RELIGIOSIDAD EN EL ANTIGUO EGIPTO
Heródoto
escribió que los egipcios eran "los más religiosos de los hombres", y en efecto,
la religión estaba presente en todos sus actos y en todos sus pensamientos. Pero
la cosa más asombrosa es que estos hombres y estas mujeres del Antiguo Egipto
pudieron llegar a tener esta fama aun estando completamente marginados de las
ceremonias y de los ritos más importantes y estar por completo privados de la
asistencia espiritual del clero.
La participación del pueblo en los actos de
culto estaba restringida a las fases públicas de las procesiones y de los
funerales solemnes. Los fieles acudían en multitud a las grandes fiestas
religiosas que se celebraban en los santuarios, pero, en general, su papel era
siempre el de simples espectadores.
Solamente la
gran explanada situada frente a los pilares del templo era accesible a todos;
los que tenían algún título especial podían acceder al gran patio, después de
haberse purificado según las prescripciones. Más allá del patio, la admisión era
un raro privilegio, que se iba haciendo más estricto conforme se avanzaba hacia
el interior, hasta el lugar en que se encontraba la imagen del dios, donde
solamente podía entrar el rey o el oficiante que lo
representaba.
El culto
popular se desarrollaba en las pequeñas capillas familiares, o delante de la
tumba de los parientes muertos; pero esto bastaba al hombre para sentirse
cercano a los dioses y para conformar toda su existencia a aquellas reglas
morales que ningún libro sagrado prescribía, pero que todos conocían a través de
los tratados sapienciales, en los cuales la imagen de Dios y la ética universal
son el fruto de una visión personal que en vano se buscaría en los escritos
teológicos.
En los textos
sapienciales, dados a conocer a todos a través de una larga tradición oral, se
expresaban el íntimo fervor egipcio y aquellas reglas de comportamiento que
merecían ser apreciadas mayormente en su simplicidad, precisamente porque habían
nacido fuera de las leyes canónicas; en aquellos escritos, los grandes dioses de
Egipto aparecían menos distantes y parecían accesibles a un contacto más humano
y directo.
La devoción
popular se dirigía también a divinidades menos altas y solemnes, a aquellos
dioses más fácilmente accesibles a los cuales se lograba acceder sin
formalidades demasiado complejas y que se podían invocar con expresiones del
lenguaje común. Más sencillas, y alejadas de la solemne cadencia ceremonial de
los himnos y de las plegarias oficiales; pero también los grandes dioses eran
venerados con la misma amorosa confianza.
Osiris
La
religiosidad personal del hombre egipcio seguía, pues, una vía más íntima y
sincera, accediendo a una precisa forma de relegación interior entre el hombre y
la divinidad. Lo que más choca es que los dioses fuesen los mismos que los de la
religión áulica, vistos, sin embargo, en su aspecto más cercano a las exigencias
cotidianas de la gente, a la que se mantenía alejada de los grandiosos
santuarios en los que las divinidades eran adoradas de manera oficial e
invocadas en el curso de unos ritos complicados y solemnes. Esta religión, más
sentida y recoleta, hacía por esto mismo más familiares a los grandes dioses que
la compleja teología alejaba del hombre para acercarlos de forma ceremonial
solamente al faraón, que era la emanación terrestre de la
divinidad.
En el antiguo
Egipto, todas las ceremonias del culto eran teóricamente oficiadas por el
soberano; cuando el país fue unificado, se concentró en una sola persona todo el
cúmulo de cargas que antes pertenecía a los jefes de los diversos territorios y,
por tanto, aun teniendo el título de celebrante, se encontró con que no podía
ejercer por sí solo la suma de las cargas y la dirección de todos los actos de
culto; así nació la casta del clero, encargada del culto divino en
representación del rey y, por tanto, parte del personal de la administración.
Con el tiempo, sin embargo, el personal de los templos más importantes aumentó,
se acrecentó el poder del clero y esta casta de "funcionarios de la Corona" fue
asumiendo autoridad y poder hasta estar, sino formalmente, prácticamente
separada de la administración y de la Residencia.
El culto oficial. El clero.
