres tradicionales, sin ánimo o espíritu crítico, y sin mostrar ningún interés por modificarlas; al contrario, se opone a cualquier trasformación que lesione esas costumbres tradicionales. El convencionalismo suele esconder, desde un punto de vista psicológico, un miedo enfermizo al cambio social o personal, y, por tanto, el rechazo a nuevas ideas. Algunos autores han llamado la atención sobre la relación existente entre el convencionalismo y la alienación. En efecto, la persona convencional se refugia en las ideas aceptadas mayoritariamente, y por motivos de conveniencia, se niega a ser crítico con el sistema e, incluso, a tener un conjunto de ideas propias. En la Historia de la Ética, el concepto de convención ha sido utilizado, sobre todo, en los debates acerca de si la ley moral es de origen natural o positivo. Fue un concepto asumido expresamente por los sofistas, cuando defendían que la ley tenía un origen convencional, esto es, había sido aceptada por acuerdo tácito entre los ciudadanos de una polis, debido a razones de conveniencia o utilidad social.
El vocablo ‘criterio’ procede del término griego ‘kritérion’, que significa ‘lo que permite o sirve para realizar un juicio sobre algo’. En filosofía, criterio se usa fundamentalmente como ‘criterio de verdad’, y significa el conjunto de normas y procedimientos que se utilizan para reconocer la verdad o falsedad de un juicio, proposición o enunciado. Cuando nos referimos al criterio moral, aludimos a las normas y a los valores que aplicamos para determinar la moralidad o inmoralidad de una acción susceptible de ser juzgada bajo una perspectiva ética.
Un deber es una obligación o precepto de necesario cumplimiento, que ha sido impuesto bien por algún poder externo al propio individuo (las leyes, por ejemplo), bien por la conciencia interna del sujeto (el deber moral), atendiendo a la racionalidad de dichas obligaciones. El incumplimiento del deber da lugar a castigos y sanciones, que también pueden ser de dos órdenes distintos: físicos, o morales y psicológicos. El deber es uno de los objetos de estudio de la Ética, la cual lo analiza para definir en qué consiste, cuál es su naturaleza, de dónde proviene la justicia o la bondad del deber, cómo se expresa (en imperativos, en preceptos morales, etc.) y en qué normas concretas deben plasmarse los deberes morales. En la Historia de la filosofía, no se había planteado una reflexión directa sobre la naturaleza el deber en sí mismo hasta la obra de Kant (siglo XVIII). Los filósofos anteriores se habían limitado a enumerar los deberes u obligaciones morales que eran necesarios para alcanzar el Bien o la felicidad (por ejemplo: "debes vivir con moderación si deseas ser feliz"). Según Kant, éste es un rasgo que caracteriza a las éticas materiales: nos dicen lo que tenemos que hacer para alcanzar un bien determinado; por tanto, lo importante no es el deber en sí, sino el fin que perseguimos con esa acción. De ahí que el deber sólo interese como un medio y no como un fin en sí mismo. Kant, a través de su ética formal, modifica esa concepción, inaugurando así una nueva forma de entender la ética como ciencia de los deberes y no de los fines. Para él, "el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley". El deber moral, por tanto, sería la obediencia a una ley moral universal impuesta por nuestra conciencia como algo necesario. Es famosa la distinción kantiana entre tres tipos distintos de acciones desde la perspectiva de la moralidad: - Acciones contrarias al deber: las inmorales. - Acciones conformes al deber: aquellas acciones que, aparentemente, son buenas pero que no pueden ser consideradas morales en sí mismas, porque han sido realizadas buscando una finalidad ajena a la propia moral, como el interés personal, la búsqueda de otras satisfacciones, el deseo de aparentar, etc. El propio Kant nos propone un ejemplo de acciones conformes al deber: un comerciante que mantiene bajos sus precios no porque considere que ése es su deber, sino porque espera con ello ganarse más clientes y obtener así un beneficio mayor que el obtenido con precios altos. - Acciones por deber: son las estrictamente morales. Han sido realizadas -libre y voluntariamente- por un puro respeto al deber, sin que en ellas hayan influido ninguna otra consideración de tipo personal o social. En el ejemplo anterior, el comerciante que mantiene bajos sus precios porque considera que eso es lo justo y lo debido moralmente. A partir de Kant, la ética contemporánea ha investigado en profundidad sobre la naturaleza del deber y su fundamentación en razones morales, habiéndose convertido estas cuestiones en el objeto de estudio fundamental de la reflexión ética. Como escribe Toulmin: "deber hacer algo implica tener buenas razones para hacer algo". De ahí que la Ética deba buscar esas razones que justifiquen la necesidad y la universalidad de nuestros deberes morales.
