Bien y felicidad

 

 

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 Apatía

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Concepto relacionado directamente con el de ataraxia, y que fue utilizado por los estoicos para expresar el ideal del sabio que desea vivir con una carencia de pasiones tal que nunca se altere su alma o espíritu.

Sin embargo, y como han señalado numerosos historiadores de la filosofía, la apatía no debe confundirse con el quietismo o pasividad absoluta del espíritu frente al mundo exterior, sino que su sentido en la filosofía estoica es el de un control de los sentimientos interiores en el plano interno o de la conciencia personal. Ahora bien, para los estoicos esa apatía debía compatibilizarse con el respeto y la benevolencia hacia los demás (eupatía) y con el compromiso moral de actuar en el mundo exterior y en la sociedad para luchar por la igualdad de todos los seres humanos.

 

 

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 Ataraxia

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Del término griego ‘ataraxía’ que significaba ausencia de turbación espiritual, imperturbabilidad, calma o tranquilidad interna.

Fue un concepto utilizado por primera vez en la filosofía helenística, fundamentalmente por las escuelas epicúrea, estoica y escéptica. Con él se reflejaba la aspiración del hombre virtuoso, que consistía en evitar a toda costa la alteración espiritual que provocaban las pasiones.

Sin embargo, existe una importante diferencia entre el tipo de ataraxia que defendían los epicúreos y la de los estoicos. Para los primeros, consistía en evitar los excesos del placer y en el abandono del mundo social para refugiarse en una vida propia entregada a los placeres moderados y a la evitación de cualquier tipo de sufrimiento. Para los estoicos, en cambio, la ataraxia representaba una consecuencia derivada de creer en un destino del universo, o -dicho con otras palabras- un control interno de los sentimientos frente a los acontecimientos del mundo, aunque esa actitud no significaba un alejamiento de la vida social, ya que cada ser humano debía cumplir con las obligaciones a las que estaba determinado por ese destino.

 

 

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 Autarquía

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Etimológicamente la voz procede del griego y significa autosuficiencia. El concepto fue utilizado por Aristóteles para referir el ideal de la felicidad: la autarquía o el poder de gobernarse a sí mismo mediante leyes morales y políticas que estuvieran conformes con la racionalidad humana.

La autarquía aristotélica significa, pues, no sólo la carencia de deseos y la independencia económica con respecto a los demás, sino también el fin (teleología) de todo obrar ético, en tanto que el ser humano debe actuar voluntariamente y sin coacciones externas en busca del bien moral.

El concepto también es utilizado en economía, donde significa el sistema que busca asegurar una autosuficiencia económica, produciendo él solo todo aquello necesario para asegurar la satisfacción de las necesidades de la población.

 

 

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 Autorrealización

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Concepto psicológico estudiado y fundamentado especialmente por la llamada Psicología Humanista. Así, Rogers, el principal representante de esta escuela, parte de la idea de autorrealización: la personalidad se constituye como resultado del propio proceso de autorrealización: si un sujeto la alcanza, su personalidad será madura y equilibrada; en caso contrario, nos hallaremos ante personalidades insatisfechas y, por tanto, desequilibradas.

Según Rogers, el individuo posee un yo auténtico que debe desarrollarse en libertad, siguiendo sus intereses y expectativas, si quiere autorrealizarse. Pero en muchas ocasiones los intereses de ese yo no coinciden con los de aquellas personas que lo rodean, las cuales le fuerzan a seguir caminos diferentes a los de sus deseos. De esa manera los agentes socializadores (familia, colegio, amigos...) presionan para que el individuo se adapte a los intereses sociales dominantes.

Si el sujeto renuncia a su autenticidad por complacer a los demás, aparecen la insatisfacción y el descontento con uno mismo. Si, por contra, el sujeto desarrolla plenamente su vocación, estará en el camino correcto para poder sentirse plenamente satisfecho y autorrealizado.