El templo egipcio era la
casa del dios, y el culto cotidiano consistía en una serie de actos prestados a
la divinidad. Este servicio diario era el mismo que los servidores rendían a su
señor desde el momento del despertar por la mañana hasta aquel en que se
acostaba: no era otra la tarea de los sacerdotes.
Templo de Karnak
Pero el señor al que se
servía era infinitamente más exigente que los ricos propietarios o que los altos
funcionarios, y hasta que el mismo faraón, porque era un dios, y su presencia
sobre la tierra era posible solamente a condición de que nada contaminase su
esencia divina. Se requería el aislamiento más completo a fin de que ninguna
mirada profana pudiese posarse sobre la estatua viviente; la pureza del templo
debía ser desarrollado con el máximo de rigor y con absoluta
puntualidad.
El oficio matinal era el
más complejo y solemne: los portadores de la ofrendas llevaban las bandejas
llenas de carne, pan y fruta, ánforas de cerveza y de vino, y disponían su carga
sobre la mesa dispuesta en la sala del altar. Los sacerdotes de grado más
elevado purificaban los alimentos con aspersiones y fumigaciones de incienso,
mientras pronunciaban las fórmulas de la consagración; finalmente, el Gran
Sacerdote rompía el sello que, desde la noche anterior, cerraba la puerta de la
celda y separaba los batientes pronunciando la invocación de ritual:
"Despiértate en paz, gran Dios; despiértate, y la paz sea contigo", y a
continuación enumeraba los cuarenta y cinco órganos divinos que tomaban vida en
el momento en que eran nombrados: "...Tus ojos iluminando la noche, tus cejas se
levantan en toda su belleza... Tú esparces sobre la tierra tu polvo de oro".
Cuando el sol surgía en el horizonte, el sacerdote abría la puerta del gran
tabernáculo y el dios aparecía al nuevo día, mientras el oficiante, imponiendo
las manos sobre la estatua en un simbólico abrazo, le "rendía el alma" recitando
la fórmula de la universalidad divina: "Adoro a Tu Majestad con las plegarias
prescritas, con las palabras que acrecientan tu poderío... en las sagradas
manifestaciones con las que te has revelado desde el nacimiento del
mundo".
Terminada la simbólica
comida de la mañana, la estatua del dios era elevada, purificada, revestida con
la ofrenda de las nueve estolas y, finalmente, untada con aceite
perfumado.
Después del ofrecimiento de granos de natrón, de sal mineral y de
resma, la estatua volvía a ser encerrada en el tabernáculo, cuyas puertas eran
nuevamente selladas, así como también se ponían nueve sellos en los batientes de
la puerta de la celda que permanecía cerrada hasta la mañana siguiente, cuando
tendría lugar, con el mismo inmutable ritual, la ceremonia del despertar
divino.
A mediodía, cuando el
sol estaba alto, en el cenit, se celebraba un nuevo servicio, pero no
directamente al dios titular; eran las estatuas de los otros dioses, huéspedes
del templo, o la del faraón, las que eran rociadas con agua lustral e
incensadas.
Tampoco el servicio vespertino tenía el complejo ritual que tenía
el matutino: el oficio se celebraba en las capillas laterales, donde eran
ofrecidos de nuevo alimentos y bebidas; pero las puertas de la celda y del
tabernáculo, selladas después de las funciones de la mañana, no se volverían a
abrir hasta la mañana siguiente.
Diariamente, alimentos y
bebidas eran servidas al dios, y las del día anterior eran retiradas a fin de
que, después de haber saciado simbólicamente también a las estatuas de las otras
divinidades presentes en el templo, pudieran ser consumidas por los sacerdotes,
que vivían de tales ofrendas, como privilegiados por el soberano, que los había
dotado también con las rentas alimenticias del templo.
De estas ceremonias que
acontecían en la parte más recóndita del santuario, en presencia de unos pocos
sacerdotes o, en determinados casos especiales, del faraón y de sus más íntimos,
nosotros sabemos hoy mucho más de cuanto sabían los habitantes del antiguo
Egipto. El pueblo no sabía nada de lo que sucedía en el interior del templo, no
estaba al corriente de las diferentes fases de las ceremonias y quizá ni
siquiera sabía a qué horas se desarrollaban los ritos.