El ‘deber ser’ es un concepto que expresa el fundamento de las reglas morales, en cuanto éstas establecen no lo que es o existe en la naturaleza, sino los deberes que obedecen a la razón moral. El deber ser, por tanto, es objeto de estudio de la Ética. A ese deber ser se le ha dado diversos nombres: bien, valor, deber, etc.
Palabra que proviene de los vocablos griegos ‘deontos’ (deber ser) y ‘lógos’ (ciencia). Etimológicamente, pues, significa: ciencia que estudia el deber ser. El término fue creado, en el siglo XIX, por el filósofo utilitarista J. Bentham. Según él, el objeto de estudio de la deontología era establecer el conjunto de deberes necesarios para poder alcanzar la felicidad y el placer para el mayor número de hombres posibles (el ideal de la ética utilitarista). Sin embargo, en nuestros días, el vocablo ha adquirido una significación relacionada con el ejercicio de determinadas profesiones (abogados, médicos, periodistas, etc.). Así, y dentro de ellas, se habla de ‘códigos deontológicos’ para referir las normas morales que deben respetarse en el ejercicio de ciertas profesiones. Por ejemplo, un periodista no debe revelar la fuente que le ha proporcionado una noticia si aquella no lo desea; un abogado no debe pactar con la parte contraria a espaldas de su cliente; un médico debe informar de la gravedad de sus dolencias a un enfermo si éste se lo pide, aunque la familia no desee que le transmita esa información, etc.
Una nueva teoría ética, creada originariamente por Max Scheller (1874-1928) y continuada posteriormente por N. Hartmann y otros filósofos. La idea central de la Ética de los valores es que las acciones morales no deben fundamentarse en el bien sino en el valor. De esa manera, se evitan las críticas que las éticas materiales recibieron de Kant, del empirismo y de los defensores del emotivismo moral. Para Scheller, el criterio que debe seguirse para considerar a una acción como moral es el hecho de que ésta resulte ‘valiosa’ (esto es, que posea valores) desde una perspectiva ética. Ahora bien, ¿cómo captamos el valor moral de una acción? Scheller nos dirá que el empirismo tenía razón cuando afirmaba que los juicios éticos no pueden ser ni verdaderos ni falsos puesto que no son objeto de conocimiento racional, sino que su validez debe ser determinada por otras facultades humanas distintas a la razón. Según Scheller, el criterio de verificación de los juicios éticos proviene de una capacidad que él denomina ‘facultad estimativa’: reconocemos los valores en un objeto o acción porque los estimamos moralmente. Así, es el sentimiento -y no la razón- el que capta los valores, y lo hace a través de la intuición (directa, evidente e inmediata). Dentro de la Ética de los valores, se ha planteado una discusión filosófica acerca de la objetividad o no de los mismos. ¿Todos los seres humanos poseen los mismos valores? Se han dado dos grandes respuestas a esta cuestión: El relativismo afirma que los valores dependen de cada persona en concreto (lo que para alguien es valioso puede no serlo para otro); por tanto, no cabe hablar de objetividad en conceptos tales como ‘justicia’ o ‘bondad’ porque dichos conceptos son interpretados de distintos modos según las personas o las culturas. En el lado opuesto se sitúan los conocidos como ‘objetivistas’, para quienes los valores tienen existencia por sí mismos, independientemente de que las personas y las culturas concretas los aprecien o no. Para ellos, los valores son características o propiedades que están adheridas a las cosas y a las acciones, aunque una persona en concreto no lo sepa captar o no lo aprecie convenientemente. En el medio de estas dos posturas extremas, se sitúan muchos autores, quienes niegan el carácter totalitario tanto del relativismo como del objetivismo (ni todos los valores son relativos ni pueden existir independientemente del sujeto). Estos autores insisten que un sistema basado en la Ética de los valores debe tener en consideración simultáneamente los dos aspectos del problema; por un lado, el sujeto que valora y, por otro, la consideración de que los valores no son puramente subjetivos, ya que representan propiedades de las cosas y las acciones.