 

 

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 Bien-Bueno

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Tanto el sustantivo ‘bien’ como el adjetivo ‘bueno’ son polisémicos (tienen diversos significados), además de resultar, en ocasiones, conceptos demasiado abstractos cuya concreción cuesta alcanzar.

De un modo amplio, definimos el bien o lo bueno como aquello que es útil o agradable, bien porque nos proporcione algún beneficio, bien porque su disfrute nos cause placer o alejamiento del dolor y la tristeza. El sustantivo posee igualmente una significación económica (expresada muchas veces con el plural ‘bienes’): riqueza, posesión o propiedad sobre una cosa.

Se trata también de un concepto filosófico (metafísico) y ético (el bien moral), cuya naturaleza y realidad han sido discutidas arduamente a lo largo de la historia del pensamiento. De un modo muy genérico podemos decir que el bien es un valor en sí mismo, y que lo bueno son cualidades de las cosas y las acciones en cuanto que participan o incluyen dicho bien. Sin embargo, como veremos, no todos los pensadores están de acuerdo en la existencia real de ese principio y esas cualidades.

Los primeros filósofos que elaboraron un estudio sistemático sobre el Bien fueron Sócrates y Platón, para quienes el Bien existe como una realidad en sí misma (incluso es la realidad más verdadera, algo así como el fin del Universo, la realidad superior y a la que se encuentran subordinados todos los demás seres). Las cosas y las acciones serán buenas, para ellos, según participen o imiten a esa realidad que es el Bien en sí.

Aristóteles, en cambio, planteó el problema desde otra perspectiva: para él, el bien consiste en la felicidad (eudemonía). Pero no existe un solo bien, tal y como creían Platón y Sócrates, sino que se dan muchos tipos de bien; como afirma Aristóteles, el bien de cada cosa consiste en alcanzar su propia perfección, y la del ser humano consiste en lograr la felicidad que proporcionan los bienes materiales pero, sobre todo, los bienes intelectuales (la perfección del hombre, según Aristóteles, consiste en desarrollar su razón).

El cristianismo introdujo una concepción religiosa del bien, distinguiendo entre el Bien supremo (Dios) y el bien relativo (el de este mundo en cuanto participa de la bondad divina): todo lo que existe es bueno por el hecho de haber sido creado por Dios; lo que llamamos ‘mal’ no es sino alejamiento voluntario del bien, es decir, en tanto que somos seres libres decidimos alejarnos del bien.

En la historia del pensamiento se ha identificado el bien con normas concretas o con actitudes ante la vida. Por ejemplo, para los estoicos, los cínicos o la contracultura, el bien consiste en vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza; para los epicúreos, en cambio, el bien se identifica con el placer y la ausencia de dolor; los utilitaristas dirán que todo aquello que es útil para el mayor número de personas posibles es necesariamente bueno; Kant defenderá que el bien radica exclusivamente en la ‘buena voluntad’, etc.

La Filosofía moderna, sobre todo la de los siglos XVII y XVIII, abordó el problema del bien desde la perspectiva de si los valores morales que encarnaban el bien debían de ser considerados como naturales (innatos) o no, es decir, retomaron la vieja discusión mantenida por Sócrates y los sofistas acerca de la existencia o no de la ley natural.

Mientras los sofistas afirmaban que el bien era una convención social y por tanto relativo, Sócrates defendía la existencia de valores morales en la naturaleza humana, valores que eran universales y que podían ser conocidos por todos los humanos. Durante esos dos siglos también se planteó una nueva cuestión relacionada con la bondad natural y con el contrato social: ¿somos buenos o somos egoístas por naturaleza? Rousseau defendió la primera tesis; Hobbes, en cambio, la segunda.