Relieve de Edfú
La multitud de los
fieles podía, sin embargo, asistir al oficio solemne que, cada cuatro o cinco
días, se celebraba fuera del santuario, cuando la estatua, encerrada en su
tabernáculo, que era puesto en la barca sagrada, llevada a hombros por
sacerdotes, recorría en procesión las calles de la ciudad o de la aldea.
Precedido por un
incensador y seguido por el clero del templo, el tabernáculo seguía un
itinerario preestablecido, deteniéndose en los lugares donde estaban señaladas
las estaciones de descanso, en ellas, la barca era apoyada sobre un pedestal,
mientras los sacerdotes cumplían con los ritos y los oficios
prescritos.
Las acciones del clero
egipcio estaban, como se ve, totalmente basadas en el culto a los dioses; más
allá de estas competencias, los sacerdotes eran ciudadanos normales, si bien de
una casta particular. En su condición de servidores de un dios, estaban
obligados a ciertas formas de purificación y a determinadas abstinencias; tenían
deberes específicos y obedecían algunas prohibiciones; pero, en general, como se
verá, muchos sacerdotes tenían también cargos eminentemente civiles.
La
irreductible carencia de aptitud para el pensamiento abstracto, típica, como se
ha dicho, de la antigua civilización de Egipto, provocó un vuelco del concepto
fundamental del sacerdocio.
Una religión basada
sobre el culto en vez de sobre el dogma, no tenía necesidad de ministros que
iluminasen las creencias en las mentes de las personas; el sacerdote egipcio era
un funcionario dedicado exclusivamente al servicio del dios, sin ninguna
obligación de llevar a cabo misiones de proselitismo o cura de
almas.
Del caos primordial, los
dioses habían extraído el orden cósmico, el ritmo de los grandes fenómenos
celestes, de las estaciones, de los días y las noches; toda la armonía del mundo
creado estaba representada para los egipcios por la diosa Maat, que regulaba
también el orden terrestre, la verdad y la justicia, la armonía y el
equilibrio.
Isis-Maat
El control de todos los
elementos del mundo celeste y del mundo terrestre, que con su armónica
alternancia garantizaban a lo creado contra todo peligro de ruina y contra el
disgregamiento del orden, era transferido al faraón. Este cargo constituía una
reminiscencia ancestral de los tiempos prehistóricos, cuando el jefe del clan
reunía en sí la fuerza vital de los súbditos y era el intérprete de la voluntad
del dios, el emisario de su potencia mágica, el responsable de la existencia de
los hombres de la tribu, dotado de poderes sobre las fuerzas naturales por
intervención divina.
El faraón de los tiempos
históricos mantenía el orden universal asegurando el curso divino y dictando
leyes para los hombres. Todos los actos del culto eran teóricamente realizados
por el rey: en los relieves de los templos, en las pinturas, en las estelas, es
solamente el rey el que lleva a cabo los actos del culto. Los sacerdotes
egipcios tenían encomendada únicamente la misión delegada de mantener la
integridad de la presencia de los dioses sobre la tierra, en los templos donde
estos habían puesto su morada.
La religión popular no
tenía nada que ver con ellos, los sacerdotes no tenían relaciones de ningún tipo
con la gente común.
Su condición era el de
los servidores de la divinidad, que cumplían impersonalmente los actos del culto
y los ritos de los que únicamente el soberano era el oficiante legítimo. Del
mismo modo, el Gran Sacerdote no era más que "el primer servidor del
dios".
Otra importante
característica de la religión egipcia era la falta absoluta de relaciones entre
los distintos colegios sacerdotales; no existían órganos centrales de
coordinación.
Solamente a partir del
Imperio Nuevo fue nombrado por el rey un "Jefe de los Profetas del Alto y del
Bajo Egipto". Tal cargo fue confiado al Primer Profeta de Amón de Karnak, que de
esta forma vino a encontrarse en la posición de Gran Sacerdote, con jurisdicción
sobre todos los santuarios del país. Pero la oposición de los colegios
sacerdotales de los templos más importantes, celosos de sus prerrogativas y
orgullosos de sus antiquísimas tradiciones, hizo que tal cargo terminara siendo
enteramente ineficaz. Muchos soberanos previsores, adivinando que la duración de
su reinado sería larga, abolieron este por las muchas interferencias que su
ejercicio comportaba. Por lo que sabemos, la religión no tuvo jamás un preboste
con jurisdicción en todo el territorio de Egipto.