Se entiende por falacia un razonamiento falso o incorrecto, aunque presentado de tal forma y con tal persuasión, que nos puede parecer verdadero si antes no lo sometemos a una crítica lógica. Generalmente, suele distinguirse entre dos grandes tipos de falacias: - Formales: su error o incorrección se encuentra en la forma lógica. - Verbales: aquellas que usan el lenguaje de manera incorrecta, llegando con ello a conclusiones falsas. Por ejemplo, una falacia señalada por Aristóteles: el fin de una cosa es su perfección; la muerte es el fin de la vida. Luego, la muerte es la perfección de la vida. Como puede apreciarse fácilmente, el error de este argumento consiste en la doble utilización semántica del vocablo ‘fin’: como finalidad, y como término o finalización temporal de algo. En la Historia de la Ética existe una famosa falacia, reseñada por vez primera por el filósofo empirista Hume y posteriormente analizada por el intuicionista moral G. E. Moore. Se la conoce con el nombre de ‘falacia naturalista’. Su error lógico consiste en el paso ilegítimo desde el ser hasta el deber ser. Veamos con detenimiento lo que dijo Hume al respecto. El filósofo empirista se propuso analizar todos los sistemas éticos habidos hasta ese momento para comprobar si era posible un conocimiento objetivo de la moral. Según él, ya desde la época de los griegos se había creído que la razón era capaz de conocer la naturaleza, y, por tanto, también era capaz de establecer lo bueno y lo malo en relación con ese orden inmutable de la naturaleza. A su juicio, sin embargo, esta postura entraña un importante error lógico o falacia naturalista: se hace derivar el deber ser (lo que es bueno, malo, vicioso, justo, etc.) de lo que es (lo que existe en la naturaleza). Yo puedo decir con conocimiento: "el hombre mata", puesto que eso es un hecho empírico; ahora bien, de ahí no puedo derivar legítimamente una afirmación como la siguiente: "matar es malo", porque la bondad o la maldad de las acciones no ‘son’ reales: son únicamente valoraciones (lo que debe ser) que provienen de mis sentimientos morales. Posteriormente, analiza Hume los juicios morales para ver si pueden ser objeto de conocimiento. Aplicando el criterio empirista, afirma que sólo podemos conocer hechos o relaciones lógicas de ideas. Pero conceptos tales como ‘bueno’, ‘malo, ‘justo’, etc., no son ni hechos ni relaciones de ideas, luego no pueden ser conocidos. ¿De dónde proceden, pues, nuestros criterios morales? Hume afirmará que no de la razón, sino de los sentimientos y emociones que provocan en nuestro corazón ciertas acciones; en unos casos, de agrado y satisfacción; en otros, de repulsa y desaprobación. De ahí que su ética sea considerada como un ejemplo de emotivismo moral. Apoyando la crítica de Hume a la falacia naturalista, Moore escribió: "si alguien me pregunta qué es bueno, responderé que bueno es bueno, y aquí termina la cuestión... Bueno es una noción simple, del mismo modo que amarillo".
De ‘heterós’ (otro, diverso, diferente) y ‘nomos’ (norma, ley). Concepto antónimo de autonomía. En Ética, fue utilizado por Kant para señalar el tipo de éticas que buscaban su fundamentación en un principio ajeno a la propia moral, principio que era identificado con el fin de las acciones morales, ya fuera éste la búsqueda del placer, de la felicidad, de lo beneficioso o útil para la mayoría, etc. Según Kant, las éticas heterónomas son inferiores a las autónomas, ya que muestran una dependencia del deseo, la inclinación o la finalidad que se persigue con el conjunto de las acciones, mientras que las autónomas sólo obedecen a los dictados del deber moral.