La filosofía contemporánea ha presentado un nuevo (o viejo, tal vez, puesto que ya había sido discutido por los sofistas) debate sobre el bien y lo bueno. El intuicionismo moral, el emotivismo, la filosofía analítica y el neopositivismo afirman que cualidades como ‘bueno’, ‘bien’, ‘mal’, ‘justo’ o injusto’ no son propiedades reales de las cosas o las acciones humanas, puesto que su realidad no puede ser comprobada empíricamente, esto es, en la experiencia. De ahí que quepa considerarlos, en general, únicamente como términos lingüísticos que expresan emociones, sentimientos, estados de ánimo o apreciaciones subjetivas sobre si una acción ‘nos parece’ o ‘la sentimos’ como buena o mala.

Finalmente indicar que la llamada ética de los valores ha propuesto sustituir el concepto de Bien por el de valor para evitar la discusión sobre la existencia real o no del primero. Los valores serían cualidades que se encuentran adheridas a las cosas y a las acciones, de tal manera que las convierten en ‘valiosas’ o ‘deseables’ para nosotros, es decir, en lo que cotidianamente llamamos ‘bueno’.

 

 

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 Bien común

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Se entiende por ‘bien común’ el bien supremo al que aspira una comunidad determinada. Se distingue, como su nombre indica, del bien ‘particular’ o ‘individual’ en cuanto que éste sólo es atribuible a un sujeto concreto, mientras que el bien común alude a una totalidad. Sin embargo, eso no quiere decir que, en numerosas ocasiones, coincidan el bien particular con el común o general.

Se trata de un concepto esencial de la ética política y social, por cuanto alcanzarlo es la aspiración que guía los actos del Estado. Así, el bien común debe servir para colmar las necesidades de los miembros individuales y también de los grupos sociales que constituyen una comunidad.

En caso de conflicto entre un bien particular y uno común, la ética social aboga por el cumplimiento del segundo aunque sea en detrimento del primero, ya que se entiende que el bien común corresponde a un interés superior desde el punto de vista social.

 

 

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 Bienes

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Plural sustantivado de ‘bien’ que expresa, por regla general, objetos o cosas en sentido amplio que atesoran un valor económico. Así, por ejemplo, cuando se dice: "fueron embargados sus bienes".

Dentro de la Ética, ‘bienes’ sirve para designar el conjunto de objetos o acciones que poseen un valor moral, y que son deseables en sí mismos. En algunos autores, el término posee un significado cercano al de ‘valores’.

 

 

 

 

 

 

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 Costumbre

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Su significación más usual es la sociológica, mediante la cual designamos el conjunto de actitudes y prácticas aceptadas socialmente y que tienden a repetirse invariablemente. Las costumbres son aceptadas, bien porque se han revelado útiles y beneficiosas a través de las diferentes experiencias históricas, bien por la pervivencia de la tradición o de determinados ritos sociales. Sin embargo, en muchos casos representan formas de convencionalismo social.

En latín, el término ‘mos-moris’ era el utilizado para designar el concepto de ‘costumbre’. De ahí proviene etimológicamente el vocablo ‘moral’. La razón estriba en que originariamente se designaba con el término ‘mos’ el modo de ser o carácter de una persona, en cuanto que éste había sido forjado por las costumbres y los hábitos.

 

 

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 Deseo

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El deseo consiste en un estado psíquico de apetencia hacia algo o alguien -determinado por estructuras químico-biológicas de nuestro organismo- que busca la satisfacción placentera para calmarse. La satisfacción de los deseos exige, pues, la existencia de objetos, personas o situaciones donde éstos puedan lograr cierto grado de gozo.

Existen deseos biológicos o naturales, asociados a las necesidades básicas de la especie (alimentación, sexualidad...), y deseos culturales que han ido surgiendo en el sujeto como consecuencia de sus procesos de socialización.

La explicación biológica más aceptada sobre el deseo afirma que la aparición de éste es fruto de una pérdida del equilibrio orgánico, causada por el consumo de energía del propio organismo. Cuando éste se encuentra en esa situación de privación, reacciona pasionalmente y busca, de manera impulsiva, restablecer su equilibrio. De ahí que los deseos vayan acompañado siempre de cualidades psicológicas como la pasión, la emoción o los afectos.