Las categorías más
comunes de sacerdotes, los "purificados", "... se lavan dos veces al día con
agua fría, y dos veces durante la noche" (Heródoto, II, 37). Debían, además,
rasurarse todo el cuerpo, "... a fin de que ningún piojo ni ninguna otra
inmundicia esté sobre su cuerpo mientras rinden culto a los dioses"; los
sacerdotes, además, eran circuncidados.
Los autores griegos nos informan de
que los sacerdotes no podían comer determinadas partes de los animales debían
evitar la carne de vaca, de cerdo, de pécora, de paloma y de pelícano;
abstenerse, además, de comer pescado, legumbre y ajo; beber poquísimo vino y
evitar las sal. La abstinencia sexual era obligatoria durante el periodo de
servicio en el templo, pero no estaba escrito el celibato, aunque, por lo que se
puede deducir de ciertas fuentes indirectas, parece que no era permitida más de
una mujer.
El hábito sacerdotal
tenía que ser de lino y las sandalias de fibra de palma. Estaban prohibidos los
vestidos de lana y las sandalias de cuero.
No existen documentos
que nos iluminen sobre la preparación al sacerdocio, pero, dada la elaborada
jerarquía que se daba dentro de la casta, es probable que al menos los grados
más elevados tuviesen una seria preparación de carácter teológico y
litúrgico.
Aunque el cumplimiento
de los deberes conexos a la posición sacerdotal fuese relativamente sencillo, el
acceso a los rangos del clero era más bien complicado. Teniendo beneficios
notables, el número de solicitudes para formar parte del clero era muy elevado.
Generalmente se llegaba al sacerdocio por herencia o por adquisición del cargo;
rara vez por elección.
En un país como Egipto,
en el que la consecución de una renta ponía al resguardo de toda preocupación,
un empleo en el templo era tan ambicionado que desde el Antiguo Imperio se
dieron casos de transmisión testamentaria del cargo de sacerdote. Sobre todo en
lo que se refiere a los grados más altos, era costumbre dejar en herencia al
hijo la función sacerdotal, y, en la Época Baja, no son raros los casos en que
alcanzan hasta quince generaciones de sacerdotes de una misma familia
pertenecientes al clero del mismo templo. Aunque estaba generalizada, esta
costumbre no fue jamás codificada, porque el derecho a nombrar a los sacerdotes
era prerrogativa del soberano. Por lo general, la injerencia regia era muy rara
y se verificaba solamente por razones políticas, cuando se trataba de nombrar al
jefe de un colegio sacerdotal o de poner al frente de determinadas funciones
importantes a alguna persona de la confianza del rey.
Se recurría a la
elección del personal encargado del servicio de la divinidad cuando se hacía
necesario ocupar puestos vacantes; un restringido comité de sacerdotes decidía
entonces a quién se confiaba el cargo.
Otra manera de acceder
al sacerdocio era, al menos a partir del Imperio Medio, la adquisición del
derecho al cargo y a las rentas conexas; este uso se hizo frecuente en la Época
Baja, por lo que se refiere a algunos de los grados inferiores y a las tareas
auxiliares.
El personal adscrito al
templo pertenecía a diferentes clases sacerdotales que no nos resulta fácil de
definir con precisión a causa de la intercambialidad de las funciones y del
periodo limitado de servicio a los que cada uno era llamado a hacer su
servicio.
El Primer Profeta era el
jefe efectivo del colegio sacerdotal de un dios; este título era, por otra
parte, específico del jefe del clero tebano de Amón. El cargo está atestiguado
desde la Duodécima dinastía, pero no directamente; de hecho, se tiene noticia de
la existencia, en aquella época, de un Segundo Profeta de Amón. El caso del
colegio sacerdotal de Tebas es citado muy a menudo, porque constituye el ejemplo
más llamativo de lo nocivo que resultó para la monarquía el poder temporal de
los templos egipcios.