Viene del término ‘idea’, aunque su significado actual está determinado por el que le otorgó Platón a ese concepto dentro de su filosofía. Para éste, las Ideas constituían la realidad perfecta y se encontraban situadas en un mundo diferente al nuestro, el cual era imperfecto en oposición al mundo perfecto de las Ideas. Todos los seres del mundo sensible eran copias o imitaciones de la auténtica realidad constituida por esas Ideas. De ahí que hoy día se entienda por ‘ideal’ algo inalcanzable debido a su perfección, ya que los ideales son modelos perfectos a los que nuestras acciones y cosas sólo pueden parecerse o imitarlos, pero nunca alcanzar ese grado de perfección. Así, cuando digo: "mi ideal sería lograr una vida plenamente feliz", quiero expresar que eso es imposible, ya que la vida real posee necesariamente momentos de infelicidad. Sin embargo, los ideales cumplen una función importante en nuestra vida, ya que nos sirven como modelos o referencias para orientar nuestros actos hacia la consecución de objetivos deseables, buscando siempre una aproximación a ese ideal o modelo. Por ejemplo, cuando pedimos que la justicia concreta de un Estado se guíe por el ‘ideal de justicia’ que persiguen la ética y el derecho.
El término imperativo procede de la voz latina imperare, que significa ‘ordenar’, ‘mandar’. El imperativo es una proposición lingüística que tiene la condición de ordenar algo de un modo obligatorio. Así, pues, el imperativo impone siempre una prescripción; de ahí que sea considerado como una categoría del lenguaje prescriptivo. Desde el punto de vista de su contenido, podemos distinguir entre aquellos que ordenan algo de un modo impositivo (por ejemplo: "huye del vicio"), y aquellos otros que prohíben acciones, llamados imperativos negativos (por ejemplo: "no matarás"). Dentro de la ética, los mandatos morales se expresan siempre en imperativos. Los juicios éticos, pues, son juicios prescriptivos (imponen preceptos) que nos obligan a actuar obligatoriamente de determinada forma, siempre y cuando se den todas las condiciones necesarias (libertad, responsabilidad, etc.) para obrar moralmente. Podemos dividir a los imperativos en singulares (cuando afectan a una situación concreta e individualizada) y universales (aquellos que tienen vigencia para todos los seres humanos y en todo lugar o tiempo). A partir de la obra del filósofo Kant, se distingue igualmente entre imperativos hipotéticos e imperativos categóricos. Ciertas corrientes o escuelas filosóficas (fundamentalmente, el emotivismo, el neopositivismo y la filosofía analítica) han cuestionado la validez lógica de los imperativos, o, más concretamente, que éstos puedan ser objeto de estudio de la ciencia y, por tanto, poseer el carácter de un conocimiento objetivo de la realidad. Para estas corrientes filosóficas, las únicas proposiciones lingüísticas que tienen sentido son las aseverativas (por ejemplo: "hoy hace sol" o "la luna no es un satélite de la tierra"), puesto que sólo de ellas podemos afirmar su verdad o su falsedad. En cambio, no podemos asegurar que los imperativos sean verdaderos o falsos, ya que no se refieren a la realidad material: los imperativos sólo expresan deseos o emociones del sujeto ("yo deseo que no se mate", por ejemplo). De esas críticas concluyen, pues, que la ética no puede ser considerada como una disciplina científica objetiva.