Ahora bien, los deseos no siempre pueden satisfacerse, bien porque no tengamos a mano el objeto con que satisfacerlos, bien porque nuestras normas morales o sociales prohíban la satisfacción de muchos de ellos. Según los psicoanalistas, esos deseos insatisfechos constituyen uno de los elementos más activos del inconsciente, provocando alteraciones de nuestra conducta. Una persona que exigiera la satisfacción inmediata de todos sus deseos (egoísmo) no podría vivir en sociedad. De ahí la importancia de las normas morales y sociales en el control de nuestros deseos.

El ser humano es el único de todos los animales que puede controlar sus deseos, sobre todo determinando si los satisface ahora o si no los satisface por los motivos que sean. El resto de animales obedece necesariamente a su instinto, siendo incapaz de renunciar a la satisfacción inmediata.

El estudio de los deseos ha tenido una importancia capital en disciplinas como la psicología, la ética o la religión. Sin embargo, las opiniones acerca de lo que es moral o inmoral en relación con la satisfacción de los deseos han sido múltiples y frecuentemente contradictorias. Así se han propuesto, entre otras, las siguientes interpretaciones:

- La felicidad humana consiste en la búsqueda del placer (hedonismo).

- Los deseos deben ser sometidos siempre a la fuerza de la razón (racionalismo).

- Los deseos deben ser suprimidos como forma de alcanzar una iluminación interior que nos aleje del mundo sensorial (misticismo).

- La moralidad nos exige la represión de nuestros deseos con el fin de obrar conforme a las leyes divinas o humanas (ascetismo).

 

 

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 Entelequia

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Término griego, compuesto de dos vocablos: entelés (completo, perfecto) y écho (alcanzar, poseer). Comúnmente suele traducirse por perfección, aunque en sentido aristotélico -Aristóteles fue el primero en utilizarlo en sentido filosófico- designa al ser que ha alcanzado su perfección, desarrollando íntegramente todas sus potencialidades.

Según la Real Academia Española, entelequia es una "cosa real que lleva en sí el principio de su acción y que tiende por sí misma a su fin propio". En el lenguaje cotidiano se utiliza entelequia para referirse a cosas irreales o a ideas inexistentes en la realidad.

 

 

 

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 Eudemonía

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Palabra griega que suele traducirse habitualmente como ‘felicidad’ o ‘dicha’. En la Ética se entiende por eudemonismo cualquier teoría moral que afirme que la búsqueda de la felicidad constituye el fin de todas las acciones humanas.

El primer filósofo que elaboró una teoría eudemónica fue Aristóteles, el cual consideró que la finalidad que guía nuestras acciones no es sino alcanzar la felicidad. Ahora bien, existen diversas opiniones acerca de cómo alcanzarla, de ahí que él distinguiera entre diversos tipos de bienes, cuya posesión va asociado al disfrute de la felicidad. Distinguió así entre aquellos que basan su felicidad exclusivamente en el disfrute de placeres sensibles y aquellos otros para quienes la perfección de la vida humana consiste en la vida contemplativa y en el gozo de los placeres intelectuales o racionales. Según Aristóteles, el ideal de la felicidad humana radicaba precisamente en gozar de la vida contemplativa.

Con posterioridad a Aristóteles numerosas corrientes filosóficas y pensadores concretos han propuesto distintos modelos de éticas eudemónicas, eligiendo entre diversos bienes y medios para alcanzarla: el placer, la utilidad, el vivir de acuerdo con la naturaleza, la ausencia de problemas morales y vitales, aceptar la radical libertad del ser humano, etc.