Relieve Amon-Ra
Por la naturaleza de sus
funciones, el "Primer Profeta de Amón habría debido tener una influencia de
carácter exclusivamente religioso en el ámbito del templo del dios de Tebas,
pero, de hecho, alcanzó a tener un enorme peso político a partir de la
Decimoctava dinastía. Aquellos soberanos, efectivamente, dieron principio al
enriquecimiento, más allá de toda medida, de la "Casa de Amón", mediante
donaciones de tierras y materias primas que constituían la asignación de bienes
que la casa reinante hacía al dios, entregándole directamente parte de los
tributos anuales de las colonias y de las posesiones asiáticas.
Cada soberano tomaba
como un deber hacer construir nuevos edificios sagrados en el recinto de Karnak
y acrecentar las riquezas del dios con benéficos de todo género.
Formaba parte del
personal al servicio del dios, además del Gran Sacerdote, jefe reconocido de un
determinado colegio, los especialistas encargados de la vestimenta de la
divinidad, los escribas de la "Casa de la Vida", los escribas del libro divino,
los sacerdotes dedicados a la definición de los días fastos y nefastos, músicos
y cantores varones y hembras. Muchos desocupados se arrimaban al templo y, a
cambio de su escaso patrimonio, obtenían permiso para poder desarrollar
cualquier tarea de poca monta retribuida en el ámbito de las actividades
subsidiarias.
Los especialistas y los
componentes de las clases inferiores del clero se encontraban a veces con que
estaban menos indisolublemente ligados a la vida del templo, aunque en realidad
toda su existencia dependía directa o indirectamente del lugar sagrado; en
efecto, también las demás actividades que podían desempeñar en la ciudad estaban
ligadas a la posición, más o menos elevada, que ocupaban en el servicio del
dios. El personal auxiliar, y los mismos sacerdotes que, como se ha visto, eran
llamados a trabajar solo durante unos pocos meses al año, ejercitaban la magia,
el exorcismo y, a veces, la medicina cuando se encontraban libres de sus tareas.
Los templos egipcios constituían también un complejo económico, administrativo y
cultural de grandes intereses. De forma semejante a los monasterios medievales
de la baja Edad Media, ellos centraban la suma del saber y de la ciencia de su
época.
Si no se puede poner en
duda que el hombre egipcio fuese verdaderamente el hombre "más religioso del
mundo", si se puede plantear si el clero que tan poco tenía que ver con tal
religiosidad, era verdaderamente como lo describen las fórmulas laudatorias de
los textos: "... Un hombre discreto sobre aquello que veía; un sabio, hábil en
el desempeño de su profesión, amado por sus conciudadanos; un hombre cuya
presencia era notada, verdaderamente estimado en su ciudad, alabado por sus
hermanos".
Tenemos que pensar que
en la mayoría de los casos los sacerdotes egipcios tenían derecho a la estima y
al respeto, pero nos han llegado muchos documentos que arrojan multitud de
sombras sobre esta figura que la tradición nos ha hecho siempre entrever bajo un
perfil austero y distanciado de las cosas de este mundo.
Como ya hemos dicho, el
sacerdote egipcio tenía la función de servir al dios del templo al cual estaba
adscrito; no tenía competencias de carácter espiritual ni de proselitismo; las
más altas jerarquías elaboraban complejas teologías, pero su distanciamiento del
pueblo era total.
Los templos del antiguo
Egipto eran riquísimos, provistos de grandes beneficios por los soberanos que se
sucedían en el trono, así como de rentas y propiedades de todo tipo, que, por
otra parte, estaban a menudo exentas de cualquier impuesto; la administración de
estas propiedades era muy precisa y dependía de los funcionarios del templo,
bastante hábiles en tal menester. Algunas crónicas que han llegado hasta
nosotros hacen pensar; sin embargo, que en Egipto los sacerdotes eran comunes
mortales, con apetitos y tentaciones humanas.