Fue formulado originariamente por Kant en el siglo XVIII. Él no estaba de acuerdo con los imperativos morales que habían propuesto los sistemas éticos anteriores, ya que consideraba que todos ellos adoptaban la forma de imperativos hipotéticos, es decir, hacían depender el mandamiento ético de una condición o fin exterior al mismo. Kant deseaba que la moralidad tuviese autonomía, esto es, que sus reglas no dependieran de nada ajeno a la propia razón humana. Además, creía que los imperativos hipotéticos sólo obligaban a unos cuantos individuos, pero no a todos. Por ejemplo, el imperativo "si quieres alcanzar la sabiduría, esfuérzate en el estudio", sólo tiene validez para aquellos que quieran saber más, pero no para aquellos otros que no consideren ese hecho como un fin esencial. Por tanto, propuso un imperativo que cumpliera con la regla de la universalidad, esto es, que obligara a todos los seres humanos en cuanto que todos ellos están dotados de razón. Y a ese imperativo único lo llamó categórico. También propuso un cambio importante con respecto a los imperativos hipotéticos. Así, estos últimos nos dicen siempre lo que tenemos que hacer en determinada situación ("no cometas excesos porque mañana te arrepentirás") o lo necesario para alcanzar un bien o fin moral ("si deseas ser feliz, busca el placer y huye del dolor"). Sin embargo, el imperativo categórico kantiano no nos dirá qué es lo que debemos hacer ante cada situación o qué fin debemos buscar para "ser buenos", sino tan sólo expresará la forma que deben tener nuestras acciones para ser consideradas morales. Por tanto, no nos dice qué hacer sino cómo hacerlo. De ahí que el imperativo categórico sea formal, y no material como el imperativo hipotético. Kant enunció de diversas maneras ese imperativo categórico. Las tres formulaciones más conocidas son: - Obra siempre según una máxima que puedas querer que se torne en ley universal. - Obra siempre de tal modo que uses a la humanidad siempre como un fin y nunca como un medio. - Obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse por tu voluntad en ley universal de la naturaleza. El imperativo categórico supone, para Kant, obrar siempre por puro respeto al deber (ya que así me lo dicta mi voluntad moral), porque únicamente entonces podremos hablar de acciones morales. En cambio, si obro movido por otro fin que no sea el deber, aunque mi acción pueda ser considerada buena, no será, sin embargo, una acción puramente moral. Kant nos propone el siguiente ejemplo: un comerciante honrado (y, por tanto, sumamente moral) es aquel que no cobra precios abusivos por respeto a su deber y a su obligación para con una conducta ética. En cambio, un comerciante que mantiene bajos sus precios (en principio, una acción buena) pero que lo hace con el fin de conservar y aumentar su clientela (y, de paso, obtener más dinero), no está realizando una acción moral, ya que no obra según el imperativo categórico. De esa manera, cualquier acción realizada por un interés o un sentimiento, y no por puro respeto al deber moral, no puede considerarse una acción estrictamente moral.
Nombre introducido por Kant para señalar las diferencias de este tipo de imperativo con respecto a los imperativos categóricos. Se caracteriza por proponer mandatos morales con el objetivo de alcanzar determinados fines. Su estructura lógica es siempre: "Si p, entonces q"; por ejemplo, "si deseas estar en paz con tu conciencia, no mientas". Lo que caracterizan a este tipo de imperativos es proponer medios (en el ejemplo, no mentir) para alcanzar fines que se consideran buenos moralmente (estar en paz con nuestra conciencia). Kant criticó esta forma de imperativo y propuso como alternativa el imperativo categórico.
Su origen viene del término griego ‘hierarquía’. La palabra fue utilizada originariamente con un sentido teológico y eclesiástico: designaba el orden existente entre los diversos coros de ángeles. La Iglesia utilizó posteriormente el término para clasificar las distintas categorías y grados del clero. Por extensión, el vocablo comenzó a utilizarse para referir el orden y los grados (de poder, de antigüedad, de escalafón, de importancia...) de un conjunto de personas o cosas. Dentro de la ética y de la política, el concepto de ‘jerarquía’ se utiliza en relación con el estudio del Poder (cómo se subordinan unos a otros los distintos tipos de poder político, económico, cultural, etc.). También es utilizado por la llamada Ética de los valores: para ella, éstos no poseen una igualdad de ‘valor’, sino que deben clasificarse, según su importancia ética, en una escala jerárquica.
Son juicios que no intentan describir la realidad objetiva (es decir, no tratan de establecer verdades científicas u objetivas), sino que se limitan a valorar un hecho o una acción, atendiendo a una tabla de valores. Si yo digo: "Belmonte es el mejor torero del siglo XX", observo que en esa expresión existen ‘datos’ objetivos que se refieren a una realidad reconocible: ‘Belmonte’ y ‘torero del siglo XX’, a la vez que aparece en ella un término, ‘mejor’, que no describe una realidad objetiva, sino una apreciación subjetiva que es válida para mí, pero no necesariamente para todos los demás. En los juicios de valor se expresa, pues, un criterio subjetivista de valoración, ya sea ésta moral, estética, política, etc. Ello no quiere decir que muchos de los juicios de valor deban entenderse sin propiedades objetivas y, por tanto, sólo válidos en la esfera personal del que emite el juicio, puesto que en ocasiones expresan valoraciones casi universales o, al menos, muy extendidas socialmente; así, por ejemplo, cuando repetimos la famosa sentencia de que "la democracia es el menos malo de los sistemas políticos posibles".