Kant señaló que todas las éticas eudemónicas son necesariamente teleológicas, esto es, tienen o buscan una finalidad (la felicidad) que es ajena a la propia moral, y para alcanzarla proponen utilizar determinados medios también exteriores a la ética. Llamó a estos tipos de moral Éticas materiales, y frente a ellas propuso un nuevo modelo: las Éticas formales, que se caracterizaban por no ser eudemónicas ni teleológicas, ya que no proponían medios para alcanzar un fin (la felicidad), sino tan sólo un imperativo categórico que nos permitiera obrar siempre exclusivamente por respeto al deber sin ningún otro interés ni finalidad ajenos a la moralidad.

 

 

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 Felicidad

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Plena satisfacción y placer de la vida humana. Para muchos sistemas morales, la finalidad (teleología) de la ética consiste precisamente en alcanzar la felicidad (eudemonía). Esto, que parece una cuestión evidente, se complica, sin embargo, cuándo nos preguntamos en qué consiste precisamente la felicidad. Como decía Aristóteles, la felicidad puede entenderse de muchos modos; de ahí que todos los sistemas éticos eudemonistas deban justificar su concepción de la felicidad y no sólo proponer que el fin del ser humano es alcanzarla.

En este punto, sin embargo, topamos con el subjetivismo: lo que para una persona representa una vida feliz, para otra, en cambio, no deja de ser una vida incompleta e insatisfactoria. Ese subjetivismo puede apreciarse fácilmente a lo largo de la historia de la ética: para Aristóteles, la felicidad consiste en el ejercicio de la vida contemplativa; para los epicúreos en la búsqueda del placer moderado y en la ausencia del dolor; para los estoicos, en la ataraxia; para la moral cristiana en el vivir de acuerdo con los mandamientos divinos...

Con respecto a esta cuestión, el utilitarismo propuso un criterio para alcanzar algún grado de objetividad: lo bueno es aquello que sea útil (que haga felices, diríamos nosotros) para el mayor número posible de personas.

Sin embargo, las éticas eudemonistas siguen careciendo de unas teorías que justifiquen una felicidad universal, esto es, válida para todos los seres humanos, en cualquier tiempo y en cualquier lugar. De ahí que hayan sido sustituidas en los últimos siglos por otros modelos de sistemas éticos, como son las Éticas formales o la ética de los valores.

 

 

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 Fin-Finalidad

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El término ‘fin’ es polisémico y puede tener una significación espacial (como límite), temporal (como finalización en el tiempo) o referir la finalidad o los objetivos que persigue una acción. En filosofía se suele utilizar en relación con la causa final, es decir, aquello hacia lo que tiende un ser en concreto.

Según Aristóteles, la disciplina que se encarga del estudio de las causas finales es la teleología. La mayoría de filósofos considera que los seres humanos -a diferencia de los animales (que se guían por el instinto) y de las cosas (por las leyes de la materia)- actúan movidos por fines, es decir, buscan alcanzar determinados objetivos con sus acciones.

En el terreno de la ética, cabe destacar a numerosas teorías para las cuales existe una finalidad que determina el obrar humano. A este conjunto de teorías se las conoce como éticas teleológicas. Por ejemplo, los epicúreos argumentan que el fin de los seres humanos es huir del dolor y conseguir el placer y el bienestar personal; Aristóteles dirá que la finalidad del obrar humano es lograr la felicidad (eudemonía), y que ésta consiste básicamente en la vida contemplativa que proporcionan los placeres intelectuales.

Kant -y tras él lo hicieron otros autores y corrientes éticas- criticó las éticas teleológicas como modelos de lo que él llamó éticas materiales: aquellas que buscan el fin de la moralidad en algo distinto a la propia moralidad. Frente a este tipo de teorías, propuso la construcción de una ética formal cuya fundamentación radicara exclusivamente en el deber y en la buena voluntad.