Durante los reinados de Ramsés
IV y Ramsés V, en un periodo oscuro de la historia egipcia por causa de la
debilidad y la incapacidad de los faraones, que solamente por el nombre
recordaban a los grandes Ramsés II y Ramsés III, en el templo de Khnum, en
Elefantina, tuvieron lugar sucesos dramáticos, de los que nos suministran
noticias actas judiciales coetáneas; sucesos que implicaron a la casi totalidad
de los sacerdotes de aquel colegio sacerdotal.
Un cierto sacerdote
llamado Penanuqi y un barquero poco escrupuloso decidieron enriquecerse a
expensas del templo, y corrompiendo a sacerdotes y autoridades civiles,
consiguieron apoderarse de los animales sagrados para venderlos. Penanuqi se
apropió después de un precioso amuleto, de un cofre de joyas y desvalijó el
almacén de los tejidos. Los sacerdotes que se oponían a estas fechorías eran
maltratados, cegados o mutilados; los más tibios, terminaron participando en el
saqueo de los bienes del templo y del tesoro de la diosa Anukis. El escriba
encargado de la administración fue sobornado mediante grandes regalos y la
expoliación continuó hasta que el escándalo se hizo general. Siguió un proceso
cuyos resultados no se conocen, pero algunas inscripciones ligeramente
posteriores hacen suponer que algunos de los principales implicados no tuvieron
el menor tropiezo en su carrera por lo que había sucedido.
El caso de Peteisis, que
bajo Psamético I, escribió la crónica de una contienda que opuso a su familia al
clero del templo de Amón en el-Hiba por espacio de más de un siglo y medio, es
sintomático: el clero del templo, en más de una ocasión, injurió, humilló y
sustrajo bienes y beneficios a la familia de Peteisis y hasta agredió y dio
muerte a algunos de sus miembros.
Es probable que muchos
sacerdotes de pequeños santuarios locales, aislados en lejanas provincias,
hubiesen abrazado el Estado sacerdotal para asegurarse rentas suficientes para
llevar una vida modesta y que de hecho no estuviesen demasiado ligados a una
religión que les exigía únicamente el cumplimiento de una serie de actos
formales. Su vida transcurría monótonamente: el servicio que tenían que prestar
al dios les ocupaba solamente una parte de la jornada. Debemos pensar; además,
que la mayoría de los templos menores contaban solo con una decena de sacerdotes
que, durante meses y años, no tenían otra cosa que hacer que llevar al dios las
ofrendas de alimentos y bebidas, lavar; vestir y ungir la estatua mientras
recitaban unas pocas fórmulas; y tampoco en el terreno espiritual tenían el
menor motivo de elevación. Solo los grandes colegios, que contaban con
centenares de sacerdotes, tenían mayores responsabilidades sobre el plano
teológico y ritual; como todavía acaece hoy en día, las pequeñas comunidades
estaban alejadas del mal, pero estaban igualmente alejadas del bien, y los
sacerdotes de los pequeños templos provinciales, provistos de rentas apenas
suficientes para vivir, si no eran precisamente como Penanuqi, no parece que
fueran tampoco tan santos como Petosiris.
En las inscripciones
incisas sobre las jambas de las puertas del templo Edfú se leen algunos
preceptos que, por el hecho mismo de haber sido formulados, indican que a menudo
eran transgredidos:
"Vosotros todos, jueces,
administradores del templo, intendentes que estáis en vuestro mes de
servicio..., no os presentéis en estado de pecado. No digáis mentiras en su
casa. No sustraigáis nada de las provisiones; no impongáis tasas (injustas),
dañando de tal modo al débil y beneficiando a poderoso... No os dediquéis al
saqueo... No tendáis la mano sobre nada dentro de su morada y no oséis robar
delante de dios ni llevéis en el corazón ningún pensamiento sacrílego. Podéis
vivir de las provisiones de los dioses, pero por provisiones se entiende aquello
que queda en el altar después de que el dios se haya saciado" (Edfú, II,
36012-3625).
"No sostengáis la
falsedad contra la verdad invocando al dios... No dejéis pasar mucho tiempo sin
invocarle a él, cuando estéis dispensados de presentarle las ofrendas... No
frecuentéis el lugar de las mujeres; no hagáis aquello que no se debe hacer...
No realicéis el servicio sagrado según vuestro capricho" (Edfú, III,
361-3624).
Javier Rodríguez
Vico