Son los que conciernen a la moralidad y de cuyo estudio se encarga la Ética como disciplina del saber. Los juicios morales expresan mandatos éticos o establecen valoraciones sobre acciones. Pueden tener tres formas: - Juicios obligatorios o deónticos: expresan imperativos; por ejemplo, "es necesario hacer el bien". - Juicios axiológicos o preferenciales: establecen que algo es bueno, o que una acción es mejor que otra; por ejemplo: "es bueno ayudar a los demás" o "es mejor ser solidario que insolidario". - Una síntesis de los dos anteriores: "Hay que hacer el bien porque es bueno ayudar a los demás". Los juicios morales tratan de ser universales (válidos para todo el mundo) y de obligatorio cumplimiento, puesto que expresan normas morales. Algunas escuelas éticas, como el emotivismo o la filosofía analítica, han insistido en la imposibilidad de verificar la verdad o falsedad de los juicios morales, puesto que ellos no se refieren a hechos; lo más que expresan son emociones o valoraciones internas sobre el sentimiento de agrado o rechazo moral que nos provoca una acción determinada.
El origen del término proviene del latín, más concretamente del latín medieval, donde significaba ‘sentencia’. De ahí deriva su sentido coloquial: expresión lingüística breve que expresa verdades de orden fundamentalmente moral. En ese sentido, las máximas se han convertido en un género literario, semejante a los de los aforismos o los refranes. Desde el punto de vista de la ética, y sobre todo a partir de la obra de Kant, una máxima expresa una norma subjetiva o personal en contraposición a la ley moral, que es objetiva y universal.
Nomos es un vocablo griego, no recogido en el Diccionario de la Real Academia Española, pero de uso frecuente en libros y textos de ética, en muchos de los cuales ni siquiera se traduce por considerarlo ampliamente conocido. Podemos traducirlo por: pacto, acuerdo, consenso, convención... Su uso filosófico comenzó con los sofistas y con su oposición al carácter natural (physis) de las leyes morales y políticas. Hasta la aparición de los sofistas, en el mundo griego nadie se había planteado el origen de las normas morales. Se suponía que dichas normas derivaban de la propia naturaleza (physis), e incluso se creía que también eran válidas para los mismos dioses. Fueron, pues, los sofistas los primeros que plantearon el problema, al afirmar que no existían leyes naturales puesto que todas las existentes eran fruto de un acuerdo o convención (nomos). Para ellos no existía una Justicia ni un Bien universalmente válidos, sino que esas ideas habían sido creadas y aceptadas por las distintas sociedades humanas en razón de su utilidad para regular las relaciones sociales. Según ellos, se inspiraban en las costumbres; es decir, estaban condicionadas por la historia y la cultura de cada pueblo en concreto. Llegaron a defender, incluso, que el hombre que se guiaba por las leyes de la polis (ciudad-estado) era un ser convencional, mientras que aquel otro que se guiaba por lo que su propia razón le dictaba acerca del bien y del mal era el verdaderamente libre. A esta actitud teórica se la conoce con el nombre de relativismo ético. Frente a la defensa del nomos realizada por los sofistas, se alzaron los grandes filósofos de la época clásica -Sócrates, Platón y Aristóteles-, quienes trataron de demostrar la existencia de una ley natural encarnada en las ideas universales de Bien y Justicia.
Todo el mundo usa la palabra ‘norma’ con una pluralidad de sentidos. No se trata ya de que existan numerosos tipos de normas -en algunos casos muy diferentes entre sí-, sino de que es claramente polisémica (tiene varios significados). Su origen etimológico proviene del latín, donde norma significa modelo, medida, regla. Las significaciones actuales más importantes son las siguientes: - En el sentido de normalidad, la norma es concebida como el valor medio de un conjunto de cualidades que son comunes a un colectivo. En ese sentido, si alguien se ajusta a ese patrón medio decimos de é |