 

 

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 Hedonismo 

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Proviene el vocablo del término griego ‘hedoné’, que significa placer. Con el término hedonismo designamos a cualquier doctrina o teoría que defienda el placer como el bien supremo del ser humano o, más concretamente, que la búsqueda del placer y la evitación del dolor deben ser los fines de una vida feliz.

Existe un hedonismo exclusivamente sensible, que sólo busca el placer proporcionado por los sentidos corporales (placer sexual, placeres asociados a lo que se llama coloquialmente ‘darse una buena vida’).

Pero existe igualmente un hedonismo moral o ético (representado en la historia de la ética fundamentalmente por dos escuelas: la epicúrea y la utilitarista), según el cual la expresión ‘la felicidad consiste en el placer’ debe entenderse de un modo diferente al del hedonismo sensible: el placer no consiste tanto en la satisfacción momentánea del deseo sensorial, sino en la evitación del dolor y de las perturbaciones anímicas (miedo, angustia, insatisfacción, etc.). Por tanto, el hedonismo ético no duda en renunciar al placer sensible en muchas ocasiones, porque es consciente que éste provoca dolor por su pérdida, insatisfacción e incluso problemas de salud debidos a los excesos. De ahí que todo hedonismo ético insista en la moderación para evitar los efectos no deseados del abuso en el gozo sensible.

El hedonismo moral prefiere los placeres espirituales a los placeres físicos, fundamentalmente por dos motivos: porque resultan más satisfactorios a largo plazo y porque considera que éstos son los específicamente humanos, ya que muchos placeres sensoriales pertenecen a nuestra naturaleza animal.

También se puede establecer una distinción entre aquellos que consideran al individuo el centro del hedonismo (y hablamos entonces de un hedonismo individual) y aquellos otros que consideran que las acciones morales son aquellas que proporcionan placer al mayor número posible de seres humanos, no al individuo concreto (y hablamos entonces de hedonismo social utilitarista).

Numerosas escuelas éticas han criticado la idea básica del hedonismo, argumentando que el placer en sí mismo no puede constituir el ideal de una vida moral. Los críticos con el hedonismo afirman que el placer es necesario para alcanzar la felicidad moral, pero no como un fin en sí mismo, sino como una consecuencia derivada de la satisfacción interna que siente aquel que se guía por normas morales voluntariamente aceptadas.

 

 

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 Hedonismo social

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Se conoce con este nombre a las teorías del utilitarismo moral, establecidas fundamentalmente por los filósofos Jeremy Bentham y John Stuart Mill (utilitarismo).

Por lo general, se trata de un término peyorativo mediante el cual los críticos con estas teorías quieren expresar lo que ellos consideran el ‘carácter grosero’ del utilitarismo. La de evaluar nuestras conductas morales únicamente en relación con el placer que produzcan o con el dolor que eviten.

Igualmente, se acusa al utilitarismo de haber influido en la evolución de las sociedades actuales hacia un consumismo voraz (se debe asegurar la mayor cantidad posible de felicidad para el mayor número de individuos posibles, afirmaba Bentham) y hacia la búsqueda de unos valores exclusivamente inspirados en el hedonismo personal.

 

 

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 Inmanente

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Lo inmanente es aquello que está dentro de un ser, perteneciendo íntimamente a su esencia o constitución natural. Se opone al concepto ‘trascendente’, es decir, a lo que está o va más allá del sujeto. Por ejemplo, decimos que la racionalidad es una capacidad inmanente a los seres humanos, mientras que la idea de Dios es una noción trascendente.

Desde el punto de vista de la teoría del conocimiento, hablamos de ideas inmanentes cuando nos referimos a aquellas que son innatas, es decir, que no han necesitado de la experiencia sensible para existir. Los científicos también usan el concepto, sobre todo referido a las causas; por ejemplo, una causa inmanente es aquella que se encuentra dentro del propio ser, como cuando decimos que el universo tiene la causa de su existencia en sí mismo y no en algo exterior a él, como podría ser Dios.

 

 

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 Mal

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Por regla general, el término ‘mal’ se define por oposición al bien: lo malo es lo contrario del bien, lo que se aparta de lo que es justo y debido.

Algunos autores, como Leibniz, distinguen distintos tipos de mal: "El mal puede ser metafísico, físico y moral. El mal metafísico consiste en la simple imperfección, el mal físico en el padecimiento, y el mal moral en el pecado".

En la filosofía se ha discutido acerca de la naturaleza del mal y de su realidad ontológica (es decir, ¿existe realmente, o es un ilusión psicológica o un término convencional que designa atributos relativos al dolor?), sin que exista acuerdo definitivo al respecto.

En cuanto a la teología, el debate se ha centrado en la siguiente cuestión: ¿cómo puede existir el mal en el mundo siendo Dios infinitamente bueno? Para evitar esa contradicción, San Agustín propuso la siguiente teoría: el mal no existe en sí mismo (puesto que sería contradictorio que un dios infinitamente bueno lo hubiera creado), sino que consiste en la ausencia del bien (todo lo que existe es bueno por el solo hecho de haber sido creado por Dios). Ahora bien, puesto que el hombre ha sido creado como esencialmente libre puede optar entre elegir el bien o alejarse de él; a esto último se le denomina ‘mal’.

Sin embargo, para muchos otros autores, el mal tiene una existencia real: se trata de un principio opuesto al bien; dentro del universo y también dentro del alma del ser humano estos dos principios libran una lucha por la supremacía de uno u otro. Esta es la postura mantenida por ciertas escuelas de dualismo religioso, como el gnosticismo, o por el maniqueísmo.

 

 

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 Maniqueísmo

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El vocablo ‘maniqueísmo’ deriva del profeta persa Manes, quien en la época antigua fundó una religión inspirada en la idea de que existían dos grandes principios en el Universo: el del Bien (simbolizado en la Luz) y el del Mal (la Oscuridad).

Según él, ambos principios son eternos y poseen un poder similar. Se encuentran separados, pero como cada uno de ellos tiende a expandirse, finalmente acaban chocando entre sí. Cuando se produce este último hecho, surge el mundo, que no es sino una mezcla de los dos principios: el del bien y el del mal. De esa manera, la historia del mundo será la lucha entre esas dos fuerzas, hasta que finalmente venza el bien, pero no aniquilando al mal (lo cual es imposible para Manes), sino relegándolo nuevamente a sus regiones lejos de este mundo.

Esta concepción religiosa tuvo enorme fuerza en su tiempo y se transmitió a otras religiones como el zoroastrismo y en ciertos aspectos, también al judaísmo, cristianismo e incluso al budismo.

Por extensión, se emplea también el término ‘maniqueo’ para designar a cualquier persona que crea en la existencia en sí mismos tanto del Mal como del Bien, y que interprete la historia de la humanidad, y aun del universo, como una lucha de esos dos principios. Igualmente suele aplicarse ese adjetivo al individuo que interpreta un ámbito de la realidad destacando en él dos principios enfrentados: uno esencialmente bueno, y otro perverso. Por ejemplo, alguien que interpreta la historia exclusivamente como el enfrentamiento entre fuerzas revolucionarias e innovadoras (buenas) y fuerzas retrógradas y conservadoras (malas).

 

 

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 Medios

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En sentido moral, el concepto ‘medios’ está relacionado directamente con el de ‘fin’, y significa aquello que se utiliza para alcanzar determinado fin o fines.

Algunas doctrinas éticas, como el maquiavelismo, consideran que los fines son superiores en el orden moral a los medios, por lo que resulta legítimo hacer uso de medios inmorales o dudosos siempre que se aspire alcanzar un fin inmensamente bueno para una mayoría. Otras escuelas, como la ética kantiana por ejemplo, no aceptan lo anterior, puesto que consideran que toda acción moral debe incluir fines y medios legítimos.

 

 

 

 

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 Placer

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El placer consiste en un estado biológico-psíquico que nos provoca satisfacción y euforia tras la realización de un deseo. El placer, por tanto, es una reacción subjetiva de los individuos, ya que aquello que provoca placer en algunos, puede causar disgusto o dolor en otros. Dicho de otra manera, los objetos que satisfacen nuestro deseo, y nuestros propios deseos incluso, pertenecen al ámbito de nuestra experiencia y por tanto no pueden ser compartidos idénticamente por otros.

Eso no quiere decir que esos otros no puedan sentir placeres similares, ya que constituye una evidencia que las diferentes culturas han incorporado a su modos de vida un conjunto de placeres que son transmitidos, mediante la educación y la experiencia colectiva, a los miembros de esa cultura. Sin embargo, no todas ellas incorporan el mismo catálogo de placeres, ya que sus experiencias históricas y culturales han sido diferentes (el mismo hecho -por ejemplo, comer cierto tipo de hormigas- que en muchos lugares provoca repugnancia, en algunos otros es considerado como un placer suculento).

Sin embargo, no todos los componentes del placer son subjetivos en los sentidos expresados anteriormente. Existen, también, componentes biológicos universales asociados a la satisfacción de deseos. Se trata fundamentalmente del placer que sentimos cuando procedemos a satisfacer las necesidades fisiológicas primarias (hambre, sed, deseos sexuales, etc.). En este último sentido cabe destacar la teoría psicológica de Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, para quien todos los seres humanos -y también otros seres vivos- actúan movidos por un mecanismo primario y universal denominado principio de placer: obtener el gozo de la satisfacción de los instintos y evitar cualquier situación dolorosa para el organismo.

Podemos establecer una división de los placeres en dos grandes grupos: el placer sensible, por un lado, y los placeres intelectuales que proporcionan el arte, la ciencia, la ética, etc; por el otro.

 

 

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 Plenitud

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Concepto que expresa la culminación de un proceso de perfeccionamiento. Decimos que alguien ha alcanzado su plenitud cuando ha desarrollado completamente sus potencialidades, accediendo a un estado final que se caracteriza por haber cubierto totalmente los objetivos vitales o creativos propuestos,

En Moral la plenitud equivale a conceptos como autorrealización, felicidad...

 

 

 

 

 

 

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 Prudencia

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Es una virtud que consiste en actuar con moderación, escogiendo los medios adecuados para actuar virtuosamente. Su formulación tradicional fue planteada por Aristóteles, quien la consideró la virtud más importante para la vida moral. Según él, se trata de una virtud intelectual que nos permite analizar lo que es moralmente bueno y también escoger los medios adecuados para llevar a buen fin una acción.

Si alguien desea alcanzar el máximo bien moral que es la felicidad (eudemonía), deberá prestar especial atención a los medios de los que se sirve para lograr dicho fin. En eso consiste una de las funciones esenciales de la prudencia: en analizar adecuadamente los medios más apropiados y virtuosos para realizar esa finalidad. Aristóteles dirá que la experiencia nos ha demostrado que el comportamiento prudente es aquel que tiende al justo medio, evitando los extremos, idea que queda plasmada en la conocida sentencia de que "la virtud se encuentra siempre en el justo medio" (moderación).

En las definiciones tradicionales sobre la virtud, la prudencia queda incluida entre las llamadas virtudes cardinales.

 

 

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  Teleológico

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Teleología procede del griego: de telos (fin, finalidad) y logos (ciencia, discurso racional). Etimológicamente, pues, significa ciencia o saber que estudia los fines o las causas finales de las cosas.

En filosofía se dice que un ser es teleológico cuando está orientado hacia un fin o finalidad. Al parecer el término fue utilizado por primera vez con su significación actual durante el siglo XVIII. Así, se distinguían dos tipos de explicaciones científicas o filosóficas: